En el corazón de Chimaltenango, la larga espera por la dignidad y el consuelo colectivo ha dado un paso definitivo. Tras décadas de incertidumbre, la comunidad de Pacoj, en San Martín Jilotepeque, recibió los nichos que albergarán a 68 de las 72 víctimas del conflicto armado registradas allí por la Asociación Justicia y Reconciliación (AJR). Más que una entrega de infraestructura, este acto se convierte en un hito en la incansable lucha de las familias por reconstruir su historia, transformando el dolor de la ausencia en un reclamo permanente de memoria, verdad y justicia que resuena con fuerza en todo el país.
Por Joel Solano
En un acto de profunda significación para la memoria histórica y la dignificación de las víctimas del conflicto armado interno, el 15 de Julio se realizó la entrega oficial de los nichos para 68 de las 72 víctimas registradas por la Asociación Justicia y Reconciliación (AJR) en la comunidad de Pacoj, perteneciente al municipio de San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, masacradas en febrero de 1982.
La ceremonia, que representa un paso crucial en los procesos de reparación y duelo para las familias sobrevivientes tras décadas de espera, contó con el acompañamiento de comunitarios y defensores de derechos humanos, quienes enfatizaron la importancia de este espacio para honrar la memoria y garantizar el descanso digno de sus seres queridos.
Como parte del acto, se celebró una misa en memoria de las víctimas, un momento donde toda la comunidad se unió para abrazar y acompañar de cerca a las familias. Entre rezos y recuerdos compartidos con mucho cariño, los vecinos demostraron que el paso de los años no borra el amor por sus seres queridos, reafirmando que su memoria sigue completamente viva en el corazón de Pacoj.
Testimonio del horror: el dolor que el Ejército sembró en Pacoj
María Antonina Pichiya Osorio aún guarda en la memoria el instante exacto en que la violencia militar le arrebató a su familia. Aquel fatídico día de la década de los ochenta, se encontraba preparando tortillas para sus hijos mientras su esposo trabajaba en una parcela cercana en Pacoj.
La cotidianidad del hogar se quebró abruptamente cuando el Ejército irrumpió y masacró a los pobladores sin darles oportunidad de huir. En medio del terror y las balaceras que ensordecían a la comunidad, María logró escapar con vida llevando consigo a sus tres pequeños hijos. Sin embargo, la tragedia familiar ya era irreparable: su madre fue asesinada entre el 9 y el 15 de febrero mientras tejía, y sus hermanas, Rosita y Sofía, fueron ejecutadas por los soldados en el patio de la vivienda mientras lavaban la ropa. María Antonina señala con firmeza y profundo dolor que a sus seres queridos les segaron la vida de manera totalmente injusta.
Las víctimas de la masacre en Pacoj
El violento operativo militar en Pacoj no solo dispersó a los sobrevivientes, sino que borró del mapa a varias generaciones de una misma familia. Entre las víctimas mortales plenamente identificadas se encontraban la señora María Tomasa Osorio (madre de María Osorio) y su hermana, María Margarita Osorio, de aproximadamente 35 años. Junto a ellas fueron asesinados de forma brutal quienes se encontraban en la vivienda en ese momento y no lograron escapar: María Florencia Pichiya Osorio, los niños Sofía Pichiya, de 5 años; Francisca Sutuj Pichiya, de 10 años; Valdemar Pichiya, y un bebé de apenas dos años, Dionicio Sutuj.
Según el testimonio, la tragedia ocurrió mientras preparaban la masa para las tortillas, tomándolos por sorpresa. Por otro lado, la única razón por la que el resto de los familiares logró salvarse de la masacre fue porque, en ese fatídico instante, se encontraban fuera del hogar realizando sus jornadas de trabajo diario.
El duelo postergado y los entierros clandestinos
El terror impuesto por el Ejército en aquella época no solo arrebató vidas, sino que también privó a los sobrevivientes del derecho humano de enterrar dignamente a sus seres queridos en un camposanto. María relata con profunda tristeza que, ante la imposibilidad de trasladar los cuerpos al cementerio de la comunidad, se vieron obligados a sepultar a su hermana en las cercanías de la propia vivienda.
