En las montañas de La Paz e Intibucá, donde el maíz crece a partir de las semillas nativas que dejaron por décadas los ancestros lencas, el fenómeno de El Niño dejó mazorcas vacías y cultivos sin desarrollarse. Esto golpea directamente en la economía de los hogares, sobre todo la de quienes se dedican a la agricultura de subsistencia, pero hay otra pérdida menos visible: la tristeza, ansiedad e incertidumbre que deriva en trauma para quienes han vivido del campo toda su vida y hoy no saben cómo sostener a sus familias.
Texto: María Celeste Maradiaga
Fotografías: Fernando Destephen
Portada: María Celeste Maradiaga
Edición: Fernando Silva y Vienna Herrera
Es septiembre en Monte Copado, una comunidad lenca de Santa Elena en el departamento de La Paz. Felipe Benítez desprende una mazorca de su milpa y la muestra. Al abrirla no hay un solo grano.
Felipe es un dirigente lenca, defensor del territorio y los derechos de los campesinos, tiene 54 años y es presidente de la Asociación de Comunidades Indígenas Lencas de La Paz (Acilpaz), una organización que lucha por el acceso a la tierra y los derechos de los indígenas lenca en el occidente de Honduras. Felipe tiene alrededor de una hectárea y media sembrada con un maíz criollo amarillo —es decir, que proviene de una semilla nativa sin transgénicos— que cultiva desde hace tres décadas. En este lugar no hay sistemas de riego ni tecnologías avanzadas como las empleadas por agroindustriales para la exportación de cultivos.
«Aquí vivimos de la lluvia», dice Felipe. Y este año la lluvia se detuvo.
Santa Elena es una zona fresca, a 1,800 metros de altura, donde las canículas suelen durar diez o quince días, un tiempo en el que el maíz resiste sin problema, sin embargo, esta vez pasó más de un mes sin llover aquí, y sin humedad, la planta no completó su proceso de polinización.
El informe La sequía, los cultivos y el Corredor Seco Centroamericano realizado por Oxfam Latinoamérica entre julio y agosto de este año detalla una crisis severa en la pérdida de cultivo que ha evolucionado con la llegada de El Niño específicamente en los departamentos del Corredor Seco Centroamericano entre Guatemala, Honduras y El Salvador. De las 345 comunidades evaluadas en 15 departamentos ubicados en el Corredor Seco Centroamericano analizados en este estudio, Oxfam reporta que el 80% de estas reportaron un déficit prolongado de lluvia durante el ciclo agrícola de este año, afectado directamente por las condiciones de El Niño.
De los cuatro departamentos estudiados en Honduras que están dentro del Corredor Seco Centroamericano (Choluteca, Lempira, El Paraíso y Yoro), el estudio registró que los hogares en Choluteca perdieron el 99.96% del maíz cultivado en primera, y que los hogares en El Paraíso perdieron el 100%, lo que representa una pérdida total o casi total del cultivo.
«Seis departamentos, Morazán y San Miguel (El Salvador), El Paraíso (Honduras), Choluteca (Honduras), y Jalapa y Chiquimula (Guatemala), reportan que más del 95% de los hogares con pérdidas de maíz se ubican en el rango más severo (75-100%), con proporciones que oscilan entre 97.55% y 100%. Esto indica una pérdida total o casi total del cultivo ampliamente generalizada, y no un patrón de afectación diferenciado dentro de los departamentos», indica Oxfam.
Además, Oxfam constató una contracción considerable en la intención de siembra de postrera por parte de estas comunidades después de las pérdidas en la siembra de primera ocasionadas por la sequía potenciada por los efectos de El Niño. Esta baja en la intención de siembra de maíz para postrera también se ve influenciada por la pérdida de la semilla propia de las comunidades, la incertidumbre sobre la continuidad de las lluvias y la falta de capital para adquirir insumos.
