Entre el eco de las colinas de Chimaltenango y el trazo firme de sus calles, la Colonia 29 de Diciembre no guarda el pasado bajo llave. Cruzar esa frontera simbólica es adentrarse en la trinchera comunitaria donde Silvia Arenas y Patrocinio Martín transformaron los años de clandestinidad, selva y resistencia armada en una nueva batalla: la de construir un hogar plurinacional desde cero. Sus testimonios no solo reconstruyen los dolores de la guerra y los desafíos de la desmovilización, sino que revelan cómo la dignidad popular logró germinar entre el bosque para dejar un legado vivo a las nuevas generaciones.
Por Joel Solano
Al cruzar la entrada de la Colonia 29 de Diciembre, la historia y la memoria viva del lugar te reciben de frente. En las paredes se despliegan murales de lucha que retratan la resistencia comunitaria, flanqueados por un imponente monumento y una placa conmemorativa rindiendo homenaje a los combatientes que dieron su vida por la causa. Este escenario no es solo un adorno urbano, sino un mapa de dignidad tallado en piedra y pintura que nos introduce directamente en las raíces del barrio. Es aquí, bajo la mirada firme de estas imágenes y frente a los nombres inscritos en la memoria colectiva, donde cobra todo su sentido la historia de Silvia Arenas y Patrocinio Martín, dos figuras clave cuya huella sigue marcando la identidad y el espíritu de esta tierra.
De la montaña a cuatro paredes: Los retos del retorno a la vida civil
“Tengo 69 años. A lo largo del proceso de lucha estuve en el área Kaqchikel, en la Costa Sur y en la región Mam hacia el final, ya muy cerca de la desmovilización. Sin embargo, aunque soy originaria de la ciudad, el tiempo más prolongado de mi vida guerrillera lo pasé en la selva: estuve alrededor de 12 años en el Ixcán. Esa experiencia en los frentes me permitió conocer profundamente distintas realidades del país”, comparte Silvia Arenas.
Adaptarse a la vida civil después de años en la guerrilla no fue un proceso sencillo para ella. Pasar de la libertad de la montaña a cuatro paredes representó un choque cotidiano.
“Había muchas cosas del país que no conocía. Acostumbrarme a estar en un espacio cerrado fue muy complicado; llevaba demasiado tiempo viviendo libre en el bosque, en una vida natural. Estar en casa era algo completamente diferente”, reflexiona. Como mujer, otro de los retos fue acostumbrarse a la vida de hogar y a estar con la familia.
“Nunca había experimentado lo que era estar en casa con mi hijo. Cuando regresé, tenía dos hijos, pero al primero lo tuve que dejar con mi familia por la situación de seguridad y la guerra. Además, al papá de mi primer hijo lo secuestraron y desaparecieron; hasta la fecha no sabemos dónde está su cuerpo” recuerda.
“Estando en la montaña volví a formar pareja y tuve a mi segundo hijo, que nació allí. Por eso, cuando nos asentamos aquí, veníamos con un niño pequeño y con una familia por construir. Fue un proceso complejo, de muchas conversaciones para decidir cómo queríamos nuestra vivienda y cuáles eran los mejores criterios para edificar la comunidad” relata.
Todo ese proceso contó con el acompañamiento de MINUGUA (Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala) y de la Fundación Guillermo Toriello, que representaba la institucionalidad del movimiento. A la Fundación le correspondió asumir lo relacionado con la desmovilización y, en coordinación con MINUGUA y otros espacios, conducir las decisiones para lograr incorporarse a la vida civil.


Proyectos productivos y la ruptura con los patrones patriarcales
Aparte de la vivienda, estaba el reto del trabajo: cómo incorporarse a la vida productiva para generar su propio sostén económico. Se dieron pequeños proyectos productivos, pero el monto que recibían era solo lo básico para empezar, señala Arenas.
“En mi caso, junto a mi pareja, decidimos reunir el dinero que nos darían para poner un comedor. Ese fue nuestro primer proyecto para el sostenimiento del hogar. El comedor nos duró el tiempo que pudimos sostenerlo. Con los años, la situación económica se fue encareciendo y no teníamos un respaldo financiero para afrontar los momentos de crisis. Para cubrir los gastos de la escuela y las obligaciones familiares, tuvimos que salir a buscar empleo; pero al asumir un compromiso laboral, ya no podíamos atender el negocio. Como no era posible hacer las dos cosas a la vez, tuvimos que cerrarlo”, explica.
