En la tierra testigo del paso tras el sueño americano

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Créditos: Desayunador_Gabriel-Pichardo
Interior del desayunador. Foto Gabriel Pichardo
Interior del desayunador. Foto Gabriel Pichardo

Texto: Xochiketzalli Rosas/Kaja Negra

Fotografías: Gabriel Pichardo

Las voces de quienes habitan Tijuana, Baja California, tienen un sinnúmero de historias: las cicatrices, lo visto, lo callado, lo dicho; todo confluye en esa ciudad fronteriza: los migrantes, hombres, mujeres, infantes, mexicanos o provenientes de Centroamérica, el Caribe o el Cono Sur que transitan de paso o que por distintas razones tienen que anidar su vida en esa ciudad.

Quienes habitan Tijuana han sido testigos de las historias más esperanzadoras y desgarradoras de quienes han dejado sus huellas por aquella ciudad. Así nos lo narra —al fotógrafo que me acompaña y a mí— Conchita, una mujer proveniente de la Ciudad de México que lleva poco más de 20 años viviendo en esta ciudad. Ella dejó atrás un matrimonio quebrado y con sus tres hijas emprendió la búsqueda de una vida mejor. Y aunque nunca tuvo la intención de cruzar a Estados Unidos, ahora todos los días se traslada a San Diego, California, para trabajar como enfermera de una jovencita estadounidense que perdió las piernas en un accidente.

«Cuánta gente no he visto pasar. Cuánta gente necesita, a veces, nada más un vaso de agua. Cuántas personas he visto que de no poder pasar la frontera no encuentran otra forma de vida que las drogas y el alcohol, y que por eso andan en las calles, sin rumbo, o que toman un pedazo de tierra que poco a poco van adaptando como sus casas; como la que está a unos metros de aquí», nos dice la mujer de 52 años. El último sitio al que nos hace referencia es un espacio de la calle que se encuentra entre una tienda departamental y una farmacia de la colonia Sánchez Taboada. Aquel espacio es ocupado por un migrante que fue deportado y donde con lonas, madera y basura fue construyendo su improvisada casa. Con este hombre intentamos varias veces charlar, pero no tuvimos éxito porque su choza siempre estuvo vacía.

La charla con Conchita ocurre en el comedor de su casa. Un departamento que se integra de nueve habitaciones, las cuales, antes de que ella lo rentara, el dueño usó para dar alojo a migrantes que sólo necesitaban descansar un par de noches para continuar su travesía y llegar de mojados a Estados Unidos.

Conchita nos relata historias que ya conocemos porque las hemos leído en la prensa o en libros: migrantes que mueren en el intento de lograr el  sueño americano, que pasan todo tipo de vejaciones en su trayecto, que terminan delinquiendo para comer, o que, en el mejor de los casos, se quedan a vivir en México. Una situación que se puede poner en perspectiva si comparamos, por ejemplo, el número de deportaciones ocurridas en el gobierno de Barack Obama: entre 2009 y 2015 alrededor de 2.5 millones de personas, según datos del Departamento de Seguridad Nacional. Ningún otro presidente de Estados Unidos había deportado a tantos migrantes.

«Si te das una vuelta por el Bordo —como llaman al río de Tijuana que se encuentra a unos metros de la frontera con Estados Unidos— vas a ver a la gente viviendo en los túneles del canal, algunos llevan meses ahí, luego de que fueron deportados, y pues se drogan porque es la forma que encuentran para mantenerse. Es terrible la vida que llevan esas personas, aunque hay gente que les ayuda, llevándoles alimento o ropa», dice Conchita, quien desde la congregación religiosa a la que pertenece realiza algunas labores de ayuda para migrantes, como proporcionarles algunos víveres.

Este río, sobre todo en los metros cercanos a El Chaparral —la garita de ingreso de Estados Unidos a México, ubicada a 500 metros de la frontera—, luce limpio y sin migrantes, ya no como en las fotos que circulan en medios de comunicación y redes sociales, donde se puede observar que los túneles fungían como chozas y picaderos, incluso las paredes internas del canal ahora se visten con diferentes murales de colores.
La explicación a este cambio se remonta al operativo que el gobierno federal y del estado de Baja California lanzaron en 2016 para desalojar a las personas que ahí vivían para enviarlos a centros de rehabilitación y albergues. Esta medida, no obstante, no perduró, porque al  poco tiempo varios migrantes regresaron a los túneles. Quizá nuevos migrantes recién deportados, pensamos tras la visita al sitio que es el claro contraste entre la tierra mexicana y la estadounidense.