Sólo entre julio y agosto de este año se registra un aumento del 67.2% en el precio del quintal de maíz en Honduras en comparación a estos mismos meses en el año pasado.
Pero detrás de las pérdidas de cultivo está algo más grave, la preocupación y las afectaciones a la salud mental que surgen al no saber cómo se sostendrán sus familias.
«El polen se fue en seco, entonces [el maíz] no cuajó», explica el campesino para referirse al proceso de fecundación que no se dio correctamente debido a las temperaturas que ocasionaron una sequía extrema, algo que, según comenta, no había vivido antes. Esto ocasionó que, en vez de mazorcas, crecieran jilotes, un fruto de menor tamaño y mucho menos desarrollado. «Yo tengo 54 años y nunca en la vida he tenido una experiencia como esta», dice Felipe, quien calcula pérdidas entre los 30 mil y 40 mil lempiras en sus cultivos.

Felipe Benítez muestra una mazorca sin desarrollo dentro de su milpa. Santa Elena, La Paz. 04 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Su hijo, David Benítez, es un ingeniero ambiental y técnico en ciencias agrícolas, quien, por la vocación de su padre, se ha formado para entender cómo ha funcionado el cultivo de maíz en esta zona de Honduras. Él dice que en esta temporada la canícula se ha ido extendiendo poco a poco, pasando de quince días a un mes, de allí de un mes y medio hasta llegar a dos meses sin lluvia. En la zona alta de Santa Elena, dice, la sequía nunca había arrasado así con casi 100% de la cosecha.
El 23 de mayo, la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco), institución encargada de lo relacionado a los fenómenos naturales y acontecimientos atmosféricos en Honduras, declaró alerta verde por tiempo indefinido en 60 de 298 municipios por riesgo de sequía meteorológica asociada al fenómeno de El Niño. Meses después, a mediados de junio, la institución preveía una canícula más larga y un déficit de lluvias superior al 40 % en algunas regiones.
Francisco Argeñal, director del Centro de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos (Cenaos), la unidad de Copeco que monitorea estos fenómenos, informó que El Niño inició oficialmente en Honduras en junio. A finales de agosto, Copeco amplió la alerta roja a 103 municipios —incluidos los que había declarado en alerta verde en mayo— en los departamentos de Choluteca, Comayagua, El Paraíso, Francisco Morazán, Intibucá, La Paz, Lempira y Valle.
Aunque estos municipios son los que se mantienen en alerta prolongada por los efectos de un período prolongado seco, el ministro de Copeco, Reinaldo Sánchez, señaló que son al menos 233 municipios los que se mantienen en algún tipo de alerta, y que estas afectaciones llegan a aproximadamente 5.6 millones de hondureños.

Cosechas de maíz sin germinar debido a la sequía. Santa Elena, La Paz. 04 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Perder lo último que se tiene
Al conversar sobre las pérdidas del maíz debido a la sequía, Felipe no habla solo de dinero.
«Preocupación, tristeza, porque es como que haya perdido lo último, lo poco que hemos logrado tener por tantos años», cuenta que sintió al ver la pérdida de cultivo en esta temporada. Habla del maíz que cuida desde hace treinta años como de alguien de la familia, pues para él «el maíz es como un compañero», porque le recuerda a sus abuelos lencas, y a la importancia que tiene este cultivo para ellos.
La sequía que se vive en el Corredor Seco Centroamericano, especialmente en los departamentos de Intibucá y La Paz, afecta directamente una herencia invaluable que los antepasados lencas dejaron a estas generaciones: la semilla nativa del maíz, que no se ha manipulado genéticamente para hacerla «mejorada» y más resistente a las plagas o agroquímicos. Con la pérdida del cultivo también se van perdiendo las semillas que guardan de reserva para las próximas cosechas.
Felipe explica que, en la organización que dirige, acostumbran a hablar entre compañeros sobre sus emociones y el impacto que les ha generado esta última sequía. Algunos le han contado que no pueden dormir y que tienen pesadillas con perder su cultivo otra vez, otros, que les duele la cabeza o se les baja la presión.

