Por Héctor Silva Ávalos
¿Qué pasó en Minneapolis, Estados Unidos, el 7 de enero pasado? Paso esto: un agente uniformado de la Immigration and Customs Enforcement (ICE), la migración, mató a una ciudadana desarmada, una mujer blanca de 37 años, madre de tres hijos sin récord alguno de violencia y quien no representaba ninguna amenaza para quien disparó. Y pasó que, para justificar el asesinato, las altas autoridades estadounidenses han repetido desde entonces mentiras e insultos -a la víctima- a pesar de que el asesinato quedó grabado en varios videos desmenuzados con precisión forense por periodistas y especialistas que han desmentido, uno por uno, los bulos de Donald Trump, de su subjefe de gabinete, de su secretaria de seguridad interna, de su vicepresidente y de varios congresistas del partido republicano.
Cuesta cada vez más caminar por la bruma de la desinformación que se está convirtiendo en niebla permanente. Pero en el caso de Renee Nicole Good, la mujer asesinada, la verdad está ahí y la puede discernir cualquiera con la inteligencia suficiente para entender que los bulos de la administración Trumps en este asunto son solo eso, mentiras.
¿Qué pasó? Primero, hay que dejar claro el verbo: matar es el más evidente. Las palabras importan y, en este caso, escoger el verbo es vital. A Renee Good la mataron; no murió en un tiroteo. Tampoco la mató un agente uniformado en defensa propia, eso es ya evidente tras al menos una decena de análisis hechos por especialistas a los videos del incidente. Esos videos cuentan esto:
En una calle de Minneapolis, en el estado de Minnesota, una mujer había atravesado su auto cerca de un grupo de vehículos que transportaban a agentes del ICE. Al menos seis agentes iban a pie y se acercaron a dos vehículos estacionados pero con los motores encendidos. Uno de los carros emprendió camino conforme los agentes se acercaban. El otro, conducido por Renee Good, permaneció unos segundos más, durante los cuales un agente se acercó a la puerta del conductor e intentó abrirla por la fuerza. Otro agente, ubicado en diagonal al parabrisas, no frente al vehículo de Good, desenfundó su arma mientras la mujer retrocedía despacio y alejaba el vehículo unos centímetros de los agentes para luego, a una velocidad muy lenta, direccionar el carro para alejarse de los uniformados.
Es justo cuando Renee Good posiciona las llantas delanteras para que el carro se aleje que el agente que está en diagonal al parabrisas delantero dispara la primera bala. El vehículo apenas lo roza mientras empieza a avanzar. Luego, ese agente dispara de frente a Renee Good otras dos veces.
Un video publicado más tarde da cuenta de las últimas palabras de Renee Good y de las del agente que disparó quien, sabemos hoy, se llama Jonathan Ross y es un veterano de guerra que lleva 10 años trabajando en ICE. Cuando está intentado alejarse de los agentes, Good dice: “Tranquilo… No estoy enojada contigo”. Segundos después de eso, Ross dispara y, cuando la mujer está ya agonizando, le dice: “Púdrete, puta (Fuck you, bitch)”. No es inteligencia artificial, no es un video editado. Es lo que pasó.
Al final, la verdad es una: Jonathan Ross, un agente de ICE, mató a Renee Good, una mujer indefensa que no estaba cometiendo ninguna falta o delito.
Lo que dijo la administración Trump, en un despiadado intento por salvar cara, fue que Good atacó a Ross y a los otros agentes presentes, que ella era una terrorista y que el bueno de Ross había actuado en defensa propia. Ni Trump, ni Kristi Noem -secretaria DHS- ni el vicepresidente JD Vance ni Stephen Miller -subjefe de gabinete y arquitecto de la política xenófoba de migración del trumpismo- presentaron pruebas que respaldaran sus dichos. Solo palabras. Mentiras.
Al final, la verdad es esta. Jonathan Ross mató a Renee Good.
Pero la verdad también es esta: Ross asesinó a Good, y aquí es importante aclarar la diferencia entre matar y asesinar; lo segundo, de acuerdo con el derecho penal internacional y la definición que leí en la legislación penal de Estados Unidos, es quitar la vida a una persona de forma ilegal, con premeditación o ensañamiento.
Y también existe la posibilidad de que se trate de un asesinato. Según la jurisprudencia de la Corte Penal Internacional de La Haya, esto ocurre cuando el autor es un agente del Estado, o alguien que actúa en nombre del Estado, que mata a una persona sin aval judicial y sin un procedimiento previo que haya procurado todas las garantías procesales. Una excepción a esto, cuando el victimario es un agente estatal, sería la muerte en defensa propia, que no es el caso en el asesinato de Renee Good.
A Good, Ross la mató sin aval judicial o procedimental alguno y, por lo visto hasta ahora -eso al final debería de resolverse en una corte-, con ensañamiento: recuerden el “Púdrete, puta” que el agente grita mientras dispara.
Aquí, además, pudo haberse cometido otro delito: encubrimiento por funcionario público. La Corte Interamericana de Derechos Humanos lo define como la falta de diligencia en investigar delitos graves y la protección de la impunidad al sancionar actos que favorecen al autor de un crimen.
La administración Trump no solo ha intentado una salida retórica al asesinato de Renee Good, consistente en el gastado recurso de echar la culpa a la víctima o de vestir de héroe al victimario, también ha bloqueado cualquier posibilidad de que Ross sea investigado a lo interno o por autoridades independientes, en este caso las policías metropolitana de Minneapolis y la estatal de Minnesota, a las que ha negado acceso a la escena del crimen y a otros datos relevantes.
A los hechos hay que sumar el contexto. Y lo hago aquí a través del relato que el jefe de la policía metropolitana de Minneapolis, Brian O’Hara, hizo en el podcast The Daily de The New York Times. El asesinato de Good ocurre seis años después de que un policía blanco, Derek Chauvin, asesinó a George Floyd, un ciudadano afroamericano, lo que provocó protestas masivas, actos de desobediencia civil y disturbios en la ciudad. Desde entonces, la policía local ha visto reducida su membresía en al menos un tercio y destrozado su prestigio ante la población de la ciudad. El trabajo de O’Hara, quien llegó después del asesinato de Floyd, ha sido, en gran parte, reconstruir la confianza entre la comunidad y el cuerpo policial, una labor incompleta aún.
Con la llegada de ICE a la ciudad, como parte de la ofensiva antiinmigrante de Trump, los policías locales han tenido que lidiar con lo que esos agentes federales dejan en el camino: desde carros abandonados cuando se llevan detenidos a los migrantes hasta pobladores indignados que descargan su frustración en los agentes locales.
Pocas horas antes del asesinato de Good, O’Hara había advertido que, en una ciudad como Minneapolis, la llegada de un contingente sin protocolos claros podía tensionar a la ciudad y provocar una tragedia. Y eso es lo que ocurrió.
Ocurrió que un uniformado se sintió con todo el poder de descargar su arma en la cara de una mujer que estaba ahí, desarmada ella, y que no había cometido delito alguno. Ocurrió que Jonathan Ross mató a Renee Good y ocurrió que todos los jefes de Ross han mentido para echarle la culpa a ella y para procurar la impunidad al uniformado. Todo mientras Minneapolis sigue protestando en el ambiente de tensión provocado por la llegada de ICE.
Las palabras importan y hay que escribirlas: ¡Asesinos y encubridores!



