Cofradías y mayordomías de las comunidades de Palencia se reunieron en la aldea La Yerbabuena para conmemorar los 25 años de la Mayordomía de San Juan Apóstol. Las procesiones y los encuentros comunitarios marcaron una celebración sostenida por la memoria, la organización, la espiritualidad y la fe.
Por Wellinton Osorio
El sol sigue su ascenso en la mañana nublada del viernes 26 de diciembre de 2025. Flecos de colores rojo, azul y amarillo juegan con el viento, colgados a lo largo de la calle frente a la casa de doña Emiliana Mijangos, en el ingreso a la aldea la Yerbabuena, en la Montaña de Palencia. Como todos los años, éste es el punto de encuentro y recibimiento de las cofradías. Capitanas y mayordomos, preparados con banderas en mano y la banda marcando el ritmo de fondo, realizan las tradicionales cortesías: una danza ritual que se ejecuta en honor al tope, el encuentro entre los santos patronos.
Este año, las cofradías de San Gabriel de la Dolorosa, de la aldea Sanguayabá; el Divino Niño de Praga, de la aldea Plan Grande; la Virgen de Candelaria, de la comunidad de Las Cofradías; y la Divina Pastora, de la aldea Sansur, se encuentran en la Yerbabuena para conmemorar los 25 años de la Mayordomía de San Juan Apóstol y Evangelista. Ha pasado un cuarto de siglo desde que los liderazgos comunitarios y religiosos recuperaron e iniciaron nuevamente la tradición espiritual de celebrar al patrono de la comunidad, retomando una práctica que articula la fe, el territorio y la organización comunitaria.
Las cofradías, más allá de su dimensión religiosa, son formas históricas de organización comunitaria que han permitido sostener la vida colectiva, la memoria y la reciprocidad en distintos territorios de Guatemala. Diversos estudios han señalado que estas estructuras funcionan como espacios donde se resguardan prácticas culturales, autoridades tradicionales y vínculos sociales que no siempre encuentran reconocimiento en las institucionalidades formales (Rojas Lima, 1988). En el territorio xinka, en el oriente del país y en buena parte de La Montaña, al nororiente del departamento de Guatemala, las cofradías han sido también un lugar donde la espiritualidad se entrelaza con el cuidado del territorio y la transmisión intergeneracional de saberes, especialmente a través de la oralidad y la memoria comunitaria (Dary, 2015).
La fiesta patronal en la aldea la Yerbabuena se inicia meses antes de estos días visibles. Capitanas y mayordomos se organizan para invitar a todas las cofradías de La Montaña y a convocar a las personas de la comunidad. Esta organización es fundamental, porque la fiesta patronal dura cuatro días, y en algunas ocasiones hasta cinco. Durante ese tiempo, la mayordomía se encarga de recibir y alojar a los mayordomos y acompañantes de las distintas cofradías visitantes.
En esos días de fiesta y conmemoración, el trabajo comunitario es vital. Pero destaca de manera central el trabajo de las mujeres, que son quienes sostienen la vida y la organización desde el trabajo de cuidados. Son ellas las encargadas de organizar y dirigir los fogones comunitarios que alimentarán a quienes participan durante los días de celebración. Sin ese trabajo cotidiano, muchas veces invisible, la fiesta no sería posible.
A este esfuerzo se suman los mayordomos, que con gabacha en el cuerpo y machete en la cintura destazan la carne para el Pulique, un recado con carne y vegetales que se cuece en una mezcla de tomate, ajo, chiles secos y achiote; también preparan las carnitas y rajan la leña para que todos los alimentos estén listos. La fiesta se construye así, desde una economía del cuidado y del servicio que atraviesa la vida comunitaria.
La tarde del viernes, la procesión de recibimiento sale desde la casa de doña Emiliana y avanza por la calle principal de la aldea rumbo a la iglesia, un espacio donde los santos patronos permanecerán durante los cuatro días de celebración. La vía se inunda de sonidos de banda, del olor a flores y de pólvora. Los cohetes estallan en las esquinas y el estruendo de las bombas de trueno anuncian que los patrones ya están cerca. Las personas salen a su encuentro, como lo han hecho desde hace años, como lo hicieron los abuelos y las abuelas en otro tiempo. No solo reciben a los santos, también a las personas que los acompañan desde otras aldeas. Es un espacio de intercambio constante que vuelve a unir a las comunidades de La Montaña.