Ese entierro improvisado y la falta de un sepelio formal marcaron los años siguientes de su vida; María recuerda con dolor cómo, durante mucho tiempo, el recuerdo de su hermana la perseguía constantemente en sueños, un reflejo del trauma y del duelo suspendido que la violencia militar dejó arraigado en su hogar.
El alivio de la dignificación y el descanso en paz
Hoy, el dolor de María ha encontrado un destello de paz gracias a la posibilidad de darles una sepultura digna. “Me siento muy feliz porque ahora sé dónde están”, relata conmovida, compartiendo que hace poco soñó a su hermana junto a su esposo quien falleció recientemente.
Para ella, saber el lugar exacto donde descansan sus seres queridos ha transformado su luto. Poder acercarse a dejarles flores y encenderles veladoras ha traído un profundo consuelo a su vida: “Mi corazón se calmó y ya no me siento como antes”, concluye María, reflejando cómo la justicia y la memoria logran finalmente aliviar el peso de tantas décadas de incertidumbre y dolor.

La memoria que sana a las nuevas generaciones
La transmisión de la memoria histórica a las nuevas generaciones representa otro paso crucial en este proceso de sanación familiar. María Pichiya comparte que, al principio, a sus hijos les costaba creer la magnitud de la tragedia, hasta que ella misma comenzó a relatarles detalladamente las penurias que enfrentaron durante el conflicto armado; uno de ellos, de hecho, aún conserva vagos recuerdos de haber aguantado hambre, soportar el frío extremo y verse obligados a beber agua sucia para sobrevivir.
Hoy, gracias a la recuperación de los restos, esa dolorosa historia ha dejado de ser un relato abstracto para convertirse en una realidad palpable que sus hijos respetan y reconocen. “Ahora mis hijos dicen: ‘vamos a ver dónde se quedaron los primos’, y ya saben que están aquí”, añade María, subrayando cómo el rescate de los cuerpos permite a los jóvenes conectar con su pasado, comprender el sufrimiento de sus padres y honrar la memoria de los suyos.
Aunque la familia es plenamente consciente de la pérdida irreparable de sus seres queridos, la certeza de saber que ahora descansan en un lugar digno ha traído un alivio que trasciende la distancia física. María comparte que varios de sus familiares anhelaban estar presentes en este emotivo momento, pero no pudieron asistir debido a complicaciones de salud. Sin embargo, la imposibilidad de viajar no ha mermado su paz interior; saber que los restos finalmente han sido recuperados y dignificados les ha devuelto la tranquilidad. “Ellos se sienten bien al saber”, explica María, reflejando cómo este logro histórico derrama un bálsamo de consuelo sobre toda la familia, sanando heridas profundas sin importar la distancia.
Un llamado a la no repetición y al futuro
Al recordar el horror y los traumas que le heredó la guerra, el mayor anhelo de María Pichiya es que el pasado jamás se repita. “Esperamos que no vuelva a pasar esta cosa”, señala con profundo sentimiento. A pesar del dolor, María enfoca sus fuerzas en impulsar a las nuevas generaciones a salir adelante, recordándoles constantemente la importancia del esfuerzo diario:
“Les digo a mis hijos que trabajemos para seguir viviendo”. Aunque admite que para los jóvenes a veces resulta difícil dimensionar la crueldad de la época, el haber recuperado los restos y visibilizar la historia ha transformado la incredulidad en conciencia. Hoy, sus hijos finalmente comprenden la magnitud de lo que su familia sufrió y conocen la verdad de su propio pasado.

El mayor anhelo de María Pichiya es que el pasado jamás se repita.
La fuerza de sobrevivir: El testimonio de doña Desideria Balán
A sus 69 años, doña Desideria Balán Morales recuerda con dolor la masacre perpetrada por el Ejército en la aldea Pacoj, donde arrebataron la vida de su suegro, Justiniano Cul Patán; su suegra, Lucrecia Us; su cuñada, Felisa; su sobrina, Siriaca; y el pequeño Bonifacio, de tan solo 5 años de edad e hijo de Felisa.
Doña Desideria relata que tras la tragedia tuvieron que huir de su hogar durante dos años, perdiendo todas sus pertenencias. El proceso de exhumación trajo consigo revelaciones desgarradoras: las fotografías de los restos confirmaron que Siriaca estaba embarazada al momento de ser asesinada. El momento más devastador de la excavación fue descubrir que, en el fondo de la fosa común, Felisa aún mantenía abrazado a su pequeño hijo Bonifacio.
