La celebración a la Virgen de Candelaria, una tradición con más de 100 años en Palencia

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Créditos: Daniel Lemus

La fiesta de la Virgen de Candelaria condensa más de un siglo de devoción y organización comunitaria en el caserío Las Cofradías de Palencia, Guatemala. Entre relatos del común, cambios en la espiritualidad y memorias del territorio, la celebración reúne familias fundadoras, mayordomías vecinas y una jornada festiva marcada por cortesías, juegos y música.

Por Wellinton Osorio

En el caserío Las Cofradías, en la aldea Sansur del municipio de Palencia, la fiesta patronal en honor a la Virgen de Candelaria no es únicamente una celebración religiosa, es también una condensación de memoria, territorio y formas propias de organización comunitaria que han sobrevivido a lo largo de generaciones. La historia de la comunidad, según la memoria de las vecinas y vecinos, antecede a la construcción de la primera iglesia y al propio reconocimiento administrativo de la comunidad como caserío.

Mayordomías y sus patronos realizan las cortesías a la imagen de la Virgen de Candelaria. Foto de Wellinton Osorio

Don Leonicio Cruz Catalán, vecino de Las Cofradías, resume esa continuidad con una precisión que marca distancia entre experiencia y herencia: “Esto yo no le voy a decir que lo viví, yo lo escuché con mi papá, con mi abuelo”. Su testimonio permite reconstruir el origen del nombre de la aldea y el sentido profundo de las cofradías, no como una figura exclusivamente religiosa, sino como una forma de organización comunitaria.

El común, la cofradía y el nombre de la comunidad

Según don Leonicio, en los primeros tiempos el territorio funcionaba como un espacio comunal. Al concluir la cosecha de maíz, frijol y ayotes, las familias se reunían en una joya (un plan) ubicada al pie de tres elevaciones naturales que se levantan juntas y se conectan de forma directa con el cerro del Pirirí, hoy conocido como cerro de la Santa Cruz. Desde abajo, el conjunto parece un solo cerro, aunque en realidad son tres lomas continuas. En esta zona abunda el palo de pito y el bosque se cubre de musgo y pashte, que en cierta época del año le da a las laderas un tono blanquecino, como si estuvieran cubiertas de canas. Entre el sol y la neblina se forma un velo que rodea los cerros y desdibuja sus contornos, mientras en sus faldas aún se conserva una parte importante de bosque nativo.

En ese plan amplio, las personas juntaban su cosecha, preparaban comida, compartían entre todos y celebraban con música, principalmente marimba. En este espacio se reunían las cofradías y sus santos patronos provenientes de Mataquescuintla y Palencia, y con el paso del tiempo el lugar comenzó a ser conocido como Las Cofradías. La cofradía nombraba así el lugar donde se hacía la comida, se cerraba la cosecha y se celebraba en comunidad.

Cerros de Las Cofradías, símbolo de la identidad palenciana. Al pie de los cerros se celebraba el común en la época de cosecha, entre cofradías de Mataquescuintla y Palencia. Foto de Wellinton Osorio

Familias fundadoras y la Virgen de Candelaria

La comunidad, recuerda don Leonicio, fue durante años un asentamiento pequeño. En el área donde hoy se levanta la aldea vivían únicamente tres familias: la de don Candelario, la de don Julián Ramos y la de don Jesús Cruz, padre de don Leonicio. En la casa de don Julián Ramos se resguardaba una imagen de la Virgen de Candelaria que ya entonces se celebraba cada 2 de febrero.

Según el testimonio de don Leonicio, no existe un registro escrito que permita precisar cuándo inició el rezado en honor a la Virgen; sin embargo, por lo que contaban los abuelos, esta celebración tiene más de 100 años de realizarse de manera continua. Esa imagen, heredada por generaciones, es la misma que hoy se reconoce como patrona de la comunidad.

La continuidad de la devoción se confirmó recientemente. Cuando en noviembre de 2021 se celebró por primera vez una eucaristía en la aldea, el sacerdote preguntó cuál era la imagen más conocida y venerada por la comunidad. La respuesta fue unánime: la Virgen de Candelaria. “No fue algo nuevo —explica don Leonicio—, ella se celebraba desde mucho tiempo atrás, desde el tiempo de don Julián y mucho antes”.