Los santos llegan a la iglesia y descienden uno a uno de los hombros de los mayordomos. Se colocan sobre el piso; detrás de ellos, las banderas; a los lados, los mayordomos sentados, mientras las personas se acercan a pedir intercesión por la familia, por las cosechas, por cerrar bien el año. Poco a poco, la iglesia se vacía. Los mayordomos y las capitanas se retiran a descansar a la casa de la cofradía, preparándose para madrugar a la serenata. Las puertas de la iglesia se cierran y los santos, guardianes de las cofradías y de La Montaña, también descansan. Pero antes, ese encuentro en silencio se convierte en un diálogo comunitario: un diálogo entre pasado y presente, entre las tradiciones de La Montaña y las resistencias silenciosas de cientos de abuelas y abuelos que mantuvieron vivas estas prácticas hasta hoy.

El Común como apuesta para la reconstrucción de las formas de organización
La luna acompaña la madrugada del sábado 27 de diciembre. La mayordomía de San Juan Apóstol abre las puertas de la iglesia. La banda inicia la serenata y la explosión de las bombas anuncian el inicio de la fiesta. Aunque es uno de los días más importantes, los santos no recorren las calles. Este día está reservado para El Común, un espacio central donde los mayordomos y las capitanas se reúnen, dialogan y comparten reliquias y empalagares. El Común recuerda que todas las cofradías forman parte de un mismo territorio vivo y de una red de relaciones que se sostienen en el tiempo.
El Común no es solo un momento protocolario. Es un espacio de diálogo comunitario donde se renuevan compromisos, se intercambian palabras y se refuerzan vínculos entre comunidades. En contextos como La Montaña, estos espacios cumplen un papel clave en el fortalecimiento organizativo y en la reconstrucción del tejido social, porque permiten reconocerse como parte de un territorio compartido, más allá de las divisiones administrativas o parroquiales. La antropología ha señalado que estos encuentros rituales funcionan como mecanismos de cohesión, reciprocidad y memoria colectiva, esenciales para la continuidad de la vida comunitaria (Dary, 2015; Rojas Lima, 1988).
En la Yerbabuena, el Común se vive también como una apuesta hacia el futuro. Durante la conmemoración de los 25 años de la Mayordomía de San Juan Apóstol, este espacio dialoga con un proceso más amplio que comienza a gestarse en La Montaña, un proceso de largo aliento para fortalecer los lazos comunitarios en un territorio que muy poco se nombra pero que se ha sostenido desde la palabra, la memoria y las prácticas vivas que, como las cofradías, siguen organizando la vida desde el territorio. Los mayordomos hablan de cómo fortalecer estas prácticas en comunidades donde las tradiciones de las mayordomías han desaparecido y ven importante la organización de las que aún quedan para poder motivar a otras comunidades.
El Común se celebra. Los mayordomos comparten las reliquias preparadas para la mayordomía celebrante. La banda suena sin pausa y las personas se alegran. Entre oraciones, música y conversación, el espacio espiritual que fortalece a las cofradías comienza a llegar a su fin. El Común no es solo un acto ceremonial: es el momento en que las cofradías se reconocen entre sí como parte de un mismo territorio vivo, renuevan compromisos y recuerdan que la organización comunitaria se sostiene en la reciprocidad y el servicio, como lo ha hecho durante generaciones (Rojas Lima, 1988). Aquí la fe no se separa de la vida cotidiana, ni la espiritualidad del trabajo colectivo.
Este año, el Común adquiere un significado particular. No solo acompañan las cofradías de la Montaña de Palencia; también están presentes integrantes de la Resistencia Pacífica de la Puya. Su participación amplía el sentido del encuentro: territorios distintos, atravesados por conflictos y defensas propias, se reconocen en un mismo gesto de cuidado del territorio, la cultura y la memoria.
El Común se convierte así en un espacio donde las prácticas rituales heredadas dialogan con las resistencias contemporáneas, confirmando que la organización territorial no está fragmentada, sino que se teje en la palabra compartida y en el encuentro, como ha ocurrido históricamente en los territorios xinkas y de la Montaña (Dary, 2015).

