La niña perdida

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

El comisario Paniagua descolgó el teléfono con la curiosidad del que ve entrar, por la puerta, a un amigo olvidado. Con la perplejidad de quien examina, en las pesadillas, una minuciosa alucinación. Había pasado las primeras horas de la mañana en el café, comentando, con los amigos, los partidos de ese banal fin de semana. Luego de tal discusión, el comisario se instaló en su despacho y allí lo sorprendió el arcaico timbre del teléfono. Paniagua lo había conservado como un objeto de museo: era de color verde arveja, con un teclado beige que semejaba al de una vieja calculadora. Tomó el auricular y la mano se le llenó de polvo. “Comisaría de San Andrés”, contestó, curioso por saber quién era el desaprensivo que todavía llamaba a un teléfono fijo. “¿El comisario Alberto Paniagua?”, le preguntó una voz de barítono, de esas que se oyen en las películas antiguas. “Para servirle”. “Aquí la Embajada de España, de la capital. Le paso a un colega”. Aunque, al principio, el comisario contestó con la prudencia del que responde a una broma, al final se convenció de que solo las formalidades diplomáticas autorizaban el recurso a los antiguos aparatos de telefonía. También lo convenció la voz, el tono y, sobre todo, el acento castellano de quien le hablaba. Era verdaderamente un colega: un comisario recién llegado de Barcelona. “Quizá por eso”, pensó Paniagua, “se esmera en ese castellano tan marcado”. Le recordó un disco que le había heredado su padre, con poesías de García Lorca declamadas con demasiado énfasis. Se dieron cita para el día siguiente, allí mismo, en la destartalada comisaría de San Andrés. 

Veinticuatro horas más tarde, un SUV negro, probablemente blindado, estacionó en la plaza, aunque, por las dimensiones del vehículo, bien se podría decir que desembarcó. Paniagua, que lo esperaba en la puerta, se dirigió, luego de titubear un segundo, hacia el hombre alto y óseo que se había bajado. El chofer, que también fungía como guardaespaldas, bajó con él, más para desperezarse que para protegerlo. No se veía la necesidad. Luego de las presentaciones y otras reverencias necesarias, el catalán se presentó: se llamaba Miguel García y venía desde Barcelona con una misión muy particular. La historia que relató era extremada y oscura y tenía mucho que ver con el pueblo. 

Hacía unos seis meses, cuando comenzaba el verano europeo, una niña se había despedido de su familia en Ciutat Meridiana. Se llamaba Nadia y sus padres la habían autorizado para que viajara, de vacaciones, a San Andrés. “¿A San Andrés?”, exclamó el sargento Secundino Ramos, que asistía a la fiel conversación. “En efecto”, comentó García. “Sin ofender, no es que vuestro pueblo sea una meta turística”. Todo había nacido un par de años antes, cuando en el barrio barcelonés se instaló un vecino de San Andrés, un hombre de unos cuarenta años, muy moreno, muy flaco, de pelo liso y barba de campesino vietnamita. Era uno de esos que lo mismo reparan una cañería que pintan una pared, o que arreglan el cablado de una habitación y cosen unos zapatos viejos. En esos barrios, en donde hay que economizar en todo, se convirtió en el amigo ideal para llamar en caso de necesidad. Se llamaba Antolín Peláez, aunque después se iba a descubrir que no era su verdadero nombre. Poco a poco, Antolín se volvió el amigo de confianza de la familia de Nadia. Por eso descubrieron que no solamente era un óptimo obrero, sino que llenaba sus muchas tardes vacías con largos arrebatos místicos. Antolín llevaba siempre, consigo, un libro religioso. A veces era la Biblia, de la cual conocía pasajes enteros; otras, el Talmud, que estudiaba con fervor; y otras el Corán, del que recitaba versículos enteros. En algunas ocasiones, Antolín sufría trances espirituales durante los que hablaba en insondables lenguas bíblicas. Quizá por la creencia de que un hombre religioso está exento de malos pensamientos, la familia le había confiado a Nadia, para que se llevara de vacaciones por dos semanas. El hombre prometió pasearla por las montañas, los lagos y las ruinas arqueológicas de su país. Seis meses después, no tenía noticias de la niña ni del santón que se la había llevado. Miguel García mostró al comisario una serie de fotos, provenientes de las cámaras de seguridad. La primera, en la estación de Sants, mostraba a Nadia cuando subía al autobús para Madrid. En la segunda, tomada en Barajas, se veía a un hombre vestido de blanco, acompañado por Nadia, con mochila. Al comisario le llamó la atención que la estatura del hombre fuera igual a la de la niña. Aunque de espaldas, ambos viajeros se reconocían. De allí en adelante, se perdía el rastro. De la capital a San Andrés, el territorio estaba diseminado de cámaras de seguridad, pero ninguna había guardado la grabación. En todo caso, el último mensaje de la niña, enviado por whats app, daba cuenta de su llegada a San Andrés. De allí, silencio. 