Felipe Benítez dirigente lenca durante un recorrido por los cultivos de maíz que no se cosecharon. Santa Elena, La Paz. 04 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Lo que describe Felipe coincide con lo que ha encontrado la investigación académica en otras zonas rurales del occidente del país. El estudio Household food insecurity and health in a high-migration area in rural Honduras de la Universidad de Yale, publicado en 2021 en la revista SSM – Population Health, encuestó a casi 25,000 personas de 176 aldeas de Copán, y encontró que quienes vivían en hogares con inseguridad alimentaria tenían 77 % más probabilidades de reportar síntomas de depresión. En los hogares donde la comida llegó a faltar, el riesgo de reportar síntomas de depresión era tres veces y media mayor que en los hogares sin problemas para alimentarse.
El estudio no midió el efecto de la sequía, pero sí el de una de sus consecuencias más directas: no saber si habrá qué comer. Esa incertidumbre resultó estar más extendida que el hambre misma. El 43 % de las personas encuestadas dijo preocuparse por quedarse sin comida, mientras que el 16 % se había quedado efectivamente sin ella. Entre la población indígena que se encuestó para ese estudio, en su mayoría maya chortí, la preocupación alcanzaba al 63 %.
Para el psicólogo Warren Ochoa, la tristeza, ansiedad, incertidumbre y miedo que describe la población lenca al ver la pérdida del cultivo son más que sentimientos o reacciones frente a las condiciones adversas, estos representan la manifestación del trauma psicosocial o sufrimiento psicológico por los efectos del cambio climático a los que estas poblaciones están expuestas.
«Aquí podríamos hablar de un sufrimiento psicológico, no precisamente de una carga mental porque eso tiene su aspecto psicosocial específico como concepto, pero sí podríamos hablar de un sufrimiento psicológico, una angustia cotidiana de no saber si va a haber agua, esto se vive en el día a día en muchas partes de la población, si va a haber alimentos o ingresos para sostener a la familia, en el caso de las personas que se dedican a cuestiones agropecuarias y agrícolas», señala el psicólogo.
Ochoa también señala que el sufrimiento psicológico que viven las personas impactadas por los efectos del cambio climático no sólo está generado por ver una vivienda destruida o un cultivo que se perdió, sino porque, además, para las poblaciones lenca que en su cosmovisión ven el maíz como algo más que un cultivo, también representa una pérdida de identidad y del sentido de pertenencia.
«El cambio climático no solamente destruye viviendas, los cultivos o la infraestructura, sino que también deteriora la integridad psicoafectiva de las personas, la estabilidad familiar, la seguridad psicológica, el sentido de pertenencia y también, podría ser, las expectativas a futuro de las comunidades. Cuando una persona o una familia de repente, por una inundación, pierde la casa, no está perdiendo solo lo material, ¿qué representa para ellos esa casa? Representa su hogar, representa su lugar seguro, representa un espacio de descanso, un espacio de encuentro, un elemento central de mi identidad comunitaria, de mi identidad familiar, y no sólo es lo material, en una sequía, por ejemplo, también se produce un sufrimiento psicológico que pareciera algo silencioso de lo que no se habla», explica el psicólogo y psicoterapeuta.

Los cultivos de los campesinos lenca en Yamaranguila, Intibucá, no se desarrollaron por completo debido a la sequía. Yamaranguila, Intibucá. 02 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Los síntomas de este sufrimiento psicológico se repiten también en el departamento de Intibucá. Allí campesinos y campesinas lencas sufren directamente las consecuencias de la pérdida del cultivo del maíz en una de las zonas más altas de Honduras, algo que nunca antes había ocurrido.