Las Crónicas de la Montaña, una revista del colectivo Chiviricuarta y Prensa Comunitaria
Sin romper el clima cultural y espiritual del momento, don Vicente Cano, conocido cariñosamente como tío Chente, mayordomo principal de la Mayordomía de San Juan Apóstol, abre un espacio especial. Da la palabra a integrantes del colectivo Chiviricuarta para presentar el borrador de una revista cultural trabajada junto a Prensa Comunitaria. El objetivo es que quienes participan del Común conozcan de primera mano un documento que reúne crónicas, notas, reportajes y artículos que narran el territorio xinka y La Montaña desde la palabra comunitaria, recuperando memorias que históricamente han circulado más por la oralidad que por los archivos escritos (Dary, 2015).
Durante este momento, la comisión de arte y cultura del colectivo Chiviricuarta hace entrega de una serie de piezas elaboradas por el artista Daniel Lemus. Las piezas se entregan a las cofradías para que acompañen a los santos durante sus recorridos. Cada objeto condensa una historia y una práctica del territorio: un tecomate para la Divina Pastora, símbolo de la agricultura y la vida campesina; un sombrero para San Juan Apóstol, prenda cotidiana de mujeres y hombres de Palencia; una corona visual; un tapiscador para San Gabriel de la Dolorosa, herramienta de la cosecha de maíz y emblema del trabajo agrícola; un delantal para la virgen de Candelaria, como reconocimiento a los trabajos de cuidado que sostienen la vida en la Montaña; una capa para el Divino Niño de Praga, como signo de protección y cuidado de las infancias. Finalmente, se entrega un collar con el corazón de la Montaña para la Virgen de Guadalupe, imagen que acompaña la fiesta patronal y que es custodiada por las capitanas de la Mayordomía de la Yerbabuena. El gesto se integra al ritual sin interrumpirlo: el arte se vuelve ofrenda y memoria.

Tras la entrega de las reliquias, el espacio se abre para compartir información de la revista Alboroto: Las Crónicas de la Montaña. Se presenta el objetivo de la publicación, a las autoras y autores y los textos que dan forma a este primer volumen. También se explica el trabajo de curaduría que ordena los materiales, que tiene un hilo compartido que cruza memoria, territorio y organización desde La Montaña. Esta curaduría estuvo a cargo de Lucía Pellecer, una antropóloga y docente de la Escuela de Historia, que ha acompañado el proceso de lectura, selección y ordenamiento para que las distintas voces comunitarias e invitadas dialogarán entre sí.
Durante su intervención, Pellecer agradece a la comunidad de la aldea la Yerbabuena por abrir las puertas de sus casas, pero también “los platos y la mesa”, subrayando la hospitalidad como un valor central de la vida comunitaria. Desde su lugar como acompañante de procesos territoriales, se nombra “como una hermana, como una invitada” que ha conocido La Montaña a través de la palabra escrita y de experiencias compartidas en espacios como la Resistencia Pacífica de La Puya y el Parlamento del Pueblo Xinka. Destaca el papel de las juventudes, mujeres y hombres en la revalorización de tradiciones que muchas veces se viven sin dimensionar su profundidad. También menciona la necesidad de “contar y volver a contar las historias de los abuelos y las abuelas”, porque del recuerdo nace el amor y del amor la defensa del territorio, una idea que atraviesa la revista al reunir voces propias y voces invitadas que dialogan con respeto.
La revista, como documento que recopila historias, crónicas, reportajes y artículos sobre el oriente de Guatemala y la Montaña, es presentada y validada junto a las personas que dialogan en el Común. No se trata solo de un impreso, sino de un ejercicio de memoria compartida que reconoce al territorio como archivo vivo y a la comunidad como autora de su propia historia, en sintonía con las formas en que la memoria ha sido sostenida históricamente en la Montaña.

Un homenaje a los reductos culturales y de espiritualidad en Palencia
La jornada cierra con música. La banda interpreta la Granadera como parte del acto protocolario de salida, marcando el momento en que las cofradías se despiden para iniciar su retorno. Con este cierre oficial, quienes las integran emprenden el camino de regreso hacia la Iglesia católica de la comunidad para visitar y resguardar a los santos patronos y esperar la procesión principal del domingo 28.