Don Leonicio Cruz Catalán sostiene a la Virgen de Candelaria, la imagen que ha sido resguardada por la comunidad desde hace más de 100 años. Foto de Wellinton Osorio

Cambios en la forma de celebrar

La forma de celebrar, sin embargo, ha cambiado con los años. Cruz Catalán recuerda que, durante buena parte del siglo XX, el rezado se hacía de manera familiar y estaba acompañado de comida preparada con gallinas de patio, tamales y música para bailar, era una fiesta. El consumo de alcohol era común y no faltaban los conflictos. “Antes se tomaba bastante, hasta peleaban con machete en la fiesta”, relata. Esa etapa comenzó a transformarse a partir de 1981, con la llegada del movimiento de Renovación Carismática.

Desde entonces, explica, la comunidad reorganizó su vida espiritual, surgieron grupos de oración, se sustituyó la música de baile por alabanzas y se fortaleció una práctica religiosa más centrada en la oración. La devoción a la Virgen no desapareció, pero la fiesta cambió de forma. “La Virgen se siguió celebrando —dice—, pero ya no como antes”.

Vista aérea de la casa de la cofradía, durante el almuerzo del domingo 1 de febrero. Foto de Wellinton Osorio

Relatos del territorio, la serpiente y el agua

La historia del territorio aparece también atravesada por relatos que explican los cambios en el paisaje. Uno de los más persistentes es el de la gran serpiente que, según la memoria comunitaria, bajó del cerro del Pirirí, atravesó las peñas y cayó al río de los Vados. Don Leonicio tenía alrededor de diez años cuando escuchó el relato por primera vez. Aunque insiste en que no la vio, recuerda que mucha gente fue a buscar el lugar donde había caído y que el paso de la serpiente se asocia a hundimientos, temblores y despeños en el terreno.

Este relato no es exclusivo de Las Cofradías. Versiones similares circulan en comunidades de Jalapa, Santa Rosa y San Antonio La Paz, lo que sugiere una memoria territorial compartida. En la interpretación comunitaria, estas serpientes no pueden permanecer: “Dicen que Dios no las permite, que las mata con rayo”, señala Cruz Catalán. Más allá de lo literal, la historia funciona como una explicación colectiva de los movimientos de la tierra y de los cambios abruptos en el paisaje.

Algo similar ocurre con el agua. La comunidad recuerda un tiempo en el que abundaban los pozos y nacimientos, con fuentes visibles y agua cristalina. Había pozos en distintos puntos del territorio y uno de uso comunal cerca de la escuela, del que se abastecen las familias. Dos hechos marcaron un quiebre: la tala progresiva de árboles y el terremoto de 1976. “Muchas fuentes se hundieron y otras aparecieron en otros lados”, explica Cruz Catalán. Desde entonces, el acceso al agua se volvió más limitado.

Amanecer en el caserío Las Cofradías, de la Sansur, Palencia. Foto de Wellinton Osorio

Del común a la organización comunitaria

La transformación también alcanzó la forma de ocupar la tierra. Antes, los terrenos eran comunales y el ganado se soltaba libremente después de la cosecha. A partir de los años ochenta y noventa, esa lógica comenzó a cambiar. “Cada quien fue amurallando”, recuerda, y el común fue cediendo espacio a la propiedad individual. El café se extendió como cultivo y la relación con el territorio se reorganizó.

En las últimas décadas, la comunidad ha fortalecido su organización comunitaria. La escuela fue construida en 2007, después de años en los que niñas y niños debían desplazarse hasta la aldea Yerbabuena para estudiar. Más adelante, con apoyo de Cáritas, se levantó un centro comunitario que hoy funciona como espacio para reuniones, almacenamiento de víveres y jornadas médicas. En estos procesos ha sido central el papel de las formas de organización articuladas en torno a la Iglesia católica, que no solo han sostenido la vida espiritual, sino que también han asumido funciones de representación y gestión local. Desde estos espacios, integrantes de la mayordomía han cumplido roles propios del Concejo Comunitario de Desarrollo (COCODE) y comités comunitarios, además de realizar gestiones ante distintas instituciones para el desarrollo de la comunidad.