Betty Cantarero, técnica de campo de la Organización Intibucana de Mujeres «Las Hormigas», ha sido testigo de esto en su propia familia. En San Antonio, un municipio al sur de Intibucá fronterizo con El Salvador, su papá sembró 60 libras de semilla de maíz y perdió toda la siembra. Luego le tocó vender sus animales, porque tampoco tenía con qué alimentarlos. Después de eso, se enfermó: tenía dolores de cabeza y de estómago.
Betty explica que a las personas mayores les cuesta más reconocer cuándo una preocupación empieza a afectar su salud, pero para ella este caso refleja justamente las preocupaciones y afectaciones psicosociales que acarrean la pérdida de cultivos.
«Las emociones de ellos se reflejan en el dolor de cabeza y dolor de estómago, porque en sí esas son las preocupaciones que les dan a ellos cuando están acostumbrados a trabajar con el maíz y en las milpas. A raíz de eso mi papá se enfermó, desde la preocupación porque no llueve, y porque le tocó vender sus animales porque no hay cosecha», comenta Betty.
Sobre esto, el psicólogo Warren Ochoa lo define como la relación psicosomática entre la mente y el cuerpo, y el porqué las situaciones de orden corporal se ven afectadas por los estados emocionales. Ochoa explica que es a través de la termogénesis, esta capacidad del organismo de generar calor a través de estímulos neurológicos y endocrinos, que nos sentimos enfermos después de pasar por situaciones emocionales.
«La termogénesis es el consumo de adenosintrifosfato y de glucosa dentro de las células en la mitocondria, donde hay una generación de energía, entonces, si yo estoy en un estado emocional de enojo, pues de repente hay termogénesis en la cabeza, en el pecho, en los brazos, en las manos, y yo lo siento, porque un estado emocional es un estado corporal», explica el psicólogo.
Lo mismo en los casos donde las personas sienten asco y de repente tienen ganas de vomitar, la tristeza que puede reflejarse en las ganas de llorar, o la presión en el pecho que puede generar la ansiedad. Warren Ochoa apunta que estos estados corporales, derivados de los emocionales, pueden empeorar cuando existe un trauma en las personas, lo que él define como la huella que una situación deja en alguien.
«Primero, el trauma no es lo que me pasa, sino la huella que esto deja en mí (…) entonces podemos hablar de otros términos parecidos, como el estrés post traumático relacionado con el estrés hídrico o con eco ansiedad, o el duelo ecológico también», señala Ochoa al referirse a personas que viven el duelo por la pérdida del ambiente o naturaleza a la que estaban acostumbrados.
María Manueles, de 76 años y originaria del municipio de Yamaranguila, Intibucá, también dice que jamás había visto algo igual. Siembra maíz para el consumo de su familia, y además cultiva café para vender; pero este año, el café de esta zona también ha atravesado una situación crítica: la sequía ha provocado que el fruto madure antes de tiempo y que la semilla no termine de desarrollarse.
Pero a María no sólo le inquieta eso, sino también la incertidumbre de cómo pagará el préstamo que pidió a la caja rural de su comunidad. pues otros años lo pagaba sin problema con lo que le dejaba la cosecha.

María Manueles, campesina lenca de 76 años, camina por su finca cultivada de maíz que no logró germinar. Yamaranguila, Intibucá. 02 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
En la Oficina Municipal de la Mujer de Yamaranguila, Mirna Maritza Lorenzo, representante lenca de la alcaldía y colaboradora de «Las Hormigas», describe algo similar: «Da tristeza, da preocupación, da nostalgia porque las familias gastaron tanto dinero para poder sembrar».
Mirna señala que hay conciencia de las afectaciones que esta situación genera en la salud mental. La alcaldía y «Las Hormigas» ofrecen acompañamiento psicológico, y también hay atención en la iglesia católica. Sin embargo, según ella, no hay datos específicos sobre la atención en casos de salud mental, como ansiedad, depresión, o incluso suicidios en la población de este departamento a nivel general, y menos en los casos relacionados a afectaciones en la salud mental por la sequía.