La neblina de la mañana se disipa poco a poco. El agua se evapora de los techos humeantes y el sereno sobre la lámina brilla como pequeños espejos. A lo lejos se oyen las hachas rajando la leña y palmoteo de las manos de las mujeres que tortean y las acomodan en el comal. Las personas que visitan la aldea por la fiesta patronal se acercan a la casa de la cofradía; el sonido de los fogones se intensifica. Un hombre de sombrero color crema y ala ancha se arrodilla para encender una veladora frente al altar de San Juan. Decenas de manos acomodan sillas alrededor de tres mesas largas cubiertas con manteles de flores. Aunque el Común fue la tarde del sábado, el espacio sigue siendo de diálogo y encuentro.
Jóvenes conversan con los abuelos. Hablan de los años en que estas tradiciones se han mantenido vivas. Un abuelo, mayordomo de la cofradía de San Gabriel de la Dolorosa, cuenta que lleva más de 50 años de servicio. Recuerda con nostalgia que hace unos 15 años el Ministerio de Cultura y Deportes los reconoció como patrimonio cultural intangible, por ser una de las cofradías más antiguas e importantes del nororiente del departamento de Guatemala. Sin embargo, ese reconocimiento ha sido poco divulgado y escasamente acompañado. En unos minutos de conversación emergen historias y recorridos por las comunidades de Palencia. La cofradía de San Gabriel es una de las pocas que aún visita al Apóstol Santiago y a San Francisco en territorio xinka de Mataquescuintla y Jumaytepeque. Estos intercambios tienen al menos un siglo de presencia documentada y probablemente una antigüedad mayor, aún poco explorada (Dary, 2015).
Los mayordomos y visitantes se sientan a la mesa y comparten el desayuno. Conversan sobre las actividades de la tarde, terminan de comer y se despiden hasta el encuentro de más tarde. A las dos de la tarde, cuando el sol aún está en lo alto pero el clima helado comienza a ganar terreno, se escucha la primera bomba. La banda que llega desde Mataquescuintla comienza a tocar. Los santos patronos salen de forma solemne para recorrer las principales calles de la comunidad, acompañados por la auxiliatura, el COCODE y mujeres jóvenes representantes de la belleza comunitaria.
Durante el recorrido se escuchan los cantos de las y los feligreses. Las andas bailan. Capitanas y mayordomos portan los estandartes de cada cofradía. La procesión se detiene en la casa de uno de los mayordomos. El olor a tamales inunda cada rincón y las personas que acompañan reciben la primera reliquia de la noche, un tamal compartido para sostener el cuerpo y el ánimo durante el resto del recorrido. Entre cuetes, bombas y música de banda, los patronos continúan su camino de regreso a la casa de la cofradía y luego a la iglesia, reafirmando que la fiesta no es un evento aislado, sino una forma viva de habitar, nombrar y organizar la Montaña.

Faltan pocos minutos para las ocho de la noche del domingo 28 de diciembre de 2025. Las andas con los santos patronos de las cofradías descienden de los hombros de mayordomos y capitanas; son apeados con cuidado sobre el suelo mientras los rasgueos de una guitarra, al ritmo de cumbia, comienzan a sonar. Decenas de personas se congregan en la calle de ingreso al campo de futbol de la aldea, estallan los cuetes y la voz de un joven se alza entre la gente:
“si se mueve la montaña se pone a bailar el monte
en busca de un horizonte de una tierra pa’ sembrar,
pero que sea tierra fértil, puro abono natural;
sembrar semilla nativa y no semilla artificial,
subir yo por el sendero y a la montaña cantar”.
Con esa canción, del proyecto musical “Los Espíritus del Cerro” se inicia el homenaje y reconocimiento a las mayordomías y cofradías de las aldeas del municipio de Palencia. Durante el espacio se dice que el reconocimiento responde a su papel en el sostenimiento de formas comunitarias de organización que han permitido habitar La Montaña desde la memoria, el servicio y la reciprocidad. Se menciona que las cofradías han cuidado el territorio en contextos de negación e invisibilización, han transmitido prácticas espirituales y culturales entre generaciones y han mantenido activos los vínculos de encuentro entre comunidades. El homenaje es presentado como un reconocimiento a esas continuidades y como una afirmación de que las cofradías forman parte de una historia en movimiento y reconstrucción.

