Ver de lejos*

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Héctor Silva Ávalos

A quien no nació en Panamá o tiene alguna conexión vital con ese país, el único del istmo cuya selección clasificó, le va a tocar, como a mí, ver de lejos el Mundial de 2026. Yo, que soy salvadoreño, llevó viéndolos de lejos desde que recuerdo. No es que no los disfrute o que pase de largo por esas semanas que, cada cuatro años, rompen la rutina en forma de futbol. Los veo de lejos porque no tengo, en realidad, camiseta propia que vestir. Era muy pequeño cuando España 82 y solo tengo recuerdos parchados. Vivía entonces en Nicaragua el primer exilio político de mi familia y apenas me enteré de la vergüenza nacional, aquel 10 a 1 que Hungría le metió a El Salvador en Elche.

Les pasa igual a mis amigos y colegas de Guatemala, cuya selección nunca se ha clasificado a una Copa del Mundo, y un poco menos a los de Honduras, que ya vieron a su equipo ir a tres mundiales y, quizá más importante desde el lente futbolero centroamericano, también saben qué es ganarle a México en el Azteca. Al final, todos los aficionados del norte centroamericano vemos, casi siempre, de lejos. Así nos tocará, otra vez, a partir del próximo 11 de junio, cuando inicie, justo en el estadio mexicano, la cita de este año. Pero no importa ver de lejos: el futbol, en estos días y desde hace mucho, también es posible sentirlo desde la tele.

No importa ver de lejos.

La televisión lleva medio siglo trayendo el futbol internacional a Centroamérica con transmisiones de mundiales y de las principales ligas europeas. Eso nos permitió, a falta de futbol competitivo propio, tejer nuestras historias de hinchas alrededor de equipos que juegan de local en barrios de Londres, Munich o Nápoles, de equipos grandes que se convirtieron en multinacionales del entretenimiento, como el Real Madrid, el Barcelona o el PSG, o de selecciones a las que nos hicimos aficionados por carambolas del destino, por moda, porque nos gustó el diseño del uniforme o porque alguien nos contó que tenemos un tatarabuelo español o italiano. 

No es que nos faltaran simpatías locales ni que a la mayoría el amor incondicional por unos colores u otros nos haya nacido lejos del sitio en que nacimos, es que en Centroamérica convivimos casi siempre, en materia de futbol, con la mediocridad. Nos nace un jugador de verdad bueno cada medio siglo -el Mágico González en El Salvador, Keylor Navas en Costa Rica y poco más. Nuestros clubes son, casi todos, equipos armados a medias que apenas resisten competiciones internacionales y que, con el paso de los años y a pesar de algunos intentos por profesionalizarse, casi nunca valen lo que cobran por la entrada.

Soy, como el cronista inglés Nick Hornby -hincha insufrible del Arsenal de Londres-, fiel creyente de esa máxima según la cual el futbol más bello es el que se sufre domingo a domingo. Y, como Sabina, fiel del Atlético de Madrid, compro con gusto todos los sentimientos que rodean al equipo que siempre viene de atrás. Pero también compro esto: el buen equipo es el que lo deja todo en la grama, todo aunque sea malo; y los buenos jugadores son lo que no paran de correr, de patear, de intentar. Mi equipo salvadoreño, el Águila de San Miguel, lleva años sin hacer eso, igual que la selección de mi país; por eso dejé de verlos hace tiempo, no por malos, sino por dejados, por holgazanes y, encima, agrandados. Como escuché gritar a un hincha salvadoreño en un estadio de Baltimore cuando la selección centroamericana perdía 4-0 ante sus rivales de turno: se les perdona lo malos, pero no lo huevones.

Hornby escribió un libro, Fiebre en las gradas“Fever Pitch” en inglés-, que es un relato intenso sobre el futbol como agonía vital y como metáfora de las agonías más reales, las que nos atacan fuera del estadio. Dice este inglés que el amor por los colores nace, casi siempre, de una conexión personal, la del niño que resuelve los domingos en la grada los pendientes con su padre, la de los jóvenes que encuentran desahogo al sumarse al grito de miles y logran, así, desfogarse sin dañar demasiado al entorno. Sin el futbol, nos propone Hornby, muchos seríamos huérfanos. Puede sonar a exageración, pero no lo es; lo he visto y lo viví en algunos momentos.

También es cierto que cuando el juego es mediocre y descorazonado, el futbol puede convertirse en una metáfora desesperanzadora.

Cuando los equipos son tan malos, o cuando se sumen en rachas interminables de mediocridad, quienes por nacionalidad o cercanía hinchamos por ellos estamos para siempre condenados a entender el futbol, al menos el más cercano, como una cruel referencia a nuestros países. Hornby lo escribe así: “Casi siempre quería que el Arsenal me mostrara que las cosas no permanecen tan mal por siempre, que era posible cambiar los patrones, que las rachas de derrotas no suelen durar. Arsenal, sin embargo, tenía otras ideas: más bien parecía que el equipo quería mostrarme que los bajones podían, en efecto, ser permanentes, que algunas gentes, algunos clubs -yo agregaría algunos países- simplemente no pueden encontrar formas de salirse de los cuartos en los que se han encerrado”.

Pero el futbol también puede ser la rebelión necesaria para salir de los encierros. O puede ser, al menos, la rebelión de la alegría efímera en un mundo del que se han adueñado sátrapas racistas, dictadorzuelos mesiánicos, capitalistas enloquecidos, matones genocidas y otras especies de pandillas criminales empeñadas en gobernar desde el terror y el abuso.

Veo los videos previos al arranque del Mundial 2026 y encuentro motivos para la sonrisa y la rebelión. Como el juego amistoso que Haití le ganó a Nueva Zelanda en un estadio de Miami al que llegaron 10,000 haitianos buscando en el futbol las alegrías que no encuentran en el país devastado que dejaron atrás. Como la selección de Irán cargando mochilas escolares en recuerdo de las niñas asesinadas por las bombas estadounidenses de Trump. O como la certeza del mestizaje que domina las sociedades europeas, reflejado en selecciones nacionales de Francia, Inglaterra, España, Bélgica, Suecia.

Las ventanas que abre el futbol en un Mundial son muchas y variadas. La del dinero, por supuesto, que será obscena en este que se viene; las de la política, por las que seguro Trump querrá colarse a riesgo de ser abucheado en algún estadio; y las sociales, que son las que se abren hacia los cuartos donde habitan las historias más tristes, pero también las más entrañables. Todo eso se abrirá el 11 de junio cuando suene el pitazo inicial de la Copa del Mundo 2026. El planeta estará atento; también quienes, a falta de selecciones y futbol decente, seguimos viendo de lejos.

*Esta es la primera de una serie que el periodista Héctor Silva Ávalos escribirá durante el Mundial México-Estados Unidos-Canadá. Va sobre futbol, estadios, anécdotas y periodismo.

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