El relato de un señor poderoso que se enamora de la esposa de su subordinado y lo envía a una batalla mortal para aprovecharse de su ausencia es tan antiguo como la memoria de la humanidad. Está en la Biblia, en el Libro de Samuel, capítulos 11 y 12. El rey David, en lugar de conducir él mismo la guerra contra los amonitas, manda a Joab para que los combata. Mientras, se queda en la comodidad de su palacio. Un día, desde la azotea, observa a una hermosa mujer mientras se baña. Pregunta quién es y le refieren que se trata de Betsabé, esposa de Urías, uno de sus guerreros más distinguidos. Son tiempos bárbaros, groseros y bastos. David manda traer a Betsabé y, sin tantas historias, la hace su amante. Solo después de satisfacerse cae en la cuenta de que ahora tiene un problema y se llama Urías. El problema se agrava cuando Betsabé le avisa que está preñada. A ese punto, manda traer a Urías con el fin de que yazga con su mujer y de esa forma atribuirle el embarazo. Urías revela una ética inaudita: se niega a dormir en casa, por respeto a sus compañeros que duermen en tiendas, en el campo. De esa forma, se queda esa noche con los sirvientes del palacio. La segunda noche, David emborracha a Urías para debilitarlo y hacer que vaya a dormir con Betsabé. También esta vez el guerrero se niega a ir a su casa y duerme con la servidumbre. A este punto, David decide acabar con el problema. Ordena que Urías sea colocado en la primera línea del frente y, en efecto, el guerrero muere en combate. La continuación de la historia ve a un profeta, a un infante muerto y a la definitiva unión de David con Betsabé, la cual le dará, como hijo, al sabio Salomón. El relato no es ejemplar ni feliz. Habla de lujuria, de traición y de homicidio, en un ambiente que semeja una tragedia de Shakespeare. Como si no hubiera corona sin baño de sangre.
Asombra encontrar ese relato, con variantes, en la tradición literaria de los aztecas. La poesía es el dolorido canto de un capitán mandado a la muerte por su rey. El cuerpo del poema no declara lo que pasó: lo declara el título: “Canto del capitán enviado a la muerte por su amigo y señor Netzahualcóyotl, para quedarse con su prometida; escrito antes de partir a la batalla, al comprender”. Ese encabezado ya es un largo relato, comprimido con sabiduría. Comienza por el final, cuando narra que el guerrero va a morir y que la sentencia de muerte ha sido impartida por un jefe que también comparte su amistad. Prosigue con el motivo de esa traición: poseer a la prometida. Y finaliza con el relámpago de la razón, cuando el capitán entiende los motivos de la orden. El resto es el lamento que antecede a todos los acontecimientos, una revolución narrativa que juega astutamente con el tiempo.
La versión árabe de tal historia es un poco más elaborada. Había una vez, en el lejano Oriente, un rey que gozaba fama de sabiduría y sensatez. Un día, visitó a su visir y quedó sorprendido de la belleza de la esposa de este. La sorpresa se volvió obsesión y derivó en deseo. Para satisfacerlo, el rey mandó a su visir a una misión al extranjero y, luego de un par de días, se presentó ante la mujer. Ella lo recibió en el jardín, en medio de plantas y flores que emanaban húmedos perfumes de embriaguez y olvido. El rey quedó más enamorado ante la vista de su espléndida hermosura. Ella se presentó con devoción y con respeto. Y, al cabo de un breve tiempo, le prometió un regalo. Volvió con un libro en mano y, al hojearlo, el rey se quedó sorprendido: era un libro de moral. Comprendió el mensaje, pero no se fue. Entonces la mujer le dijo que le había preparado la cena. El rey se sintió complacido y, para sentirse más cómodo, se quitó un anillo de la mano.
El primer plato fue exquisito. El segundo también, pero el rey notó que tenía el mismo sabor del primero. Llegaron entonces el tercer plato y el cuarto y el quinto. El rey se quedó estupefacto: todos, aunque diferentes, tenían el mismo sabor. Los platos siguieron llegando y, al final de la velada, fueron noventa. El soberano inquirió: “¿Por qué me has traído noventa platos? ¿Por qué tienen el mismo sabor?”. La mujer le contestó: “Señor, son noventa platos como noventa son tus concubinas, y cada uno asemeja a un beso que te da cada una de ellas”. El monarca se quedó admirado de la sabiduría de la honesta mujer. Decidió retirarse, ante la lección de inteligencia y astucia.