En el centro de salud de Yamaranguila, la doctora Martha Mendoza, coordinadora del establecimiento desde hace 16 años, atiende sobre todo a mujeres, muchas de ellas madres solteras que dependen de la agricultura. En sus consultas, la doctora Mendoza ha visto depresión y ansiedad incluso en poblaciones jóvenes, algo que según ella, se viene arrastrando desde la pandemia.
«Hay gente que se percibe triste desde que entra llorando al consultorio, y aquí nos toca darle un poco de apoyo, si vemos la crisis muy aguda, tratamos de derivarlo al hospital, que ahí solo cuentan con una psicóloga», explica la doctora.
Además del deterioro de la salud mental de quienes cultivan granos básicos, a Lorenzo le preocupa especialmente la nutrición de niñas y niños, porque la sequía afecta directamente la agricultura de subsistencia y, con ella, la economía de los hogares.
«Esto viene a elevar el impacto en la nutrición directamente de los niños, sería bueno tener una línea base del 2025, y de acá en adelante, sobre cómo se va a marcar este impacto, porque hoy sí ha sido bien notorio el cambio climático en esta zona, aquí antes llovía mucho», detalla la doctora. Sobre los suicidios en la zona, la doctora Mendoza los atribuye principalmente a situaciones vinculadas a violencia intrafamiliar o al alcoholismo.

La doctora Martha Mendoza, coordinadora del centro de Salud de Yamaranguila. Yamaranguila, Intibucá. 03 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
María Manueles vivió esto de cerca en su familia, cuando su hijo, Israel, de 59 años, que se dedicaba a la agricultura, murió de alcoholismo. Ella cuenta que la crisis de alcoholismo es algo generalizado en los pueblos al interior de Honduras, y que por esto en una ocasión, fue con su hija a solicitar al alcalde cerrar las cantinas del lugar ante la cantidad de personas alcoholizadas en la zona, lo que ha prevalecido con el tiempo pero que se ha agravado en los últimos años, dice.
En Honduras no existen muchas cifras sobre el consumo de alcohol o el alcoholismo. Según el informe anual Total alcohol per capita de la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicado en 2024, de una población mayor de 15 años, el promedio de alcohol bebido por los hondureños es de 3.5 litros, una cifra que se ha mantenido en los últimos 5 años.
Sin embargo, en el caso de Intibucá, es diferente. El estudio Muertes no intencionales relacionadas con el
consumo de alcohol en el departamento de Intibucá Honduras realizado por el Instituto Universitario en Democracia, Paz y Seguridad de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (IUDPAS-UNAH) revela que entre 2016 y 2017, este departamento presentó la tasa más alta de muertes por intoxicación alcohólica.

Milpa de maíz que no germinó. Yamaranguila, Intibucá. 02 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Las personas entrevistadas en las comunidades no atribuyen directamente las adicciones con el estrés, ansiedad o preocupación por la pérdida de cultivo o el aumento de las deudas a raíz de esto, sin embargo, para la doctora doctora Martha Mendoza esto puede evidenciarse en el incremento en la ingesta de bebidas alcohólicas por el aumento de la canasta básica.
«Aquí la fuente de empleo es más que todo agrícola y los cultivos se han perdido, y lo notamos también en la gente, en su preocupación, porque esto implica el aumento de la canasta básica. Sí aquí [en Yamaranguila] donde siempre se ha cultivado antes valía 25 o 35 lempiras un mazo de cebolla, ahora está valiendo 70 lempiras, entonces eso es preocupante y esto viene a impactar los hogares», detalla la doctora.
Las redes de apoyo
Las comunidades de esta zona aseguran que la ayuda ha sido escasa y poco efectiva. Además, señalan la falta de acción del Estado ante la sequía que ocasionó El Niño en Honduras, el tercer país más afectado por fenómenos meteorológicos extremos entre 1995 y 2024, según el Índice de Riesgo Climático 2026 de la organización Germanwatch.