Ese fue otro de los desafíos más fuertes. En la montaña tenían una vida distinta, donde compartían las tareas y obligaciones entre hombres y mujeres, incluso en la crianza. Pero al incorporarse a la vida civil, todo cambió: regresaron a los patrones patriarcales y machistas de la sociedad guatemalteca. Para sus propias familias, la forma en que se desenvolvían no encajaba con el rol tradicional de la mujer abocada únicamente al hogar, al trabajo doméstico y a la atención al marido.
“Las familias criticaban si los hombres desmovilizados lavaban o hacían las tareas del hogar que habían aprendido en la montaña. Enfrentamos muchos prejuicios porque nosotras veníamos acostumbradas a participar políticamente y a salir solas a formarnos, algo que la sociedad no veía normal. Con el tiempo, muchos hombres se reacomodaron a ese modelo tradicional y a las mujeres se nos duplicó la carga: debíamos asumir el trabajo del hogar, la crianza y, además, la participación política. Ese fue uno de los desafíos más fuertes”, señala Silvia.
También les tocó romper con los prejuicios y estereotipos que el ejército y la policía contrainsurgente fomentaron, al decir que las mujeres guerrilleras eran peligrosas o malas. Tuvieron que derribar ese estigma para construir puentes de comunicación y fraternidad con las comunidades.
Por otro lado, el cambio material fue enorme: “pasamos de vivir únicamente con nuestra mochila y dos mudadas de ropa en la montaña, a la necesidad de tener una casa, camas y enseres para cocinar, lo cual requería de recursos económicos con los que no contábamos” reflexiona Silvia.
Aparte de eso, buscaban desarrollar una vida armoniosa compartiendo responsabilidades entre pareja e hijos. La crianza era un proceso complicado. Silvia se desmovilizó cerca de los cuarenta años, habiendo pasado toda su juventud en la montaña; pero muchos de sus compañeros eran muy jóvenes y les tocó ser padres a una edad temprana. Dado que se habían ido a la lucha siendo apenas unos patojos, no vivieron con sus familias ni aprendieron cómo se convivía en un hogar tradicional. Al volver, a cada uno le tocó construir la vida familiar con lo poco o mucho que sabían.

Organización comunitaria: De la nada a los servicios básicos
Desde que empezaron a planificar cómo querían las viviendas, se conformó un equipo promotor para ver el tema del hogar y lo que necesitarían al asentarse en la comunidad. Por eso, primero tuvieron que ir a vivir temporalmente a Chimaltenango, a un predio de una institución llamada COCADIS. Ahí estuvieron varias familias hasta que se instalaron los servicios fundamentales en el asentamiento: principalmente el agua, la energía eléctrica y el camino, ya que todo esto era de tierra y formaba parte de una finca.
El traslado fue por fases. Cuando ya había llegado un buen grupo de familias, el equipo promotor convocó a asambleas generales para orientarse y tratar los temas más importantes. A partir de ahí vieron la necesidad de organizarse en un Consejo Comunitario de Desarrollo (COCODE) y crear comisiones para la gestión de la comunidad: salud, educación, agua, el comité de mujeres, el equipo de vivienda y la Alcaldía Comunitaria. Esto les permitió empezar a articularse formalmente con la municipalidad.
“Quienes asumieron la Comisión de Salud fueron las y los compañeros que habían sido sanitarios durante la guerra. Ellos continuaron capacitándose, pero esta vez ya no para la atención en el combate, sino para cuidar la vida de la comunidad. Abrimos una farmacia comunitaria con medicinas accesibles, coordinamos jornadas de vacunación e impulsamos el proyecto del pozo de agua, una iniciativa nuestra que hoy beneficia también a dos o tres comunidades vecinas de la 29 de Diciembre”, resalta Silvia.
El proyecto del pozo fue también una forma de decirles a las comunidades vecinas: “Miren, compartimos esto para que se les quite la idea de que somos un peligro para ustedes”. Les compartieron algo vital como el agua y así lograron tener un pozo para varias comunidades. Esto fue un gran beneficio para las mujeres, porque les garantizó agua potable en casa. Al principio tocaba ir a traerla a los arroyos y ríos cercanos, por lo que contar con el servicio mejoró mucho sus vidas.
