Altramuces

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Créditos: Prensa Comunitaria

 Por Dante Liano

Algunas palabras de la lengua española, sobre todo las de origen árabe, aluden a cosas desconocidas, que, por desconocidas, parecen mágicas. Nunca he sabido qué cosa son los arándanos y no quiero saberlo. Me basta la música de la palabra. Imagino unos frutos redondos y rojos, pero no importa. Igual pasa con los alcornoques, de los cuales sé que se extrae el corcho y también que se usa para la cabeza de los tontos, que suele ser de chorlito, pájaro ignoto. Recuerdo que García Márquez dijo alguna vez que, en el “Prendimiento de Antoñito el Camborio”, de Federico García Lorca, hay un verso que dice: “cortó limones redondos/ y los fue tirando al agua/ hasta que la puso de oro”. ¿De oro? En América, el verso es incomprensible, porque los limones americanos son verdes, y el oro no es verde. Hay que viajar a España para ver que, allí, los limones son amarillos y considerablemente grandes. Con cierta coquetería, en Europa los limones americanos suelen ser llamados “lime”. Por cierto, sé que es un aljibe, pero yo lo conozco como “pozo”. El aljibe lo dejo a la poesía. De esa forma, el encuentro con los “altramuces” es una deuda literaria. Se halla en una fábula popular, heredada del Infante don Juan Manuel a Calderón de la Barca. En La vida es sueño, hay un breve poema que comienza: “Cuentan de un sabio que un día…” Relata la historia de un hombre caído en la miseria y que, por ello, se ve condenado a comer los altramuces (en Calderón son hierbas, en la leyenda altramuces) que recoge del suelo. El hombre se lamenta de su situación, hasta que ve a otro, detrás de él, que se está comiendo las cáscaras que él tira por tierra. La breve fábula ilustra aquella gran verdad: siempre hay alguien que está peor que uno. Eso sirve de consuelo.

La fábula de los altramuces es solo una de las muchas que la civilización musulmana legó a la cultura española, durante sus ocho siglos de dominación. Los primeros textos fueron el Kalila wa Dimna, el Sendebar, el Barlaam y Josafat, y, por supuesto, Las mil y una noches. Esos textos no son solo la base de la narrativa española. Lo son de la narrativa occidental. Kalila wa Dimna tiene como origen el Panchatantra, texto de la India llevado a España por los árabes. El Sendebar contiene, en parte, textos de Las mil y una noches. El relato que sirve de marco a este último libro narra cómo la favorita del sultán se enamora del hijo de este. Cuando intenta seducirlo, no tiene éxito. Entonces, lo acusa de haber intentado violarla. El sultán condena a muerte al muchacho, pero sus visires consiguen retrasar la ejecución. Su estratagema es simple y audaz. Cada uno de estos sabios comienza a contarle al rey una historia que demuestra la perfidia de las mujeres. Por la noche, la favorita elabora un relato que desmiente el de los visires. Al final, se descubre todo y la mujer es desterrada. Entre esas historias está La huella del león. Cuenta un suceso (que hallaremos en la Biblia, con David y Urías como protagonistas) según el cual un rey, al visitar a un visir, se enamora de la esposa de este. Para eliminar el obstáculo, el rey manda al visir con una comisión, fuera del reino. Se aprovecha de su ausencia para visitar a la esposa, quien lo recibe con todos los honores. Para empezar, la mujer lo pone a leer un libro de moral. Luego, le sirve noventa platos con el mismo sabor. Al mismo tiempo, le dice que esos noventa platos representan los besos de sus noventa concubinas. El rey comprende el mensaje y se aleja de esa casa. Solo que deja, olvidado, su anillo. Cuando el visir regresa, encuentra el anillo y repudia a su mujer. Al enterarse de ello, el rey llama al visir y le dice: “La huella del león que has visto no ha pisoteado tu jardín. Ese león jamás volverá”. El relato es el fundador de una serie que aparecerá, con algunas variantes, en la literatura occidental.