Al transitar en auto sobre la Vía Internacional, avenida paralela al Bordo y que conduce al paso fronterizo de San Ysidro —frontera internacional terrestre que une a Tijuana [México] con San Diego [Estados Unidos], y es la más cruzada del mundo, pues de acuerdo con un reporte de los Servicios Generales de Estados Unidos cada año cruzan por las 24 líneas de entrada vehicular de esta garita 13 millones 672 mil 329 automóviles; mientras que por el área peatonal ingresan diariamente 25 mil personas—, las postales son variadas: comerciantes ofreciendo a los automovilistas que esperarán de 45 minutos a dos horas para cruzar la frontera desde burritos de carne asada, nieves y hasta permisos migratorios; personas en situación de calle pidiendo dinero o comida; todos mezclados con los policías estatales y los agentes migratorios que con espejos sujetos a palos largos revisan debajo de los autos mientras estos avanzan.

«Seguro buscan migrantes», le dije al fotógrafo que me acompañaba cuando miré a un agente revisar meticulosamente una Pick up delante de nuestro auto. Y le narré el relato de una migrante mexicana que hace 16 años pasó de mojada precisamente escondida en el motor de un auto.

Las tres veces que cruzamos San Ysidro los cuestionamientos del agente migratorio siempre fueron meticulosos; a veces en inglés, a veces en español, sin dejar de observar fijamente y de revisar varias veces la Visa; sus miradas nos incomodaron y los minutos que fuimos analizados antes de que se nos permitiera entrar a tierras americanas parecieron eternos. Una vez del otro lado, permanecí varios minutos con la sensación de que me estaban mirando todo el tiempo.

La situación es muy similar si el cruce es a pie, dice Conchita, quien también asegura que ya se ha acostumbrado a este trato por todas las veces que pasa por ahí para ir a su trabajo. ¿Los migrantes se acostumbran al trato que reciben todas las veces que no se dan por vencidos para llegar a tierras americanas?, le preguntamos. Conchita piensa la respuesta, las expresiones de su rostro cuentan por sí mismas lo que le ha tocado ver y escuchar, y después nos cuenta más historias, ahora de las personas que ayudan a los migrantes para que recobren las fuerzas para todos esos intentos.

Un oasis en el desierto

A cualquiera que le preguntes por la ubicación del comedor del padre Chava en el centro de Tijuana no sólo conocerá el sitio al que haces referencia, sino que también te dará las indicaciones como si tuviera la certeza de que conoces la ciudad: «Camina a la 2da y derecho, al pasar la Revolución, son como dos cuadras más. Ya sabes, el edificio amarillo», nos dijo el bolero al que le preguntamos por la ubicación del principal desayunador para migrantes en la quinta ciudad más poblada de México.

Pero en realidad darás con el lugar porque conforme te acerques a la calle Melchor Ocampo, donde se localiza, a cada paso te encontrarás a hombres y mujeres, todos con mochilas —o bolsas de plástico desbordando ropa o unas cuantas pertenencias— a los hombros; algunos con la mirada perdida en un horizonte inalcanzable, sin percibir a los que se encuentran a su alrededor.

Justo a los escasos 50 metros que tienes que caminar de la avenida Benito Juárez Segunda para llegar al número 700 de Melchor Ocampo, al edificio amarillo que es el desayunador, podrás observar sobre las banquetas las camas improvisadas y casas de acampar que personas en situación de calle y migrantes —que no han logrado brincar la frontera o que han sido deportados y esperan por un segundo o un número infinito de tiempo para intentar llegar a Estados Unidos— han construido con ropa y lonas para cubrirse del clima; incluso, una cuadra antes, en un callejón, hay algunas viviendas construidas con madera y láminas.

En aquellas aceras conviven las ilusiones, la pobreza y la desesperación, pienso tras ver a un grupo de hombres alistando un líquido que después inyectaron en sus brazos, usando todos la misma jeringa; luego de escuchar brevemente lo que una mujer relataba a un hombre que parecía no prestarle atención sobre lo que vivió cuando dejó su país, a miles de kilómetros de distancia, y luego de mirar a un grupo de hombres alistando su mochila, después de haber comido, para emprender aquel viaje desconocido para llegar al país vecino.