En educación, vieron la necesidad de garantizar la seguridad de la niñez y gestionaron la construcción de aulas en la propia comunidad para que no tuvieran que ir lejos. La mayoría de los que hoy son jóvenes hicieron allí su primaria. Con el tiempo y el esfuerzo de los padres, pudieron salir a estudiar básicos o diversificado a Chimaltenango o a la capital. En los primeros años, las comisiones de Salud y Educación coordinaban con la municipalidad para conseguir apoyos de alimentación, pero eso fue disminuyendo porque la política partidaria suele cambiar y frenar los proyectos para la comunidad.

La memoria histórica y el valor del legado
“Hay quienes piensan que la lucha fue una pérdida de tiempo o que no tuvo razón de ser, pero para mí es motivo de un profundo orgullo. Con los años la bienvenida fue cambiando, en gran medida por la postura de los distintos gobiernos. Los Acuerdos de Paz fueron un compromiso de Estado, pero las administraciones posteriores no los asumieron como tal. Ese abandono generó una enorme desinformación y el desconocimiento del valor histórico que tiene el nombre de nuestra comunidad, 29 de Diciembre, en honor a la fecha en que se firmó la paz”, afirma Silvia Arenas.
“Nunca he buscado figurar, pero llevo esta historia en el corazón. Me siento orgullosa de haber decidido incorporarme a la lucha por conciencia, por sensibilidad humana y porque el país lo necesitaba. Política e ideológicamente sigo tan firme como cuando era joven. Recientemente, en el velorio de un compañero, hablábamos de que la memoria histórica es fundamental: el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. No debemos sentir pena por identificarnos como combatientes o como parte de esta comunidad. Yo, como mujer, me identifico así en todos lados porque sé que le hemos aportado al país”.
“Si revisamos la historia, las mujeres somos quienes hemos venido preservando los recuerdos. En los pueblos originarios la tradición oral es fundamental, y nosotras tenemos la tarea y la obligación de garantizar que esto no se olvide, trasladándolo a nuestros hijos y a las nuevas generaciones. Es parte de la cultura, de la memoria histórica y de la filosofía del Buen Vivir que queremos para nuestro país: transmitir este legado con principios y valores, aun cuando hayamos tenido que enfrentar momentos difíciles como el desempleo para sostener un hogar”, señala Arenas.
Aunque a veces contaban con el apoyo familiar, no siempre era así. Las duras condiciones laborales les obligaban a salir a trabajar desde temprano y regresar hasta la tarde, dejando a sus hijas e hijos solos por momentos. Fue un gran reto, porque la crianza en la niñez y en la adolescencia requiere presencia. Tenían que ir viendo cómo le hacían para cumplir con el compromiso económico sin descuidar el lado afectivo, la atención del hogar y la vida en pareja. A pesar de todas las dificultades, fueron resolviendo cada reto que se les presentó.
Un mosaico plurinacional y el desafío del acceso a la tierra
Como comunidad provienen de muchos territorios y de distintos frentes guerrilleros. Había compañeros de las FAR (Fuerzas Armadas Rebeldes) en el Petén; de la ORPA (Organización del Pueblo en Armas) en la Costa Sur, San Marcos y Quetzaltenango; y otros que venían de Alta Verapaz. En el caso de Silvia, su último frente estuvo en la selva del norte de Quiché, aunque durante su vida militante recorrió distintas áreas del país.
Otra gran característica es la plurinacionalidad del asentamiento: una comunidad con personas de pueblos originarios como Mam, Chuj, Q’anjob’al, K’iche’, Kaqchikel, Q’eqchi’, Poqomam, Tz’utujil, Jakalteco e Ixil, además de mestizos. Silvia se identifica como mestiza afrodescendiente por las raíces de sus padres. Esa diversidad de culturas, idiomas y costumbres constituye la verdadera raíz de la comunidad 29 de Diciembre.
La mayoría de la población proviene del EGP (Ejército Guerrillero de los Pobres), seguidos por un grupo considerable de compañeros de la ORPA. También hay compañeros de las FAR y del PGT (Partido Guatemalteco del Trabajo), que, aunque son en menor cantidad, completan la totalidad de las fuerzas que hoy conviven allí.