Otro cuento de origen árabe es el del monje Ambrosio. Tres hermanos tienen que emprender un viaje, pero no saben en dónde dejar a su hermana. Se dirigen, entonces, a un santo asceta, para que la cuide mientras ellos están afuera. Al cabo de un tiempo, el monje, tentado por Satanás, seduce a la muchacha. Esta queda embarazada, por lo que el hombre la mata y la entierra. Cuando los hermanos regresan, les cuenta que murió de muerte natural. Los hermanos aceptan la versión del monje. Sin embargo, Satanás se les aparece en sueños y les cuenta la verdad. Para escapar del castigo, el monje hace un pacto con el diablo y reniega de Dios. El diablo se burla de él y lo arrastra al infierno. También árabe es el origen de la historia de don Illán, en El  conde Lucanor. En el relato del Infante don Juan Manuel, un simple clérigo va a Toledo a consultar a un famoso sabio. El sabio lo invita a cenar y, durante la velada, lo convierte, por artes mágicas, en obispo. Le pide, para pagar el favor, que le dé un puesto a su sobrino, pero el nuevo obispo sale con excusas. Más adelante, lo convierte en arzobispo, le pide que coloque a su sobrino y el arzobispo le sale con excusas. Así, llega a cardenal y se repite la negativa. Al final, se convierte en Papa y, cuando el sabio le pide de nuevo el favor, el Papa lo recrimina y ordena encarcelarlo por mago y hechicero. En ese momento, todo se disuelve y regresan a donde estaban cenando, al principio. Las transformaciones y promociones habían sido un sueño de encantamiento. Tal relato está basado en una historia árabe. El sultán de Egipto no quiere creer que Mahoma haya ascendido al cielo en una sola noche. Mucho prodigio en poco tiempo. Un sabio arábigo le dice que meta la cabeza en un tonel de agua. Cuando la saca, el sultán está en lo alto de una montaña y pobre de solemnidad. Es tan pobre que se viste con la caridad ajena. Malvestido, baja a la ciudad y se pone delante de la puerta de unos baños. A cada mujer que sale le pregunta si está casada. A la primera que se declara soltera, le propone matrimonio. Se trata de una hermosa joven con la que procrea catorce hijos y amasa una inmensa fortuna. Por avatares de la suerte, lo pierde todo y tiene que trabajar como mozo para poder sobrevivir. Harto de tanto trabajar, saca la cabeza del tonel en donde la había metido y se encuentra, de nuevo, sultán en Egipto. Sus sirvientes le certifican que ha pasado un instante. Como Mahoma, que subió al cielo en una noche.

Al libro de Barlaam y Josafat debemos el conocimiento de la famosa historia del Buda. Un rey pagano quiso salvar a su hijo de la vida de penurias que le había sido profetizada. Para ello, lo encerró en una fortaleza. Cuando el hijo llegó a la adolescencia, salió de su cautiverio y encontró, sucesivamente, a dos enfermos y a un anciano. Impresionado por esas experiencias, renunció al mundo, se dedicó al ascetismo y fundó una nueva religión. Es la historia de Buda, también llamado Siddharta. Más influyente ha sido Las mil y una noches, cuya variedad de historias ha marcado profundamente a la narrativa occidental. Una de ellas es la historia de Calaf. Este es un príncipe que llega a Pekín, al  reino de Turandot. Allí conoce a una anciana, cuya hija es esclava del rey. La muchacha está desesperada, porque quiere liberarse. Mientras tanto, tiene muchos pretendientes, a los cuales elimina haciéndoles tres preguntas. Si no aciertan a responder, pagan con la vida. Las tres preguntas son: ¿Cuál es la criatura que está en todos los países, que es amiga de todos y que no tiene igual? ¿Qué madre es la que devora a sus hijos cuando son mayores? ¿Cuál es el árbol cuyas hojas son blancas por el día y negras por la noche? Uno a uno, los pretendientes van cayendo. Calaf, para probar su inteligencia, entra en liza y responde. La primera pregunta tiene como respuesta “el sol”. La segunda, “el mar”. La tercera, “el año”. De todos modos, la princesa no quiere casarse. Entonces, Calaf le dice que no se casará con ella si adivina su nombre. Una criada, enamorada de Calaf, se lo revela y así la muchacha puede responder a la pregunta. En ese punto, acepta casarse y el final feliz está asegurado. Puede imaginarse, entonces, la riqueza de la narrativa hispánica en el momento en que confluye en las culturas americanas. Toda la herencia persa, hindú, árabe y la misma medieval española se juntan con las antiguas leyendas americanas y dan la base y el sustento para una gran literatura.

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