Para el padre Alfredo Guillén Sandoval, párroco de Yamaranguila, hubo tiempo para actuar a inicios de 2026 cuando ya se preveían los efectos de El Niño a nivel mundial, y en el caso de Honduras, la sequía inminente que traería; sin embargo, él asegura que las autoridades prefirieron dar prioridad a lo político.
«Yo creo que lo del efecto de El Niño fue claro en el segundo semestre del año pasado, y se incrementó con mayor claridad en los primeros días de del 2026, pero desgraciadamente Honduras estaba imbuida en su proceso electoral, y aquí, la verdad, como es en nuestros países desgraciadamente, todo se fuerza desde el partidismo y la de la ganancia de votos, y por eso todos estos grandes temas quedan fuera», indica el padre.
Además, el padre señala que los efectos del cambio climático han sido evidentes en la zona, la cual históricamente ha sido muy fría pero ahora experimenta un deterioro en su clima, y además, indica que la deforestación, el uso excesivo de agroquímicos y las quemas agrícolas descontroladas también han contribuido a que Yamaranguila ya no sea una de las zonas más heladas.
Pero lo que mantiene en pie a estas comunidades, dicen sus integrantes, es lo que han construido entre sí. Por ejemplo, la organización Intibucana Las Hormigas da capacitaciones en agroecología, un enfoque que consiste en la práctica de la agricultura con principios de sostenibilidad que busca no implementar agroquímicos o emplearlos en la menor cantidad posible, así como en la elaboración de fertilizantes orgánicos o caseros.
Mirna Lorenzo considera que esas capacitaciones se han convertido en una fuente importante de subsistencia para los hogares. Para ella, algo urgente, y que muchas y muchos agricultores de esta zona de Intibucá ya están haciendo, es sembrar cultivos como plátano, yuca, malanga y camote, que, según explica, requieren una ventana de tiempo más corta para cultivarse.
Otras respuestas dependen del agua. En Santa Elena, municipio de La Paz, Felipe Benítez, el campesino que ve al maíz como un compañero, y su hijo David mantienen desde hace más de diez años un sistema de riego que lleva agua desde un nacimiento, a un kilómetro de distancia, hasta un tanque. Con él siembran hortalizas y plantas nativas para que su semilla no se pierda. Pero no todos tienen acceso a algo así: en las zonas más altas se necesitan sistemas de riego más sofisticados.
También hay un componente que no aparece en los números: los rituales lencas para bendecir cultivos y cosechas, muchos de los cuales se han perdido con el tiempo. Felipe explica que ceremonias como la compostura, en la que se bendicen las semillas antes de sembrar y se agradece antes de la cosecha, se han realizado a escondidas durante generaciones por el estigma hacia estas prácticas ancestrales.
Aun así, Felipe mantiene vivas estas tradiciones. En su jardín medita con sus compañeros cuando sienten preocupación, tristeza y desolación, cuando la pérdida de los cultivos los sobrepasa o cuando enfrentan situaciones que se les salen de las manos. Según él, son estas redes de apoyo las que lo mantienen a flote en una situación tan crítica.

Aldea de Monte Copado. Santa Elena, La Paz. 04 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Mirna Lorenzo coincide. Sobre el desgaste emocional que la sequía ha causado en las mujeres campesinas, asegura que estas redes son hoy más necesarias que nunca. «Solas no vamos a poder hacerle frente a todo esto», dice. Ante cualquier emergencia o problema de las comunidades, para ella la salida es «agruparnos, siendo solidarios, sororos» y tener empatía «para salir adelante».
La «interacción» entre el cambio climático y El Niño
Nabil Kawas, físico, meteorólogo y exdecano de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), explica que El Niño es un fenómeno natural que se presenta cada cierto tiempo y que se ve influenciado por la temperatura de la superficie del mar Pacífico, a lo que se le conoce como «termoclina», y que, cuando esta baja, se produce un calentamiento superior, lo que produce lluvias en el Pacífico y sequía extrema en el Corredor Seco Centroamericano.