“Para mí es un orgullo decir en cualquier lugar que somos de la 29 de Diciembre, al margen del rechazo de algunas personas que todavía creen que nuestra lucha no tuvo impacto en el país. Tras la firma de los Acuerdos de Paz se nos garantizó el derecho a la vivienda con escrituras a nombre de toda la familia. Sin embargo, el desarrollo actual demuestra que el trabajo personal no basta para cubrir todas las necesidades. Por eso hemos ido retomando la certeza de que necesitamos tierra para vivir y comer: hoy, según sus posibilidades, muchas familias rentan parcelas para sembrar maíz y frijol, que es lo fundamental para el sustento.
Por mi situación económica no he podido tener tierra, pero en la comunidad varias familias lo han ido resolviendo. Algunas lograron reconectarse con sus familias de origen y recibir un pedacito de terreno; otras han comprado parcelas con su trabajo. Sin embargo, eso no resuelve el problema de fondo: falta una extensión suficiente para garantizar la nutrición y salud del hogar. El acceso a la tierra es un tema pendiente y una necesidad urgente que padecemos en todo el país. Si viniera un proyecto que nos apoyara con espacio para sembrar, sería muy bienvenido”, indica Arenas.
En el desafío de articularse a la vida municipal, se han ido incorporando como COCODE (Consejo Comunitario de Desarrollo) Consejo a las dinámicas del territorio. Participan activamente en los COMUDE (Consejo Municipal de Desarrollo) para abordar las necesidades no solo de la 29 de Diciembre, sino también de las aldeas vecinas. Además, cuando otros COCODE se les acercan a plantearles problemáticas del municipio, se unen y buscan la forma de aportar soluciones de manera conjunta.
Una forma clave de romper estereotipos ha sido la cooperativa de producción de hongos de la comunidad. Aunque no todos están organizados en ella, ha permitido relacionarse con el municipio de Zaragoza y con otros departamentos del país. Así demuestran que son una población productiva y que darle vida a los Acuerdos de Paz no es solo tarea del gobierno, sino también suya, exigiendo y proponiendo proyectos.
En el caso de las mujeres, hemos ido ocupando espacios políticos y sociales para incidir.
El relevo generacional: Un mensaje a la juventud para no olvidar
“Mi mensaje para la juventud es motivarlos a leer, a ser curiosos y a conocer la historia de Guatemala para descubrir el enorme potencial que tienen de transformar el país. Pero esa motivación no nace del aire: tienen que hablar con sus padres y pedirles que les cuenten cómo era todo antes de la guerra, para que comparen y asuman un compromiso social. Los jóvenes de hoy disfrutan de libertades que existen porque mucha gente luchó en el pasado. En nuestra época nos perseguían solo por vestir de cierta forma, por usar pantalones de lona o llevar un morral. Hoy las patojas y patojos tienen condiciones distintas, y es importante que sepan apreciar por qué las tienen y cuánto costó alcanzarlas”, concluye Arenas.
La experiencia de Patrocinio Martín: Raíces en San Martín Jilotepeque y el trabajo de desminado
“Soy originario de San Martín Jilotepeque. Cuando se firmó la paz, yo me encontraba en el frente de San Marcos. Primero nos concentraron en la finca Gerona, en Coatepeque, y de allí nos trasladamos al albergue de Quetzaltenango. En ese momento debíamos buscar un lugar donde vivir y tener estabilidad. Se nos presentaron dos opciones: la finca Santa Anita en Colomba Costa Cuca o este terreno en Chimaltenango. Al final decidí venirme para acá porque pertenezco a este departamento, conozco el área y toda mi familia es de por aquí”, comparte Patrocinio Martín.
Decidió trasladarse para estar cerca de su familia y contar con su apoyo, pues siempre fueron muy unidos y comprendían el camino que tomó. Después de tanto tiempo sin verse y de regresar sin nada tras la firma de la paz, estar cerca de ellos le dio una base para reiniciar su vida. Adaptarse no le resultó extraño porque desde muy pequeño fue agricultor; de niño trabajó en el campo hasta que, viendo las duras condiciones del país, tomó el camino revolucionario. Al volver, sabía que su oficio inmediato era la agricultura por su nivel académico, pero sin cerrarle la puerta al sueño de seguir estudiando y superarse.
