Perú: presidentes defenestrados, presos o suicidados

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Miguel Ángel Sandoval

No hay mucho que decir sobre eso que llaman la democracia peruana o a la peruana. El balance es realmente funesto: corrupción, intransigencia ideológica (siendo generoso), ingobernabilidad; todo, menos democracia. Son ocho presidentes en los últimos diez años. Casi un año en promedio ocupando la presidencia. Unos por elecciones y otros por negociaciones en un Congreso que, con todos sus defectos, se convirtió en el instrumento para cambiar y poner presidentes. Todos efímeros, todos para el olvido. Y sin que se pueda felicitar por ningún cambio a los diputados peruanos.

La lista arranca con el dictador Fujimori, condenado por crímenes de lesa humanidad y en su hoja de vida está su fuga hacia Japón y tiempo después su regreso a Perú. No recuerdo si fue extraditado o si regresó por voluntad propia para cumplir una condena que podría ser de alcance limitado y domiciliar. Pero en todo caso, fue el inicio del derrumbe de la democracia peruana y de la construcción de una ola de populismo de derecha que dio como resultado la candidatura presidencial de su hija Keiko Fujimori en tres ocasiones sin ganar ninguna. Pero sí obtuvo mayoría parlamentaria y en tanto que mayoría de vocación antidemocrática, está en el origen de estos años de profunda inestabilidad democrática.

Durante esos años de ingobernabilidad para el olvido, personajes como Ollanta Humala o Alan García, que pusieron sobre la mesa de ese país ideas de desarrollo económico con justicia social, pero que en los dos casos ambos fueron defenestrados por corrupción. El caso más dramático es el de Alan García, que ante su inminente arresto optó por el suicidio en su propio domicilio. Mientras que Humala tiene una condena de más de una docena de años de corrupción, tanto como el expresidente Alejandro Toledo, que luego de huir a los EE.UU., finalmente se entregó a la justicia peruana y purga una sentencia de unos 15 años, igualmente por corrupción.

Luego hubo otros presidentes que en su mayoría son para el olvido. Incluyendo al actual José Jerí que duro apenas unos tres meses en el cargo, luego de sustituir a la impresentable Dina Boluarte, más conocida por el escándalo del Rolexgate, que por su función como presidenta sustituta del expresidente Pedro Castillo, acaso el único que fue defenestrado por razones de marcado orden político y, sobre todo, de naturaleza ideológica. Quizás sea necesario recordar que un Congreso de clara orientación fujimorista le hizo la vida imposible a este maestro de origen campesino, que intentó controlar la situación y por ello fue acusado de golpista y llevado a la cárcel.

El expresidente Pedro Castillo intentó transformar aspectos de ese país por la vía de los cambios sociales y ello, sin mucho dudar, fue la causa de que fuera defenestrado. Sus propuestas iban en contra de las élites gobernantes, que en otros países como el nuestro son profundamente racistas. Y Castillo, que se presentó como un campesino de la sierra, siempre con un sombrero característico de su región, reivindicó una agenda popular.

El resto de expresidentes fueron defenestrados y la mayoría encarcelados por corrupción y, en el caso de Fujimori, por delitos de lesa humanidad y corrupción. En otras palabras, defenestrados por delitos de cuello blanco y por impunidad, no por diferencias políticas. En esto la justicia peruana tiene un comportamiento distinto al nuestro en donde prevalece, hasta nueva orden, la impunidad.

Ahora bien, no se crea que el Congreso se convirtió por estas acciones al defenestrar a varios presidentes en el garante de la democracia en Perú. Nada que ver. Se trata de algo que podría ser la aspiración de gobiernos de la región, bananeros o tropicales, pero no de un organismo que trabajara en dirección al fortalecimiento de la democracia. De hecho, es la crisis de los partidos políticos, como en nuestro país.

Además, es la crisis de las instituciones, como en nuestro país, y es de alguna manera, la necesidad de pensar la democracia no solo existe en su aspecto de procedimientos, como las elecciones rutinarias cada cierto tiempo, o con los discursos de división de poderes y de pesos y contrapesos. Es necesario, ante todo, que haya resultados para la sociedad, que se aborde el agudo tema de la pobreza, de desigualdad y, sobre todo en estos últimos tiempos, el flagelo de la corrupción.

Quizás sea oportuno subrayar que no basta con cifras macroeconómicas que hagan pensar que tal o cual país crece y conoce procesos de desarrollo económico. Hace falta que esas cifras de crecimiento económico se trasladen al bienestar de las mayorías, no únicamente a las cúpulas que viven en medio de la opulencia en sociedades miserables. Eso no puede ser dejado de lado ni se puede perder de vista. A ese tipo de resultados me refiero. Es cierto que ese país presenta condiciones menos graves y duras que nuestro país, que infelizmente, encabeza todos los registros que se publican como el de mayor nivel de pobreza, solo superado por Haití, aunque en alguna ocasión aparecemos por debajo.

Perú tiene tasas de crecimiento económico importantes en los últimos años y en el marco de relaciones económicas con otros países como China, ha construido un megapuerto de Chancay, en el pacífico y busca un canal seco entre el pacífico (Perú) con el atlántico (Brasil). Todo por cooperación entre los países con costas en el océano pacífico.  

Sin embargo, más allá de estas obras de innegable vocación para el desarrollo económico, la situación de ese país tiene el mayor desafío en su clase política, pues a nadie escapa que la ingobernabilidad por la chapucería de los políticos, y de esas prácticas de diputados merolicos, dan como resultado la perdida de oportunidades y, con ello, la inseguridad económica y la violencia social que viene junto con estos desajustes sociales. Es por ese tipo de razones, bastante conocidas en nuestro país, que hace algunos años afirmé en un libro, que la tarea era la recuperación de la política o la pérdida del país, como una consecuencia de la irresponsabilidad.

En un futuro inmediato es muy poco probable que la situación de ese país mejore. Quizás aspectos de la economía, como el crecimiento sostenido de un 4 y algo por ciento se mantenga, pero en ausencia de un gobierno estable y de una clase política proactiva y seria, el país perderá los beneficios del crecimiento económico, limitado es cierto, pero crecimiento finalmente.

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