Cuando finalmente tuvimos de frente el edificio de cuatro plantas vimos que las enormes filas que se forman desde las seis de la mañana ya no existían. Solo había unos cuantos hombres y mujeres que pedían permiso para entrar al comedor.

El desayunador salesiano del padre Chava, ubicado junto a la Vía Internacional, a unos cuantos metros de El Chaparral, ofrece al día de mil a mil 200 desayunos, de 8 a 10:30 de la mañana, a gente en situación de calle, por adicción o deportación; en su mayoría migrantes que en el paso de México a Estados Unidos se quedaron varados en esta ciudad fronteriza.

Este oasis en medio del desierto, para quienes transitan por él, es el claro reflejo del crisol que es Tijuana: una de las ciudades de paso de migrantes que sirve para el cobijo y alimento de quienes necesitan recobrar fuerzas y dar el último jalón para cruzar la frontera, o para recuperarse y volver a intentarlo.

Claudia Portel, la encargada del desayunador, es una mujer uruguaya radicada en Tijuana, Baja California. Ella nos cuenta que el desayunador además de ofrecer un plato de comida también ofrece el cambio de ropa con baño, corte de pelo y servicio médico para enfermedades menores como una gripe, pues para atender situaciones más graves requieren de un permiso con el que no cuentan por su calidad de Asociación Civil sin fines de lucro, que se ha solventado con la ayuda de la sociedad y donativos de víveres y ropa, además de una flotilla de voluntarios. No obstante, cuentan con el apoyo, los días sábados, de un grupo de médicos que vienen de San Diego y de la Universidad Autónoma de Baja California [UABC] que atienden a los migrantes y les hacen diversos exámenes, principalmente para la detección de enfermedades venéreas. Además de una psicóloga voluntaria que los visita dos veces por semana.

Esta asociación también ha contado con cursos de computación y, por medio de un convenio con los Centros de Capacitación para el Trabajo, han reinsertado a algunas de las personas que así lo han querido, dándoles la oportunidad de aprender un oficio.

Sin embargo, desde 2016 el desayunador del padre Chava, relata Portel, suspendió todos sus servicios y sólo ofrece los desayunos, ya que con la crisis migratoria de haitianos en la ciudad la organización ha volcado sus fuerzas y recursos a atender a esta comunidad que se ha quedado varada en Tijuana.

Claudia Portel. Foto Gabriel Pichardo
Claudia Portel. Foto Gabriel Pichardo

«Se suspendió porque estamos albergando haitianos. De mayo de 2016 a la fecha hemos tenido entre 4 mil 500 a 5 mil haitianos que han pasado en esta casa. En la actualidad tenemos un grupo de 450 haitianos —además de los mil 200 a los que les dan diario el desayuno—, a quienes les damos las tres comidas y un lugar donde dormir. Entonces por eso al resto de las personas sólo les damos el desayuno porque no podemos solventar tantos platillos. Se sigue ofreciendo el arroz, el frijol, pero la carne con la que se acompaña se ha ido cambiando, porque son muchas bocas, pero siempre procurando que los alimentos sean sanos, apetecibles, porque lo que comen ellos, también lo comemos nosotros, quienes estamos aquí de voluntarios», relata Claudia, luego de que ha terminado la jornada de desayunos del día, en la que compartió los alimentos con los migrantes que llegaron esa mañana.

Mientras charlamos algunos migrantes recogen las mesas y barren el lugar; otros reciben las donaciones que han llegado de avena y jugos; otros más orientan a los que van llegando y piden comida. En esos minutos es inevitable observar a varios hombres y mujeres de origen haitiano entrar y salir del lugar.

Esta congregación religiosa que llegó a Tijuana el 19 de marzo de 1987 utiliza como anzuelo el plato de comida para ayudar a los migrantes, me dice sonriente Claudia. Y a medida que los van observando descubren a quienes sólo estarán de paso unos días y a quienes llevan más tiempo en las calles padeciendo de hambre y pobreza.

— ¿Y entonces quién es el famoso padre Chava? —le pregunto.

—Entre ese primer grupo de salesianos llegó el padre Chava, que para el año 99, al ver la realidad de la gente en las calles que se quedaban afuera de su local en la calle de Madero, se le encomienda que trabaje con las personas en situación de calle, y se comienzan a dar pequeños desayunos. Antes de llegar aquí estuvieron en tres distintos lugares en la ciudad. El padre Chava falleció en el año 2002, pero como fue uno de los pioneros, en cariño se le dio el nombre de él al desayunador y aunque ya tiene 15 años muerto sigue siendo la referencia.

