Los restos del único guatemalteco que ha recibido el Premio Nobel de Literatura llegan de Francia a mediados de octubre. Aquí hacemos un recorrido de su vida que estuvo influenciada por la pasión por la letras, la política y el exilio.
Por Jorge Fernández
A cincuenta años de su muerte, Miguel Ángel Asturias sigue siendo una figura imprescindible y también incómoda para entender la literatura guatemalteca del siglo XX y del siglo XXI. El único guatemalteco que ha recibido el Premio Nobel de Literatura, construyó una obra que mezcla la cosmovisión maya con las vanguardias europeas y una vida marcada por la persecución política, el exilio y la contradicción.

Miguel Ángel Asturias leyendo una de las copias de su libro “Mulata de Tal”. Foto de Infobae
Salamá, la infancia y el descubrimiento de un mundo
Miguel Ángel Asturias fue el primer hijo de Ernesto Asturias Girón, abogado y juez, y de María Rosales de Asturias, maestra de escuela primaria. Dos años después nació su hermano Marco Antonio, con quien compartió una infancia entre libros, aulas y las conversaciones políticas que se daban en casa de un padre abogado.
Los Asturias no eran una familia cualquiera dentro de la sociedad guatemalteca de la época; por el lado paterno, el linaje se remontaba a los colonos españoles que habían llegado al país en la década de 1660.
Por el lado materno, la genealogía resultaba más difusa y menos documentada, aunque tampoco carecía de peso social, ya que María Rosales era hija de un coronel.
Esa doble herencia, jurídica y militar, le dio a Miguel Ángel un entorno de relativa comodidad y acceso a la educación formal, algo que en Guatemala de finales del siglo XIX estaba lejos de ser la norma para la mayoría de la población.
El niño Asturias creció rodeado de un ambiente letrado, con un padre que ejercía como juez y una madre dedicada a la enseñanza, dos oficios que en ese entonces suponían cierto estatus dentro de la clase media guatemalteca. Sin embargo, ese bienestar relativo no venía acompañado de sumisión política.
Ernesto Asturias mantenía una postura crítica frente al gobierno de Manuel Estrada Cabrera, quien había tomado el poder en 1898, y esa distancia ideológica pronto tendría consecuencias directas sobre el destino de toda la familia.
En su calidad de juez, puso en libertad a unos estudiantes detenidos por causar disturbios y ese gesto le costó el empleo. Ese mismo año, la familia tuvo que trasladarse a Salamá, cabecera departamental de Baja Verapaz, donde el pequeño Miguel Ángel creció en la granja de sus abuelos maternos, lejos ya del entorno acomodado y urbano en el que había nacido.
Fue ahí, entre las montañas y los valles de esa región, donde el futuro escritor tuvo su primer contacto real con la población indígena de Guatemala. La persona que lo cuidaba, Lola Reyes, una joven indígena, le contaba historias, mitos y leyendas que quedarían impresas en su memoria durante el resto de su vida, además de las largas jornadas de juegos con los niños indígenas del pueblo, haciendo figurillas de barro.
Esa infancia rural, alejada de la capital y cercana a una forma de entender el mundo distinta a la que había conocido hasta entonces, se convertiría más tarde en materia prima literaria: en obras como Hombres de maíz, con su comunidad indígena y su lucha por la tierra, y también en Viento fuerte, donde la explotación del territorio centroamericano vuelve a poner en el centro a las comunidades rurales que Asturias había conocido de niño.
Gladys Tobar, licenciada en Letras y profesora del departamento de Letras de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), destaca la obra de Asturias en la habilidad del autor para conjugar figuras retóricas y recrear la realidad a partir de la experiencia y la inspiración de los pueblos indígenas y campesinos, un rasgo que atraviesa buena parte de su producción literaria y que resulta difícil de separar de esos años formativos en Baja Verapaz.