Una a una las mayordomías y cofradías son reconocidas por su trabajo en la conservación de las tradiciones y de las formas propias de organización comunitaria en el municipio de Palencia. Así como las imágenes de los santos patronos bailaron durante la conmemoración de los 25 años de la Mayordomía de San Juan Apóstol, también las personas bailan la noche del domingo entre risas, aplausos y el calor del cierre de año. En medio de ese ambiente, don Vicente Cano, mayordomo principal de la mayordomía de San Juan toma el micrófono. Su intervención vuelva sobre la historia reciente de la mayordomía y sobre el camino colectivo que permitió sostenerla en la aldea la Yerbabuena. Habla de los primeros años, cuando fue nombrado como primer mayordomo junto a la capitana, doña Ángela Ardón, “que en paz descanse”, y de cómo, tras su fallecimiento, doña Otilia asumió el cargo para continuar el trabajo. Recuerda cómo, al inicio, la celebración se limitaba a una misa el 27 de diciembre y que fue con el paso del tiempo, especialmente desde 2009 y a partir del vínculo con la cofradía de la Divina Pastora de la aldea Sansur, cuando las actividades comenzaron a crecer y a convocar a más comunidades.
Tío Chente cuenta que en esos primeros momentos estas prácticas no le resultaban cercanas, pero relata cómo su participación fue transformándose hasta asumirlas como una responsabilidad compartida que “nace del corazón”, una forma de servicio que se aprende caminando con otros. En sus palabras, la mayordomía reapareció no solo como una tradición religiosa, sino como un espacio de organización que se construye con constancia, que se hereda entre generaciones y que permite seguir cuidando la memoria y los vínculos comunitarios.

Antes de finalizar el pequeño homenaje, estallan los aplausos y los niños gritan de felicidad. La gente empieza a abrir espacio. Entre la multitud aparece un hombre al que no se le ve el rostro; lo distingue únicamente una playera blanca con mangas azules, señal de que forma parte de la Mayordomía de San Juan. Va cubierto por una chamarra de colores, húmeda, y sobre ella carga un torito de fuegos pirotécnicos.
La banda comienza a sonar. El hombre con el torito empieza a zapatear, avanzando poco a poco hasta llegar frente a las andas con los santos patronos. Allí se arrodilla y hace una breve oración. Alguien prende fuego al torito y la noche se ilumina con cientos de colores. La gente aplaude mientras los fuegos artificiales avivan el cielo.
Cerca de la anda de la Divina Pastora, dos mujeres de avanzada edad observan la escena. Ambas llevan vestidos con telas de colores: uno rosa pastel y otra verde menta. Usan trenzas y gabachas lisas, una azul y la otra amarilla. Se abrazan en medio del resplandor, y cuando el torito comienza a apagarse, se separan del abrazo comunitario para sumarse al aplauso junto al resto de las personas.
Poco a poco, la gente vuelve al centro de la calle. Empiezan a bailar y a aplaudir mientras los animadores se despiden y agradecen el espacio. Los mayordomos y capitanas vuelven a colocar a los santos sobre sus hombros y continúan el recorrido. Las personas acompañan detrás de cada santo patrono de La Montaña. La calle queda nuevamente en silencio.
Pero la fiesta continúa. Las personas se reúnen en la casa de la cofradía, donde en común comparten la cena, para luego trasladarse a la Iglesia católica. Allí, los santos patronos descansan esa última noche antes de la despedida y de las cortesías finales.
Por ahora se despiden. Las cofradías regresan a sus comunidades y la calle queda en silencio. Volverán a encontrarse en la próxima fiesta patronal, en otra aldea de La Montaña, donde nuevamente, en común, seguirán manteniendo vivas las tradiciones de su población.
Referencias
Dary, C. (2015). Historia e identidad del pueblo xinka. Guatemala: Editorial Universitaria.
Rojas Lima, F. (1988). La cofradía indígena, reducto cultural de los mayas de Guatemala. Guatemala: Seminario de Integración Social Guatemalteca.