“Mis padres murieron cuando yo era muy pequeño y solo pude ir un año a la escuela, por lo que no tuve la oportunidad de estudiar durante mi infancia. Sin embargo, después de la firma de la paz logré superarme y sacar por lo menos el nivel básico. Ya con ese estudio pude conseguir mejores oportunidades de trabajo”, señala Patrocinio.
Entre el 2000 y el 2005 trabajó durante cinco años con Naciones Unidas en el programa de desminado. El objetivo era eliminar los artefactos explosivos que ponían en peligro a las poblaciones donde se libró el conflicto armado. En lugares como el Ixcán, donde la guerra fue muy dura por las condiciones geográficas, quedaron muchas minas y granadas abandonadas tanto por el Ejército como por la guerrilla. Para ese entonces ya tenía a su esposa y a su nena; la responsabilidad y los compromisos familiares hicieron que hasta ahí llegaran sus estudios, pero ese trabajo le permitió salir adelante y servir.
Esa acumulación de explosivos era un peligro enorme para la población civil, por lo que se creó el programa de desminado de Naciones Unidas. Durante esos cinco años trabajaron en las zonas donde operó la guerrilla: San Marcos, Quetzaltenango, Totonicapán y la Costa Sur. Solo en el Ixcán pasaron año y medio y lograron desactivar alrededor de 2,500 artefactos entre bombas de avión, minas antitanques, granadas de mano y de fusil. Salvamos muchas vidas, aunque tristemente algunas personas inocentes fallecieron antes de que se pusiera fin al peligro.
De las manifestaciones infantiles a la lucha en el volcán Tajumulco
“Me incorporé a la guerrilla en 1980, cuando tenía entre 18 y 20 años. La mayor parte de mi militancia la pasé en el área de San Marcos, en el volcán Tajumulco, donde estuve entre 5 y 7 años. Pero mi inquietud venía de mucho antes: desde niño me gustaba escuchar a los mayores hablar sobre la desigualdad y la necesidad de un cambio. A los 10 años, sin saber aún qué era la guerrilla, ya acompañaba a mi hermano a las manifestaciones de protesta, donde recuerdo la participación de una organización estudiantil llamada FAGUAS”, cuenta.
En las manifestaciones vio cómo ametrallaban a los estudiantes y la represión que sufrían. Lejos de desanimarse, la violencia de las autoridades avivó su convicción de que el país necesitaba cambios profundos e igualdad para todos. Por eso se unió a la Organización del Pueblo en Armas (ORPA). Operó primero en San Marcos, en las faldas del volcán Tajumulco, y en 1980 se trasladaron a Quetzaltenango, donde permaneció en la lucha hasta la firma de los Acuerdos de Paz. Además, durante un año estuvo fuera del país trabajando en las tareas de inteligencia del frente, indica Martín.
“Me siento orgulloso y dichoso de estar aquí, en un lugar que lleva un nombre especial y digno que me recuerda el día en que se firmó la paz. La comunidad nos dio la estabilidad que no teníamos en la montaña, donde vivíamos errantes, cambiando de sitio día tras día. A mis hijos siempre les explico por qué este asentamiento se llama 29 de Diciembre y les comparto todo lo que viví. Les inculco que la lucha no ha terminado: nosotros la libramos de una forma, pero a ellos les toca continuar con otras herramientas para seguir transformando el país”, señala con mucha esperanza Don Patrocinio.
La fundación del asentamiento: De bosque tupido a comunidad organizada
Para levantar este asentamiento desde el inicio, sabían que tenían que organizarse y trabajar de forma colectiva por el mejoramiento de todos. A pesar del tiempo transcurrido y de que cada quien atiende su vida familiar, la fuerza comunitaria se mantiene viva. Siempre están pensando en cómo mejorar la comunidad, y por eso hoy la 29 de Diciembre ha avanzado y cambiado bastante, cuenta Don Patrocinio.
Ahora a nosotros nos toca ver hacia el futuro, porque sabemos que ya vamos más allá que para acá indica Patrocinio entre risas. Ahorita lo que nos toca, por lo menos a nivel familiar, es ir influyendo para que la juventud empiece a tomar la batuta. Tenemos que irles inculcando que ellos serán los futuros organizadores y los encargados de seguir mejorando la comunidad. Ya en las asambleas hemos hablado de que las y los jóvenes deben involucrarse, participar y aprender todo el trabajo que implica gestionar el territorio para darle continuidad.