Por otra parte, Kawas señala que el cambio climático es algo originado directamente por la actividad humana, como la quema de combustibles fósiles, la deforestación, y la agricultura y ganadería intensivas, y como estos generan los gases de efecto invernadero que aumentan la temperatura global.
En ese sentido, el meteorólogo señala que se trata de dos conceptos completamente diferentes, pero que existe una «interacción» entre ambos cuando en sitios como el Corredor Seco Centroamericano, por ejemplo, se presentan en conjunto.
«El fenómeno de El Niño se concentra en la región del Pacífico y, para efectos nuestros, más en las costas de todo centro y Sudamérica, desde México hasta abajo,—señaló el experto en relación a los países en los que este fenómeno tiene más frecuencia—mientras que el cambio climático es un efecto global a nivel mundial totalmente. Entonces, esa es la gran diferencia, pueden coincidir ambos y lógicamente intensificar ya sea sequía o inundaciones, como lo que nos está pasando ahora que tenemos una intensificación de la sequía».

Mazorca que Felipe Benítez reserva de cosechas anteriores. Santa Elena, La Paz. 04 de septiembre de 2026. Foto CC / Fernando Destephen.
Además, el experto explica que la sequía originada por el fenómeno de El Niño está estrechamente vinculada con el enfriamiento del océano Atlántico, lo que además ocasiona la falta de lluvias.
«Cuando se calienta el Pacífico, el Atlántico está más frío, y eso es lo que nos reduce los fenómenos climáticos que normalmente nos traen lluvias en todas las región del Pacífico Centroamericano, por ejemplo, reduce el número de huracanes, reduce el número de de tormentas tropicales, reduce el número de ondas tropicales y fenómenos de ese estilo y aleja, lo que conocemos como la zona de convergencia intertropical, que es la que nos trae lluvia durante los meses desde abril, mayo, junio, julio, agosto, o sea, hasta septiembre, y esa es, digamos, la consecuencia de la sequía que tenemos en este momento: la falta de lluvia» indicó el meteorólogo.
En este sentido, Kawas señala que es sitios como el Corredor Seco Centroamericano, donde la sequía ocasionada por el cambio climático y por el fenómeno de El Niño convergen, que se debe priorizar el acceso al agua, y que esto no solo debe ser tratado como una emergencia nacional momentánea, sino a la posteridad al tratarse de un derecho humano.
«Al recurso hídrico muchas veces lo tratan como si fuera un sector, pero es un tema transversal, se puede aplicar en el sector agrícola, energético, de saneamiento, agua potable, turismo y salud. En Honduras aprobamos la Ley General de Aguas desde 2009, pero hasta la fecha de hoy no la han podido aplicar, todos los gobiernos dicen que hay que hacer el reglamento general cuando uno de los artículos fundamentales de esa ley es que el derecho al agua es un derecho humano», indica Kawas.
En el sur de Intibucá se hacen dos siembras al año, y la segunda, la postrera, que se realiza entre octubre y noviembre, es la esperanza que queda. En Yamaranguila, las campesinas esta esperanza en las lluvias de los últimos días, que podrían lograr una cosecha de postrera exitosa en enero del año que viene. Mientras tanto, en Santa Elena, La Paz, se preguntan quién seguirá sembrando en los próximos años. David Benítez dice que la mayoría de los productores de Santa Elena tiene más de 40 años y que los jóvenes migran al exterior o se desplazan a Tegucigalpa o San Pedro Sula.
En ambos sitios, la incertidumbre sobre la cosecha es lo que predomina en la mente de los campesinos lencas. Para Felipe todo se materializó después de ver una mazorca vacía, algo que nunca había presenciado en sus 54 años que lleva dedicándose al cultivo del maíz.
Este reportaje ha sido realizado con el apoyo del proyecto Acción Climática Centroamérica de UNESCO-SIP.