—Quizá sea muy pronto, pero ahora que inició el mandato de Trump, ¿han visto más afluencia de migrantes por el desayunador o que sepan que esto se deba a las deportaciones?

—Pues no sé si nos los estén sacando acá, pero no hemos visto cambios drásticos. Supe que mandaron un grupo grande pero directo a la Ciudad de México. Pero si esto ocurre, que llegaran más, debemos prepararnos —responde Claudia un poco antes de terminar la charla porque ha llegado un joven, que por su apariencia podría ser haitiano, que no rebasa los 18 años y que luce nervioso, desubicado. «Hablé con él, está desorientado», le dice uno de los voluntarios.

El joven sonríe ligeramente cuando escucha la frase «ahora estás a salvo», que no logro identificar de quién provino.

59 veces deportado

Juan de Dios Cristerna Moreno sabe con exactitud las veces que ha entrado y salido de Estados Unidos: «Con esta última van 59 que me deportan y ya me dijeron que de por vida no puedo entrar a Estados Unidos; la próxima ya es cárcel», dice y sonríe el hombre que lleva dos años viviendo en Tijuana, casi los mismos que ha sido voluntario en el desayunador del padre Chava —a donde llegó una noche fría—, los mismos desde la última vez que lo deportaron.

Por eso cuando lo vi recibiendo algunos de los donativos de la gente, vistiendo una playera amarilla, no me pareció que Juan de Dios fuera un migrante y menos que la fuerza le permitiera 59 intentos para cruzar la frontera como indocumentado.

Este hombre de 46 años, que siempre ha vivido frente a la línea fronteriza, es originario de Sinaloa, pero se crió en Mexicali, Baja California. Cuando era un chiquillo, relata, se metía a jugar a los campos de golf que pertenecían a territorio estadounidense; desde entonces no le daba miedo la migra. «Nunca me hicieron nada», asegura.

— ¿Ni las veces que te deportaron?

—Ni esas… bueno, cuando caminaba en el desierto y me tenían todo desvelado y cansado y me llevaban a fichar, eso sí era muy pesado. Es un proceso complicado porque luego te meten a los cuartos fríos, te sacan las huellas, luego te quitan la ropa, te meten a otro lado y así te traen, con comida fría. Eso es para que la gente ya no vuelva. Lo traen de arriba para abajo —relata.

— ¿Por eso quizá regresaste tantas veces?

—Pues sí. Te llevaban a migración a un lugar donde detienen a los deportados, ahí te tenían 15 días o un mes, si te encontraban haciendo cosas ilícitas, te agarraban 15 días y te deportaban; si te miraban que entrabas muchas veces a Estados Unidos, te agarraban un mes, como castigo para que ya no entraras. Pero la gente se metía de nuevo, yo digo que porque estaba buena la comida en los lugares donde encierran. Por eso, luego los de migración nos decían que eso iba a cambiar porque los migrantes ya se agarraban las detenciones como su casa, y si es cierto, salían bien gordos de ahí —y una sonrisa no se le borra del rostro.

Juan de Dios Cisterna Moreno. Foto: Gabriel Pichardo
Juan de Dios Cisterna Moreno. Foto: Gabriel Pichardo

A Juan de Dios lo detuvieron la última vez en un condado llamado Valle Imperial y de ahí lo enviaron a la corte de San Diego; allí le dijeron que ya no podía seguir pisando suelo americano. Antes de eso había pasado cinco años sin entrar a Estados Unidos. La mayoría de su familia vive en Calexico, en California, y pese a eso no tiene pensado brincar; quiere ir a Mexicali e iniciar de nuevo.

«Todos los que están allá afuera son deportados, así como yo, y han pasado por aquí; algunos no han seguido las reglas, se dan su tiempo, no sé, para mantenerse bien, no hacer cosas malas que los dañen, pero de todos modos se les ayuda», cuenta el hombre que también es recepcionista del desayunador.

Al verlo así tan activo y en movimiento, no pensarás que todos los días inicia su jornada a las cuatro de la mañana para tener todo listo para el mar de sus iguales que llegan a desayunar.
«Todo el año hay mucha gente, pero yo creo que ahora con lo de Trump va a haber más deportados. Últimamente he visto muchos nuevos, parejas principalmente. En Tijuana está crítico dormir en la calle por el clima. Y como aquí, por lo pronto, es mi casa, pues les abro las puertas».

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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