Lo más difícil fue encontrar un lugar adecuado que respondiera a sus necesidades. Como él estaba en San Marcos, se le complicaba venir a hacer las búsquedas, pero los compañeros del EGP avanzaron con las gestiones desde antes de que ellos lo supieran. A ellos les tocó asumir el trabajo más pesado de prospección. Cuando llegó a Chimaltenango, el terreno ya estaba seleccionado y comprado; entonces la tarea principal se centró en cómo planificar la distribución y fundar la comunidad.
Las gestiones se realizaron a través de la Fundación Guillermo Toriello. La dirigencia pensó en dónde reubicar a los combatientes que, tras 16 años en la montaña, lo habían perdido todo porque el Ejército les había quitado las tierras. Para asentarse en la comunidad, contaron con el apoyo de una donación española, pero también aportaron como esfuerzo individual: pagaron una cuota mínima de 6,000 quetzales y dieron 100 días de mano de obra no calificada para construir las primeras 100 viviendas.
“Cuando recién llegamos, esto era solo un bosque. Armamos una galera de lepas donde hoy está el salón comunal y empezamos a talar y a preparar el terreno. Recuerdo que la gente de la aldea vecina se burlaba de nosotros y decía con sarcasmo: “¡Miren qué bonita su casa!”. También estaban confundidos porque pensaban que éramos refugiados y no excombatientes. Mientras yo cumplía mis jornadas de trabajo en la autoconstrucción, me daba cuenta de esas burlas. Sin embargo, con el tiempo las cosas cambiaron: para levantar las casas terminamos contratando a personas de las aldeas de alrededor como albañiles y ayudantes, y así fue como empezamos a relacionarnos y a integrarnos con ellos”, señala.
Al principio estuvieron en un albergue en Cocales, Suchitepéquez pero llegó un momento en que la organización les dijo que cada quien debía buscar dónde estar ya fuera alquilando o con la familia mientras el terreno en Chimaltenango se iba preparando. Por eso no se asentaron todos al mismo tiempo, sino que fueron llegando según las posibilidades de cada quien. En esa etapa inicial de construcción no había talleres de formación política ni estructuras organizativas complejas; la prioridad era levantar las casas. Toda la organización comunitaria vino después, cuando la mayoría ya estaba instalada.
El relevo generacional y la continuidad de la lucha comunitaria
“Nosotros libramos la lucha de una forma y ahora a las nuevas generaciones les toca continuarla de otra, pero tienen que seguir. Nosotros cumplimos nuestra parte y seguimos aportando desde las estructuras para mejorar la comunidad; ellos deben aprender a unificarse y mantenerse unidos, sin agarrar cada quien por su lado. Aquí no tenemos una mentalidad individualista. Por ejemplo, cuando un compañero fallece, la comunidad nunca desampara a su familia y siempre nos hacemos presentes con el apoyo moral y colectivo”, comparte Patrocinio.
Entre los murales que vigilan las calles y el murmullo de una comunidad que aprendió a construir sobre la tierra y la incertidumbre, la Colonia 29 de Diciembre no es solo un asentamiento nacido de los Acuerdos de Paz; es un organismo vivo de resistencia diaria. La experiencia de Silvia Arenas y Patrocinio Martín demuestra que el mayor desafío no fue sobrevivir a los años de trinchera, selva y clandestinidad, sino desaprender la dinámica de la guerra para reaprender a convivir, organizar un pozo de agua, derribar los prejuicios de los vecinos y abrirse paso frente al olvido estatal y el machismo. Hoy, cuando el tiempo empieza a exigir el relevo generacional, el mensaje que flota entre las casas y los cultivos de maíz es contundente: la paz no era un punto de llegada, sino un terreno que hay que seguir sembrando.
Silvia y Patrocinio han entregado su vida y sus memorias para que la juventud no empiece desde cero, sino desde la dignidad. La batuta está lista para ser tomada, y la historia de la 29 de Diciembre permanece abierta, recordando a Guatemala que la memoria no es nostalgia, sino la herramienta más firme para transformar el presente.









