Cuba

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

La casa de mi infancia estaba en la amarilla esquina entre la Avenida Santa Cecilia y la 26 calle de la zona 8. Muchas cosas pasaron en ese entronque mágico. Entre ellas: largas tardes de juego de pelota sobre un piso de tierra, cuando la ciudad no se había convertido en un infierno de tráfico; navegación azarosa de barquitos de papel en los ríos que se formaban con las gamonales lluvias de mayo; la marea de manifestantes que escapaban de la policía en las protestas contra el gobierno; el asesinato de un muchacho, culpable de no dejar dormir la siesta al propietario de la tienda “La Casa Verde”; el paso mastodóntico de la estatua del Sagrado Corazón de Jesús, descuartizada en varios camiones de carga, antes de ser erigida en la Basílica de ese nombre. También: la visión cotidiana de los estallidos de lava en el Volcán de Pacaya, visible en noches telúricas de naranja y rojo. La casa estaba en la parte más alta de la Santa Cecilia. La colina descendía, a través de la cuadrícula de sus calles, hasta el mercado de la Terminal, a donde llegaban los autobuses de todo el país. Muchas veces, subían, de la Terminal hasta la cumbre de la avenida, carromatos llenos de verdura y fruta. En la parte de adelante, tiraba del vehículo un hombre agobiado que, cuando llegaba a la parte más alta, iba desfigurado por el esfuerzo. Parecía más cansado que los Cristos azotados de las procesiones de Semana Santa. Atrás, lo ayudaban con sus escasas fuerzas, la esposa y varios chiquillos, también ellos extenuados, cireneos inconscientes, que acezaban y pujaban en el empuje del carro. El cuadro era dramático y cotidiano. Era la viva imagen de la miseria del país. Muchas veces, cuando esto pasaba, nuestro padre nos llamaba y nos señalaba el devastado grupo familiar. No decía más que una frase: “¡Esto justifica el comunismo!”. Aunque no era comunista. La exasperación de su conciencia lo hacía evocar el extremo más prohibido y perseguido en el país.

No hay país de América Latina que no tenga ejemplos semejantes. A lo largo de su geografía, desde el Río Bravo hasta los extremos de la Tierra del Fuego. A lo largo de su historia, poblada de oligarquías, dictadores, déspotas y caciques. A lo largo de sus rebeliones, puntualmente ahogadas en sangre. Los regímenes liberales, a finales del siglo XIX, invocaban los ideales de la Revolución Francesa. Bajo el apadrinamiento de Diderot, Voltaire e Montesquieu, diferentes líderes iluminados abatieron a los regímenes conservadores, con modalidades diferentes, según el país. Las intenciones de los liberales eran excelentes: llevar el progreso material a sus países, de modo que la población tuviera una vida mejor. Fue allí, en ese punto preciso, donde se chocaron contra una pared erigida desde los tiempos de la colonia: la distribución de la riqueza. La herencia histórica contemplaba una situación que se puede resumir en una frase muy simple: toda la fortuna de un país concentrada en pocas manos. Una inmensa mayoría de pobres al servicio de un círculo cerrado de ricos. Si las reformas liberales latinoamericanas hubieran atacado esa situación, habrían cambiado el rostro de América Latina. En cambio, se quedaron con el aspecto más superficial de la modernidad: trenes, automóviles, telégrafos, bulevares. Los ricos siguieron siendo ricos; los pobres siguieron cultivando su pobreza. Como sucedió desde la época de colonia, el único medio para mantener el agobio de la población era la represión, el autoritarismo, el despotismo. En efecto, la gran paradoja liberal era que, desde su nacimiento, ese sistema se basaba en el ejercicio de la democracia. En América Latina, para mantener el estatus de los grandes ricos, el liberalismo condujo a las dictaduras. Larga y pintoresca, pero también sangrienta, es la lista de los sátrapas: Porfirio Díaz, Manuel Estrada Cabrera, Portales, el Doctor Francia y tantos otros. 

