La directora del Proyecto Regional Arqueológico, Heather Hurst, considera que “el hallazgo permite ubicar a Sak Tahn Waax junto a otras figuras influyentes de la historia de la astronomía, como Pitágoras, Galileo o Newton, haciendo que toda una tradición de conocimiento cobre vida a través de un solo nombre.”
Por Jorge Fernández
Un equipo de arqueólogos que trabaja en el proyecto arqueológico de San Bartolo-Xultún, en Petén, logró descifrar por primera vez el nombre de un antiguo sabio maya dedicado a las matemáticas y la astronomía. Se llamaba Sak Tahn Waax, que en español significa “Zorro de pecho blanco“.
El hallazgo se publicó el lunes 26 de julio en la revista científica Antiquity (Cambridge University Press), bajo el título “The identification and work of an eighth-century Maya mathematician”, firmado por los investigadores Franco D. Rossi, David Stuart y Heather Hurst, marcando un antes y un después para el estudio de la ciencia maya, pues hasta ahora ningún astrónomo de esa antigua civilización había sido identificado por su nombre propio.
Una firma escondida entre los cálculos
El descubrimiento nace de un conjunto de once jeroglíficos hallados junto a más de cincuenta microtextos matemáticos pintados en la pared de una pequeña habitación de la estructura conocida como 10K-2. Ahí, los científicos encontraron ecuaciones sobre los movimientos de Venus y Marte junto a lo que parece ser la firma de su autor. David Stuart, arqueólogo y epigrafista de la Universidad de Texas en Austin, participó en el hallazgo y lo describió de la siguiente y sencilla manera: “es como observar una pizarra antigua en la oficina abandonada de alguien. Que además tenga un nombre asociado hace que la ciencia maya se sienta mucho más humana y cercana”.
Para Heather Hurst, arqueóloga del Skidmore College y codirectora del Proyecto San Bartolo-Xultún, el hallazgo permite ubicar a Sak Tahn Waax junto a otras figuras influyentes de la historia de la astronomía, como Pitágoras, Galileo o Newton, haciendo que toda una tradición de conocimiento cobre vida a través de un solo nombre.

Ecuaciones y cálculos encontradas en las paredes de la cámara. Fotografía del proyecto arqueológico San Bartolo-Xultún.
El túnel que abrió la puerta a Xultún
La historia del hallazgo empezó en 2010, cuando Maxwell Chamberlain, entonces estudiante de la Universidad de Boston, se asomó a un túnel de saqueo excavado en un montículo poco llamativo del sitio. Ese túnel atravesaba una habitación rectangular de apenas seis pies cuadrados, rellenada deliberadamente con barro y piedra por los propios mayas antes de construir nuevas estructuras encima. Ahí aparecieron murales bien conservados de escribas reales trabajando, y con el tiempo, los microtextos matemáticos de la pared oriental.
Xultún está localizado cerca de 40 kilómetros del parque nacional Tikal y fue una ciudad próspera durante el periodo Clásico maya, entre los años 250 y 900 después de Cristo. El sitio se conocía desde 1915, pero permaneció casi sin excavar hasta que las investigaciones se retomaron en 2008. Se extiende por más de seis millas cuadradas, con templos que alcanzan hasta 115 pies de altura. Franco Rossi, arqueólogo del MIT (Massachusetts Institute of Technology) y autor principal del estudio, dice lo siguiente: “es uno de esos grandes sitios mayas de los que casi nadie había oído hablar.”

Mapa de los sitios arqueológicos dentro de la biosfera maya. Fotografía del Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala.
Descifrar un nombre entre las sombras del estuco
Franco Rossi fue quien encontró la clave mientras examinaba una inscripción tenue bajo un conjunto de glifos aún no descifrados. Usó programas informáticos capaces de modificar el sombreado y el color para resaltar los trazos casi borrados por el tiempo. Ese trabajo reveló dos glifos finales entre los once que formaban el texto: el primero decía cheheen, que se traduce aproximadamente como “así dice”, y después aparecía una firma personal.
Los investigadores debatieron largo tiempo antes de fijar la lectura en Sak Tahn Waax. Según David Stuart, se trata de un nombre sencillo, muy distinto de los títulos grandilocuentes que solían llevar los reyes mayas o los miembros de la realeza, como K’ahk’ujol K’inich, “Ardiente es la cabeza del dios serpiente”. Ese contraste ofrece una ventana singular hacia la concepción de cómo se nombraba a los profesionales mayas comunes, alejados de la nobleza.
Un punto todavía sin resolver es la autoría real del texto. Los propios investigadores reconocen que no hay certeza sobre si Sak Tahn Waax escribió las ecuaciones con su propia mano, si otra persona las pintó en la pared por encargo y le atribuyó el trabajo a él, o si simplemente tomó como suyos los cálculos elaborados por sus aprendices o subordinados. Pese a esa duda, su nombre queda como testimonio de una larga tradición de expertos mayas dedicados a descifrar el movimiento de las estrellas.

Símbolos recreados por Franco Rossi que contienen el nombre del astrónomo. Fotografía del proyecto arqueológico San Bartolo-Xultún.
Una ecuación que ordenaba el cielo
Con el nombre ya identificado, el equipo se dedicó a descifrar el resto del texto durante varias sesiones de trabajo intenso frente a los puntos, barras y símbolos casi invisibles en la piedra. Ahí encontraron ecuaciones que combinaban los ciclos de Venus y Marte, dos de los astros favoritos de los astrónomos mayas. El objetivo era llegar a un número preciso: 2,920 días, que equivale a cinco ciclos completos de Venus alrededor del Sol. Al calcular hacia atrás las fechas contenidas en el texto, los investigadores ubicaron la fórmula en el año 781 después de Cristo.
Heather Hurst subrayó que ese texto no cuenta ninguna historia ni menciona ningún acontecimiento, era simplemente cálculos matemáticos. La fórmula sincronizaba el calendario ritual de 260 días, el año solar de 365 días, el ciclo de Venus de 584 días y el de Marte de 780 días, todo calculado con mucha minuciosidad sin telescopios, sin computadoras y sin ninguna tecnología moderna.

Heather Hurst trabajando en la copia y desciframiento de símbolos. Fotografía del Skidmore College.
El prestigio de quienes ordenaron el tiempo
El hallazgo confirma algo que los arqueólogos sospechaban desde hace tiempo: los especialistas en calendarios ocupaban un lugar de gran prestigio dentro de la sociedad maya del periodo Clásico, comparable al de los artistas y escultores cuyas firmas sí se conocían en vasijas y monumentos. Franco Rossi señaló que, aunque esas firmas de artistas existían, los eruditos detrás del cómputo del tiempo habían permanecido en el anonimato hasta ahora.
El ministro de Cultura y Deportes, Luis Méndez Salinas, destacó el valor del hallazgo porque conecta el arte con la ciencia y la matemática con la vida cotidiana del pueblo maya. La estructura 10K-2 pudo haber funcionado como un taller donde los llamados Taaj, especialistas mayas en astronomía y matemáticas, enseñaban fórmulas y honraban a los eruditos más destacados. Para Hurst, encontrar un nombre detrás de todo este conocimiento es lo que finalmente conecta a los guatemaltecos de hoy con la humanidad de sus antepasados.

Uno de los murales encontrados dentro de la cámara donde se encontró el nombre astrónomo. Fotografía del proyecto arqueológico San Bartolo-Xultún.