Doña Desideria relata el desgarrador momento en que los restos de Felisa fueron hallados abrazando al tierno nene, junto a los cuerpos de Martina y Siriaca. El dolor de aquel día revivió al recordar cómo su esposo, tras sobrevivir a la tragedia, se quedó sentado llorando sobre la tierra. “Cuando lo encontré, le pregunté por sus papás y me dijo que los habían matado a todos”, recuerda.
Su esposo le narró que el ejército los tomó por sorpresa mientras realizaban sus tejidos artesanales. La escena final fue devastadora: los cuerpos ya habían sido enterrados de prisa, el lugar estaba cubierto de sangre donde zumbaban las moscas y las abejas, y justo al lado de sus tejidos, yacía el puño de balas con el que truncaron sus vidas
El consuelo de un espacio digno tras la larga espera
“Lo siento mucho por ellos”, expresa conmovida doña Desideria, al recordar lo duro que fue el proceso de exhumación. Ella relata que, en el pasado, debían subir hasta el lugar donde los desenterraron cada vez que querían celebrar una misa en su memoria. Sin embargo, encontrar sus restos ha traído un profundo consuelo a su corazón: “Ahora están en un lugar digno y, por un lado, sentimos alegría”, confiesa, reflejando el alivio de saber que sus seres queridos finalmente descansan en paz y en un espacio sagrado.
Doña Desideria comparte que la AJR les ha sugerido elegir una fecha especial para conmemorar a sus seres queridos de ahora en adelante. Al recordar el proceso de búsqueda, relata lo difícil que fue la espera: “Nuestros familiares se fueron durante siete meses cuando los exhumaron para hacerles los estudios, y cuando por fin regresaron a la comunidad, me daba dolor de cabeza y una profunda tristeza verlos retornar así”, confiesa, reflejando el fuerte impacto emocional que significó recibir los restos de sus seres queridos para darles sepultura.
“Me siento muy feliz porque hoy mis hijos y mi nuera están aquí conmigo, acompañándome, y sobre todo porque nuestros familiares que perdimos ya descansan en un lugar digno”, comparte doña Desideria. Al ver a su familia unida, reflexiona con ellos sobre sus raíces: “Siempre les recuerdo a mis hijos que con su papá éramos muy pobres, él era un agricultor. Si no fuera por el esfuerzo de su abuelita, ellos hoy no tenían un terreno donde construir sus casas. Ahora que ya saben dónde está su abuelita, deben recordarla siempre por todo lo que hizo por nosotros, y valorar la dicha de tener finalmente un lugar sagrado donde visitarla”.
Doña Desideria Morales hace un llamado urgente a las nuevas generaciones para mantener viva la memoria y garantizar que nunca se repitan los horrores del pasado. Al recordar la crueldad de la guerra, evoca con dolor haber visto niños fallecidos y el desamparo de una madre cuyo esposo fue asesinado.
En medio de esa tragedia, destaca el valiente gesto de su cuñado quien, a pesar de sus problemas con el alcohol, arriesgó su vida para salvar a la viuda y a sus pequeños, sacándolos de la zona en medio de una balacera. “En aquel tiempo no se podía ni comer por el miedo”, recuerda Desideria, contrastando ese sufrimiento con la paz actual que hoy les permite reunirse y compartir en familia, con la firme esperanza de que ese tiempo de dolor jamás regrese.

Doña Desideria Morales hace un llamado urgente a las nuevas generaciones para mantener viva la memoria y garantizar que nunca se repitan los horrores del pasado.
La lucha legal: La AJR, el Caso Kaqchikel y la denuncia de impunidad
José Silvio Tay Cusanero, representante de la Asociación para la Justicia y Reconciliación (AJR), destacó la importancia de dignificar la memoria de las víctimas ejecutadas o masacradas durante el conflicto armado interno, visibilizando su historia ante la población. Asimismo, resaltó el profundo significado que tiene para las familias la entrega de los nichos, un acto fundamental que brinda un espacio digno de memoria y descanso para los seres queridos que han sido recuperados.