Al mismo tiempo, por si no bastara el azote de las dictaduras, los Estados Unidos asumieron su dimensión imperial. Es probable que la vuelta de tuerca la haya dado la Guerra de Independencia que Cuba sostuvo contra España. Lo cierto es que, bajo el pretexto de un atentado terrorista (nada nuevo bajo el sol), los Estados Unidos intervinieron en Cuba contra España y en poco tiempo sometieron al ejército colonial. La Independencia de Cuba la firmaron los norteamericanos. Muchos años antes, ante la pretensión europea de atacar las costas venezolanas para cobrar una deuda estatal, el presidente James Monroe había proclamado la doctrina que lleva su nombre, según la cual solo los Estados Unidos pueden intervenir militarmente en un país de América Latina. Años más tarde, la enmienda Platt a esa doctrina autorizaba tal intervención. De allí en adelante, las invasiones norteamericanas en los países de América Latina son muchísimas: Panamá, Nicaragua, República Dominicana, Guatemala, la famigerada Operación Cóndor, y tantos otros casos. En Nicaragua, a partir de 1912, los norteamericanos entraban y salían como Pedro por su casa, al punto que tenían una guarnición permanente de marines estacionada en el país. En el Cono Sur, patrocinaron, con la operación Cóndor, una de las operaciones represivas más sangrientas y crueles de nuestra historia. El derrocamiento del Presidente Allende, en Chile, fue una de las afrentas más humillantes sufridas por los latinoamericanos. Es muy citada la frase de Franklin D. Roosevelt, referida sea al apoyo al dictador  Somoza que al cinismo de la política imperial: “Él es un hijo de mala madre… ¡pero es nuestro!”.

Y, sin embargo, mientras la geopolítica convertía a la región en tablero de ajedrez, Cuba ya ocupaba otro lugar en nuestra vida cotidiana: no como base militar ni casino de lujo, sino como una de las grandes fábricas de cultura del mundo hispánico. Quizá por eso, el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, tuvo un significado y un peso simbólico que dura todavía hasta hoy. Esa isla ha tenido un lugar especial en el imaginario hispánico. De allí salieron las principales expediciones de exploración de América. Durante la colonia española, se consolidó una cultura hispánica arraigada y profunda que le ganó el mote de “Perla de las Antillas” y era considerada, por su belleza y riqueza, la joya de la Corona. En efecto, Cuba ha tenido una relación especial con España, desde siempre, más que otros países latinoamericanos. Al componente hispánico habría que agregar el criollo y, no menos importante, la cultura africana transportada por los esclavos de los ingenios. Todo desembocó en una potente cultura en todos los aspectos: una gran literatura, a partir de José Martí hasta llegar a Guillermo Cabrera Infante y otros; una gran creación musical, de gran influjo en todo el continente; una poderosa difusión radial y televisiva, con programas de variedad y telenovelas que se difundían en toda América. Cuba fue, sin discusión, uno de los grandes centros de la cultura hispanoamericana. Había una gran diferencia entre la perspectiva norteamericana y la perspectiva latina: para los primeros, Cuba eran playas, casinos y burdeles; para los segundos, era Julián del Casal, José Lezama Lima, y también, Olga Guillot, los boleros, el merengue y las telenovelas. Lo que la revolución cubana representó para otros países latinoamericanos se basa en aquella solidez; fue, en su momento, una esperanza de liberación de la sumisión respecto de los Estados Unidos. La discusión sobre la validez del socialismo tropical sería tema de otro diálogo. Trato, aquí, de explicar que la percepción de Cuba, en América Latina, es diferente a la percepción desde fuera del continente. Cuba fue, primero, un símbolo de desarrollo cultural mestizo. Luego, símbolo de esperanza. Como todos los símbolos, sobrevive a las realidades contingentes. Hay una gran simpatía continental hacia Cuba y los cubanos. Solo puede esperarse que superen, ellos mismos, las dificultades que están enfrentando, sin necesidad de añadir, a la lista de humillaciones y oprobios, una invasión norteamericana más. Que no haya más carromatos de pesadilla, tirados por familias de miserables, ni sueños abatidos en nombre del realismo político.

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