El examen de las actas de nacimiento, en el Registro Civil, demostró que las primeras sospechas eran fundadas. No había ningún Antolín Peláez en San Andrés. Lo que había era un pequeño grupo de sanandresinos que había emigrado a España. Primero se había ido una señora, de la Aldea Las Cruces, y esa señora se había jalado a varios familiares hacia Barcelona, en donde tenían fama de gente reservada y grandes trabajadores. Hacía poco había regresado, por un par de meses, Fermín Costa, que correspondía a la descripción del obrero místico. Salieron disparados en el jeep del comisario, pero cuando llegaron a Las Cruces, la casa de los Costa estaba abandonada. Un campesino que pasaba por allí les dijo: “Se fueron corriendo. Corriendo se fueron. Dijeron algo así como que ahí venían los españoles, y se largaron”. “¿Había una niña?”. “A saber”. Como la tarde estaba cayendo, no se atrevieron a entrar en el bosque, tupido y oscuro. A la mañana siguiente, tomaron, en Santa Ana, un helicóptero del ejército, y peinaron la zona desde lo alto. Ni rastro de los fugitivos. Cuando aterrizaron, de regreso, García dijo al comisario: “Aquí entra usted, porque conoce el territorio. ¿No se le ocurre dónde pueda estar la niña?”. “En muchas partes”, respondió el comisario. “San Andrés es muy extenso y hay muchos lugares donde esconderse”. “Yo tengo que regresar mañana. Mi avión sale por la tarde. Sería un gran fracaso, suyo y mío, no haber hallado a la niña”.

García regresó a la capital, esa noche, y el comisario Paniagua pensó que no iba a poder dormir, acuciado por el misterio de la desaparición de Nadia. En cambio, durmió profundamente y, al despertar, una insólita lucidez lo hizo recostarse contra el respaldo de la cama. Pensó que, para encontrar a alguien, para encontrar algo, valen dos reglas: que esté donde no debe estar o que esté tan enfrente de uno que se vuelva invisible. Para el segundo caso, basta abrir bien los ojos y revisar todo lo que está tan visible que no logra verse. Para el primer caso, hay que buscar en donde no debe ni puede estar. Era de madrugada. Paniagua recordó, punto por punto, los lugares de San Andrés que le quedaban delante de sus ojos, y ese repaso fue infructuoso. La niña no estaba frente a él. Su presencia no era manifiesta. Entonces, cuando se cansó de oír al gallo de la vecindad, que llevaba cantando  desde medianoche, comprendió lo evidente. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Habían buscado a la niña en donde podía estar escondida, en el laberinto de caminos y bosques de San Andrés. No la habían buscado en un laberinto más inmediato: donde no podía ni debía estar. Cogió su móvil y marcó el número de García: “Ya sé dónde está la niña”, le dijo. “Véngase ya, que todavía le da tiempo de tomar su avión”. Tres horas después, el pequeño comando formado por García, Paniagua y Ramos irrumpía en la maquiladora de San Andrés, a la salida del pueblo. Entre las muchas mujeres que trabajaban como si fueran esclavas, bajo las órdenes de un patrón famoso por sus abusos, encontraron a Nadia, enflaquecida y llena de pavor. Antolín Peláez (o Fermín Costa), la había vendido al nomás llegar a San Andrés. No solo ella, muchas de las obreras habían sido compradas en las aldeas vecinas. Era un rumor que corría en el pueblo, pero las poderosas relaciones del dueño de la maquila con un diputado mafioso y con la red de jueces a su servicio había imposibilitado cualquier investigación. El error había sido meterse con un país extranjero. A causa del rescate de Nadia, García retrasó su regreso y su llegada a Barcelona fue triunfal. Por una semana, los medios de comunicación lo convirtieron en una estrella, para olvidarlo inmediatamente. Nadie, en cambio, celebró al comisario Paniagua, que volvió a su café, a sus partidos de fútbol y a su viejo teléfono de museo, que por mucho tiempo se quedó silencioso, como el antiguo objeto que era, una especie de polvoriento testimonio del paso de los años. 

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