Silvio Tay señaló que todavía existen víctimas sin identificar. Explicó que, dentro del espacio actual, en la bóveda se resguardaron a 68 víctimas. A este grupo se sumaron inicialmente 4 personas más, alcanzando un total de 72 víctimas recuperadas hasta el momento. Asimismo, indicó que ya hay nichos abiertos listos para recibir a dos o tres personas que se espera lleguen este año. Finalmente, Cusanero destacó que el lugar tiene una capacidad total para 80 personas, pero existe la posibilidad de habilitar más espacios en el futuro si es necesario.
Recuperar a un ser querido después de 40 años de dolorosa incertidumbre es un acontecimiento profundamente triste, pero a la vez sumamente sanador. No saber en qué condiciones estaba un familiar desaparecido es una herida abierta; por eso, el momento de la identificación permite finalmente cerrar el duelo. Saber que ahora descansan en un cementerio devuelve la paz a las familias, quienes finalmente tienen la tranquilidad de saber exactamente dónde están y la libertad de visitarlos en cualquier momento.
Exigencia de justicia ante los tribunales
Además de dar una sepultura digna a sus seres queridos, las familias de las víctimas continúan firmes en su búsqueda de justicia. Insisten en que sus familiares eran agricultores inocentes y no guerrilleros, desmintiendo las acusaciones del pasado. Actualmente, este esfuerzo legal se canaliza a través de la querella conocida como “Caso Kaqchikel”, un proceso judicial que investiga a los autores materiales e intelectuales de estos crímenes con el firme objetivo de llevarlos ante los tribunales de justicia.
Silvio Tay denunció la cooptación del sistema de justicia en Guatemala tras la medida sustitutiva otorgada al general retirado Benedicto Lucas García. Según Tay, este beneficio procesal evidencia el gran poder y las conexiones que el militar mantiene dentro del sistema de justicia, lo cual genera profunda preocupación e indignación en las víctimas.
Recordó que Lucas García no es señalado por un hecho aislado, sino por coordinar múltiples operaciones que dejaron miles de víctimas. Actualmente, el militar enfrenta procesos y condenas por casos emblemáticos de violaciones a los derechos humanos como el de la región Ixil, Molina Theissen y CREOMPAZ, además de figurar en la cadena de mando del caso Kaqchikel entre 1981 y marzo de 1982, razones por las cuales debería cumplir prisión efectiva.
José Silvio Tay explicó que el general Benedicto Lucas García supervisaba personalmente el avance de las operaciones militares sobre el terreno, con visitas documentadas a San Juan Comalapa y Tecpán Guatemala. Bajo su mando, se ejecutaron cruentas acciones contra la población civil: el 12 de febrero se perpetró una masacre en la aldea Pacoj, y el 26 de marzo un segundo batallón militar incursionó en Cruz Nueva.
Tay detalló que, en los últimos días de la gestión de Lucas García entre el 18 y 19 de marzo de 1982, las fuerzas armadas masacraron a 352 personas en el área del río Pixcayá; un grupo compuesto por hombres, mujeres y niños que intentaban huir de la represión militar.

José Silvio Tay explicó que el general Benedicto Lucas García supervisaba personalmente el avance de las operaciones militares sobre el terreno
Un legado para garantizar la no repetición
Este acto conmemorativo es una pieza fundamental de la memoria histórica de Guatemala. Su propósito es dejar un legado a las nuevas generaciones para que conozcan la verdad sobre los actos atroces cometidos en el pasado. Para la Asociación, mantener viva esta historia es el paso más importante para garantizar que esta tragedia nunca más se vuelva a repetir.
Hoy, el silencio ensordecedor que por décadas impuso el miedo en Pacoj ha sido reemplazado por los rezos compartidos, el reencuentro de las familias y la certeza de un descanso digno. Atrás quedaron los tiempos del desplazamiento forzado en las montañas, del hambre y de la dolorosa incertidumbre de no tener un lugar donde llorar a los ausentes. Al resguardar los restos de sus seres queridos en un espacio sagrado, la comunidad no solo cierra un ciclo de duelo postergado; también abre una ventana a la esperanza. En palabras de doña Desideria, hoy las familias finalmente pueden sentarse a la mesa juntas, compartir y recordar, resguardando en el corazón de Chimaltenango la memoria viva de quienes nunca debieron partir.