El espacio urbano de Salamá en la década de 1920. Foto extraída de verapaseando.com
De Salamá a la capital y el despertar político
En 1908 la familia regresó a los suburbios de la ciudad de Guatemala y se instaló en el barrio de La parroquia Vieja, donde Asturias pasó su adolescencia y comenzó a escribir el primer borrador de una historia que, con los años, se convertiría en El Señor Presidente.
Obtuvo su bachillerato en el Instituto Nacional Central para Varones y en 1917 ingresó a la Universidad Nacional, hoy Universidad de San Carlos de Guatemala, y su primera elección no fue el Derecho, sino la Medicina. Cursó Medicina durante apenas un año, pues no soportó el olor a formol de las clases prácticas con cadáveres y decidió cambiarse a la Escuela Facultativa de Derecho y Notariado, donde cursó los años siguientes en medio de la agitación estudiantil contra Estrada Cabrera, hasta titularse como abogado en 1923.
Su participación en organizaciones estudiantiles como la Asociación de Estudiantes Universitarios y la Asociación El Derecho lo llevó a involucrarse directamente en el movimiento que en 1920 derrocó la dictadura de Estrada Cabrera, experiencia que también dejaría huella en las páginas de El Señor Presidente y de Viernes de Dolores.
Ese momento marcó también su ingreso a lo que la historia guatemalteca conoce como la Generación del 20, un grupo de jóvenes intelectuales formados sobre todo en las facultades de Derecho, Medicina, Odontología y Farmacia de la entonces Universidad Nacional, que crecieron bajo el peso de la dictadura de Estrada Cabrera y encontraron en la literatura, la prensa y la organización estudiantil su forma de combatirla.
El grupo compartía un ideario liberal centrado en la lucha contra la tiranía, la unificación centroamericana y el rechazo a la injerencia de Estados Unidos en la región. Junto a Asturias figuraron en ese círculo escritores como Rafael Arévalo Martínez, Luis Cardoza y Aragón, David Vela y Arqueles Vela, entre otros nombres que definirían buena parte de las letras guatemaltecas del siglo XX.
Asturias se graduó de abogado en 1923 con una tesis publicada ese mismo año bajo el título El problema social del indio. Esta controversial tesis recorre el origen del conflicto identitario guatemalteco desde la Colonia y describe una nación fracturada entre distintas civilizaciones, lenguas y costumbres, con una minoría rica y una mayoría empobrecida. Pero las soluciones que proponía el joven Asturias, entre ellas fomentar el mestizaje con población europea como vía para superar lo que él mismo llamaba una “degeneración de la raza indígena”, que reflejaba las corrientes de pensamiento racial positivista y eugenésico en boga en las élites de la Guatemala de los años veinte. Con el tiempo la tesis se convirtió en objeto de un intenso debate académico, social y político sobre el papel de la identidad en la construcción de la identidad nacional, sobre todo después de que su autor se consagrara con el Nobel.

Manifestación del 11 de marzo de 1920, Club Unionista de Estudiantes Universitarios. Foto del archivo de la Familia Taracena Flores; Fototeca Guatemala, CIRMA
París, el Popol Wuj y el nacimiento de un estilo
Tras recibir su título como abogado, Asturias viajó a Europa en 1923. En París estudió etnología en la Sorbona y se relacionó con el círculo surrealista de André Breton, además de frecuentar a escritores como el cubano Alejo Carpentier, para discutir lo que años más tarde daría origen al realismo mágico. Durante ese tiempo en París tradujo el Popol Wuj, el libro sagrado del pueblo maya K’iche’, un proyecto al que se dedicaría durante cuarenta años, y escribió Leyendas de Guatemala, publicado en 1930, que el poeta francés Paul Valéry describió como “una obra en la que había descubierto un sueño tropical vivido con singular encanto”.
Es precisamente en esa fusión entre la mitología aprendida en la infancia rural en Baja Verapaz y las herramientas estéticas del surrealismo donde se ubica el germen del estilo asturiano. Gladys Tobar, especialista en la obra del autor, sostiene que Asturias es el fundador del realismo mágico como corriente literaria, y no Gabriel García Márquez, a quien reconoce como su iniciador en términos de proyección internacional. La diferencia generacional, explica Tobar, queda clara con solo comparar fechas: Cien años de soledad se publicó en 1967, mientras que Hombres de maíz había aparecido en Buenos Aires en 1949, casi dos décadas antes.