Cuando el visir regresó, encontró, en el jardín, el anillo que el rey había olvidado. Se enfureció y repudió a la mujer, sin escuchar razones. Pasó el tiempo y, aunque la ciudad era muy grande, las noticias circularon de todos modos. De esa forma, un año después, el monarca se enteró de la separación. Entonces mandó llamar al visir y le comentó: “El jardín de tu casa es muy hermoso”. “Así es, su majestad”. “Está poblado de flores que emanan un delicioso perfume”. “Es cierto, señor”. “Y de plantas de grandes hojas verdes que alegran la mirada”. “Es verdad”. “En ese jardín tú has hallado la huella del león”. “En efecto”. “Habrás notado que ese león no pisoteó las flores ni las plantas, porque estaban intactas”. “El rey tiene razón”. “Puedes estar seguro, Gran Visir, de que ese león jamás volverá a tu jardín”. “Gracias, señor”.
No sabemos si esta historia, contenida en el Sendebar, llegó a manos del Infante don Juan Manuel, quien nos cuenta, en el ejemplo número cincuenta de su El Conde Lucanor, el relato del sultán Saladino, enamorado de la esposa de un funcionario. Todo inicia cuando este funcionario da hospedaje al dignatario, quien, a la vista de la consorte, se enamora de inmediato. Al regresar a la corte, consulta con un consejero, quien le recomienda mandar al extranjero al marido para poder gozar de la esposa. Saladino realiza la primera parte del consejo y se vuelve a presentar a casa del ausente. Allí se hospeda de nuevo y, luego de la magnífica cena que le ofrece la mujer, la invita a su habitación. Cuando ella llega, Saladino le declara su amor. La señora finge no entender, pero las insistencias de Saladino no dejan lugar a dudas. Entonces, ella le dice que accederá a sus requiebros si le da una prueba de amor. El sultán acepta.
La prueba de amor consiste en resolver una pregunta: ¿Cuál es el mayor bien que un hombre puede poseer? Perplejo, Saladino vuelve a palacio y consulta a sus sabios consejeros. Hay quien dice que el valor en el combate; quien, la honestidad; quien, el conocimiento. Pero no se ponen de acuerdo y no llegan a una respuesta convincente. A ese punto, Saladino viaja a Roma y le propone el enigma al mismo Papa. El Sumo Pontífice le responde que no conoce respuesta a tan ardua pregunta, de modo que, desconsolado, Saladino prosigue su viaje y propone el acertijo al Rey de Francia. Tampoco ese soberano posee la respuesta.
Pasa el tiempo. Un día, Saladino está en el campo, acompañado por unos juglares. De pronto, entre la vegetación aparece un escudero que acaba de terminar una jornada de cacería. Entre bromas y veras, la conversación recae en la pregunta fatal que no ha encontrado respuesta. El escudero dice: “Señor, ven a mi casa. Allí vive mi anciano padre, quien, a pesar de su ceguera y enfermedad, es el hombre más sabio que conozco. Él te sabrá dar una respuesta”. El anciano, en sus años maduros, había servido a Saladino y, cuando este se presenta como juglar, para no darse a conocer, lo reconoce de inmediato. De todos modos, Saladino propone el enigma al anciano: “¿Cuál es el mayor bien que puede poseer un hombre?”. El anciano no necesita reflexionar mucho. “El mayor bien que posee un individuo es la vergüenza —responde—. Por vergüenza, una persona puede llegar hasta la muerte, tan importante virtud es; y por vergüenza deja de hacer fechorías y maldades, aunque tenga deseo de hacerlas”. Parecióle bien la respuesta del anciano y, aclarado el misterio, regresó con la mujer que se lo había planteado.
“Tengo la respuesta a tu pregunta —le dijo—: el mayor bien que puede poseer un hombre es la vergüenza”. Entonces ella le respondió: “Mi señor, ¿no te consideras el mejor de todos en tu reino?”. Y él le respondió: “Sin duda, soy el mejor de todos; por ello soy el sultán”. “Y, siendo el mejor, ¿no eres, entonces, el que posee más vergüenza que los demás?”. Saladino concedió: “Sí, soy el que tengo más vergüenza en el reino”. “Entonces, señor, ten vergüenza de lo que me has propuesto y regresa a tu casa como has venido”. Saladino quedó admirado de la inteligencia y la sabiduría de esa mujer. La dejó en paz, no sin antes premiarla a ella y a su marido con honras y riquezas.
Este cuento pareciera repetirse en diferentes culturas: la judía, la azteca, la árabe y la medieval hispánica. Quizá porque la relación entre el poder y el sexo ha sido siempre muy estrecha: como si poseer al otro fuera la metáfora del sujetamiento: nada más lejano del amor. Más aún: el dominio masculino se refuerza, en los cuentos referidos, al apropiarse de la mujer, como si fuera un objeto, con una mentalidad antigua y opresora. Solo se salva la figura femenina que, con su inteligencia, picardía y astucia, logra sustraerse a los predadores, en una magnífica alegoría de la lucha entre las pulsiones instintivas y la conciencia iluminada e iluminadora, que salvan a la especie, como siempre la han salvado, con la luz del mundo.



