Créditos: Prensa Comunitaria
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Por Dante Liano

“Una vez estuve en Roma”, confesó el comisario Paniagua. “Me mandó el Ministerio para una conferencia de orden público, como si aquí, en San Andrés, hubiera manifestaciones todos los días. Con nosotros viajaban unos militares que iban al Medio Oriente, a recibir un curso de interrogatorio de prisioneros. Ya se imaginan. En el aeropuerto se habían embarcado con sus pistolas, pero al llegar a Roma se las confiscaron. «Me siento raro sin el arma», dijo uno de ellos. «Es como si anduviera desnudo». Quién sabe qué tiene la gente en la cabeza. En Roma conocí lo que hay que conocer: el Coliseo, las ruinas romanas, la basílica de San Pedro, el barrio judío. Una vez me fui a pasear a un gran parque, que tiene un nombre gracioso. Se llama «el Pincho». Está en el corazón de Roma. Lo que descubrí en ese parque me llamó la atención. En la parte más alta hay una lápida. En esa lápida se recuerda a Simón Bolívar, el Libertador. Parece que allí, desde donde uno ve extenderse la gran ciudad italiana, Bolívar juró que iba a liberar a América de la dominación española. Cosas raras: yo no sabía que la independencia había comenzado en Roma. En realidad, yo no sabía nada de Bolívar”. 

Estaban en el café del Portal del Comercio de San Andrés. Como era media mañana, habían llegado el Comisario, el barbero y el farmacéutico. Al rato, se les unió el cura, otro vagabundo. En esas conferencias arreglaban el mundo, lo poco que podían conocer. Paniagua se recordaba de la época en que las únicas noticias llegaban a mediodía, con el periódico de la capital. Ahora era diferente, todo había cambiado. “Yo, de Bolívar”, dijo el barbero, “conocía solo el monumento que está en la capital”. Todos se rieron. Ese monumento comprendía una estatua de bronce, en donde el General venezolano aparecía gallardo y desafiante, con una mano puesta sobre la empuñadura de la espada. Lástima que el escultor no se dio cuenta de que, vista de perfil, la mano del Libertador parecía empuñar no la espada, sino una parte vergonzante del cuerpo, para guasa de los automovilistas. “Yo”, dijo el cura, “solo conocía aquella frase que pronunció cuando lo destituyeron de todo”. “He arado en el mar”, recitó el barbero. “Si es por eso”, añadió el farmacéutico, “es todavía mejor la sentencia sobre la suerte de los latinoamericanos: ¡nunca seremos felices, nunca!”. El comisario vio hacia la plaza, en donde el sol comenzaba a agobiar a los numerosos perros callejeros de San Andrés, famosos por su flacura famélica. “Tenía razón”, acotó. El cura opinó: “Bolívar era un niño bien. Las revoluciones las hacen los niños bien. Fidel era de familia acomodada; también el Che”. “No todas”, rebatió el comisario Paniagua. “Allí están Pancho Villa y Emiliano Zapata, gente del pueblo”. El cura le dio la razón. Prosiguió: “Bolívar tuvo la mejor educación de su época. Solo pensar que tuvo de maestro a Andrés Bello, caramba”. “Yo, de Andrés Bello, solo sé la conjugación de los verbos”, dijo el boticario. El comisario Paniagua tenía su cultura. La desenvainó cuando dijo: “Era uno de los hombres más sabios que ha producido América. Escribió una gramática ejemplar. Y fue el mejor poeta hispanoamericano de la época”, completó, después de un silencio que daba testimonio de la ignorancia de los tertulianos. Para no ser menos, intervino el cura: “¿Ustedes sabían que Cristóbal Colón juró que, en las costas de Venezuela, se encuentra el Paraíso Terrenal? No es que estuviera inventando, lo creyó con firmeza”. El boticario sacó una conclusión: “Venezuela es un gran país”, dijo. “Lástima por el relajo que se ha vuelto, lástima por la gente que emigra, lástima por la amenaza extranjera”. 

“Es verdad”, dijo el Comisario. “Ahora de Venezuela sabemos solo por los migrantes que pasan por aquí”. Aunque pareciera extraño, el hormiguero de gente que subía de Panamá hacia México también se perdía por los senderos de la montaña y reparaban en San Andrés. Allí se quedaban unos días, unas semanas o unos meses, depende, en pequeños campamentos en la afueras, sobreviviendo con la ayuda que la gente les daba. Luego seguían rumbo a la frontera, a ver si lograban pasar, a ver si podían atravesar el inmenso México, a ver si no los capturaba la Migra y los iban a tirar a cualquier lugar. “Ayer leí que habían deportado a unos desgraciados hacia Sudán. ¿Qué puede hacer uno tan lejos?”. “Bolívar tenía razón en eso de que nunca seremos felices, pero si estamos a frases célebres”, intervino el cura, “ahora se aplicaría aquella de Porfirio Díaz respecto de México, «tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos». “Si es por eso”, el comisario comenzó a acalorarse. “esa frase se puede aplicar a toda América Latina”. El boticario recordó: “Así como uno puede llevar la cuenta de los días y los meses, podría llevar la cuenta de las veces que los gringos han intervenido en nuestros países”. “En Nicaragua entraban y salían cuando les daba la gana”, dijo el peluquero. “Hasta que se les ocurrió tener una estación de marines en territorio nicaragüense, por eso se levantó Sandino”. “Invadieron República Dominicana”, recordó el boticario. “Y Panamá”, añadió el barbero. “A nosotros nos invadieron en el ’54, y nos regalaron cuarenta años de guerra”, dijo el comisario. “¿Y qué dicen del Chile de Allende?”, completó el barbero. “Ahora amenazan con atacar a Venezuela”, dijo el cura. Como era el más letrado de todos, recordó: “Habría que recitarles el poema de Darío, la Oda a Roosevelt, que vuelve a ser actual”. Y, sin que se lo pidieran, se puso a declamar:

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman, 
que habría que llegar hasta ti, Cazador! 
Primitivo y moderno, sencillo y complicado, 
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod. 
Eres los Estados Unidos, 
eres el futuro invasor 
de la América ingenua que tiene sangre indígena, 
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. 

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza; 
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy. 
Y domando caballos, o asesinando tigres, 
eres un Alejandro-Nabucodonosor. 
(Eres un profesor de energía, 
como dicen los locos de hoy.) 
Crees que la vida es incendio, 
que el progreso es erupción; 
en donde pones la bala 
el porvenir pones. 
No. 

Los Estados Unidos son potentes y grandes. 
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor 
que pasa por las vértebras enormes de los Andes. 
Si clamáis, se oye como el rugir del león. 
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras». 
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol 
y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos. 
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón; 
y alumbrando el camino de la fácil conquista, 
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York. 

Mas la América nuestra, que tenía poetas 
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl, 
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco, 
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió; 
que consultó los astros, que conoció la Atlántida, 
cuyo nombre nos llega resonando en Platón, 
que desde los remotos momentos de su vida 
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor, 
la América del gran Moctezuma, del Inca, 
la América fragante de Cristóbal Colón, 
la América católica, la América española, 
la América en que dijo el noble Guatemoc: 
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América 
que tiembla de huracanes y que vive de Amor, 
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive. 
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol. 
Tened cuidado. ¡Vive la América española! 
Hay mil cachorros sueltos del León Español. 
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, 
el Riflero terrible y el fuerte Cazador, 
para poder tenernos en vuestras férreas garras. 

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

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