Miguel Ángel Asturias junto con el escritor español Miguel de Unamuno (en el centro) y el poeta chileno Víctor Huidobro. Foto del Instituto Cervantes
Exilio, persecución y el reconocimiento del Nobel
El regreso de Asturias a Guatemala en 1933 coincidió con el ascenso del dictador Jorge Ubico, quien cerró la Universidad Popular que el propio escritor había fundado hacía algunos años antes. Durante esa época, Asturias se dedicó al periodismo y a la poesía, y en 1942 fue elegido diputado al Congreso Nacional. Con la caída de Ubico y la llegada del gobierno de Juan José Arévalo, inició en 1946 una carrera diplomática que lo llevó a Buenos Aires y a París.
El respaldo de Asturias al gobierno de Jacobo Árbenz le costó caro tras el golpe de Estado de 1954, pues el nuevo régimen, encabezado por el coronel Carlos Castillo Armas, lo despojó de la nacionalidad guatemalteca y lo expulsó del país. Durante los ocho años siguientes vivió exiliado en Buenos Aires y luego en Chile, hasta trasladarse a Europa, donde en 1963 publicó desde Génova Mulata de tal.
En medio de ese ajetreo político y social, Asturias también formó una familia. En 1939 se casó con Clemencia Amado, con quien tuvo a sus dos hijos, Miguel Ángel y Rodrigo. El matrimonio terminó en 1947 y tres años después, en 1950, Asturias volvió a casarse, esta vez con la argentina Blanca Mora y Araujo, a quien dedicó su libro Week-end en Guatemala. Con ella permaneció hasta su muerte, en 1974, y fue también quien lo acompañó durante los años más duros del exilio en Buenos Aires.
El vínculo de Asturias con Guatemala se restableció en 1966, cuando el presidente Julio César Méndez Montenegro le devolvió la ciudadanía y lo nombró embajador en Francia. Un año después, en 1967, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura por “por su vívida obra literaria, profundamente arraigada en los rasgos y tradiciones nacionales de los pueblos indígenas de América Latina”.
El reconocimiento internacional a su obra generó roces, pues para entonces Asturias ya ostentaba el cargo de embajador de un gobierno que, aunque electo, seguía en buena medida bajo la tutela de los militares guatemaltecos. Ese doble papel de escritor comprometido y diplomático de un régimen autoritario le valió cuestionamientos éticos por parte de sectores de izquierda y posteriormente de otros escritores y lectores.
El propio Gabriel García Márquez, con quien mantuvo una polémica de años, había declarado poco antes que el Nobel debía haber sido para Pablo Neruda o Jorge Luis Borges antes que para él, y los jóvenes narradores del boom latinoamericano, enfrentados entre sí por diferencias generacionales y por el control del mercado editorial, encontraron en Asturias un blanco al que llegaron a tildar de anticuado y hasta de ignorante.
Las tensiones no se quedaron en lo literario, dentro de su propia familia, su hijo mayor, Rodrigo Asturias Amado, militante de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), le pidió públicamente que renunciara a la embajada en protesta por la represión del gobierno guatemalteco. Rodrigo tomaría años después el cargo como comandante guerrillero de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA), bajo el nombre de guerra de Gaspar Ilom, tomado directamente de un personaje de Hombres de maíz, la novela de su padre.
Tobar profundiza también en lo que ha llamado la «Trilogía del Mestizaje», integrada por Maladrón, El Alhajadito y El Señor Presidente, y analiza su producción poética, entre ella Sien de alondra, a la que describe como una obra más personal y diversa, con influencias occidentales y acentos costumbristas. Esa mirada de conjunto, sostiene, permite entender a un Asturias que nunca dejó de mirar hacia sus raíces incluso cuando escribía desde el exilio o desde la fantasía y magia de las vanguardias europeas.

Busto de Miguel Ángel Asturias en el jardín de los Poetas del parque Rosedal, en Buenos Aires, Argentina. Foto de la UNESCO
Un legado controvertido
Asturias murió en Madrid en 1974, a causa de un cáncer, y fue enterrado en el cementerio parisino de Père Lachaise, bajo una réplica de la Estela 14 de Ceibal. En 2024, el presidente Bernardo Arévalo firmó el Acuerdo Gubernativo 92-2024, con el que declaró un año dedicado a Asturias, en conmemoración del 125 aniversario de su nacimiento y 50 de su muerte, el mandatario añadió que la familia del escritor había aceptado la repatriación de sus restos a territorio guatemalteco.
Está previsto que las cenizas del escritor lleguen a Guatemala a mediados de octubre de 2026, procedentes de París, Francia, según ha informado la familia. Cuatro días después se realizará su inhumación en el Teatro Nacional.
El premio literario más importante de Guatemala lleva su nombre desde 1988 y también el Teatro Nacional. Para Tobar, la vigencia de la obra de Asturias radica en su capacidad de transformar las historias que escuchó en su infancia en Salamá, y traducirlas a la literatura que terminaría por poner a Guatemala en el mapa de la narrativa universal.

Tumba de Miguel Ángel Asturias con forma de estela maya en París. Foto de Flirck