Don Juan Ramos, mayordomo principal y don Nicolas Ramos. Al fondo los cerros de Las Cofradías. Foto de Wellinton Osorio

En este contexto, don Juan Ramos, mayordomo principal de la cofradía de la Virgen de Candelaria, y don Nicolás Ramos, también mayordomo, lideran actualmente los esfuerzos para la construcción de la Iglesia católica en la comunidad. De manera paralela, impulsan la gestión de espacios comunitarios orientados a que jóvenes de Las Cofradías puedan aprender artes y música; y a fortalecer, desde la formación cultural, los procesos de organización comunitaria y participación local.

La fiesta patronal de la Virgen de Candelaria

La fiesta patronal de la Virgen de Candelaria reúne todas estas capas de historia. En ella conviven la memoria del común, las familias fundadoras —los Ramos y los Cruz—, la transformación espiritual iniciada en los años ochenta y los esfuerzos recientes por fortalecer la vida comunitaria. Celebrar a la Virgen no es solo un acto religioso, es una forma de afirmar la continuidad de la comunidad frente a las pérdidas, los cambios y las rupturas que han marcado a la Montaña de Palencia, un municipio situado en el departamento de Guatemala. En Las Cofradías, el nombre del lugar sigue diciendo de dónde viene la gente y cómo aprendió a reunirse.

Mayordomía de la Virgen de Candelaria, caserío Las Cofradías, Palencia. Foto de Daniel Lemus

Este año, las celebraciones se iniciaron semanas antes del 2 de febrero. Primero se realizaron las elecciones y coronaciones de las reinas de la feria, luego vinieron los días de preparación para recibir a las decenas de personas que acompañarán a la comunidad durante las jornadas festivas. El domingo 1 de febrero de 2025 comenzaron las actividades principales con el recibimiento de las mayordomías vecinas: la de la Divina Pastora de Sansur, la de San Juan Apóstol de la aldea La Yerbabuena, la del Niño de Praga de la aldea Plan Grande y la de la Virgen de Guadalupe de La Yerbabuena.

El sol apenas ascendía por los cerros de Las Cofradías y el frío todavía helaba la mañana, pero en la comunidad ya decenas de personas caminaban hacia la casa de la cofradía. En la vivienda de don Juan Ramos, mayordomo principal, el día había comenzado desde la noche anterior. Varias mujeres, guardianas del fogón y de las tradiciones, elaboraban los adornos y preparaban el atol de cofradía, un atol espeso de harina de pan y arroz que solo se cocina para estas fechas. Conforme avanzaba la mañana, la casa empezaba a llenarse de visitantes. Mujeres y hombres cortaban la carne, preparaban el recado y cocinaban los alimentos que nutrirán a las mayordomías visitantes y a las personas que las acompañan.

Capitanas preparan los alimentos para las mayordomías visitantes. Foto de Maylin Hernández
Guardianas del fogón, mujeres que resguardan las recetas y conocimientos de la comunidad. Foto de Maylin Hernández

Unos metros más arriba de la casa de la cofradía, un coro comenzó las pruebas de sonido. Poco a poco, la gente comenzó a ocupar el corredor donde tendría lugar el recibimiento de las cofradías visitantes. La primera en llegar fue la mayordomía de la Divina Pastora. capitanas y mayordomos descendieron de un vehículo de doble tracción y sobre los hombros, bajaron a su santa patrona. A medida que avanzaban hacia la casa de la bienvenida, el espacio empezó a transformarse. Después ingresaron la cofradía de San Juan Apóstol, la del Niño de Praga y la de la Virgen de Guadalupe. El coro arrancó con una cumbia de bienvenida y los verdes profundos, los morados encendidos, los rojos y amarillos que cubrían las andas, las flores, las gabachas, los delantales y las vainas de los machetes parecieron desprenderse de los cuerpos y de los objetos. El color se expandió, ocupó el aire y se adueñó del lugar. La casa se llenó de una magia espesa que no se mira, se respira.

Mayordomías visitantes ingresan a la casa de bienvenida. Foto de Maylin Hernández

Al mediodía, la bienvenida de las cofradías continuaba. Todas las personas fueron invitadas a la casa de la cofradía para compartir el almuerzo. Las mesas se llenaron y el movimiento era constante: una persona se levantaba y otra ocupaba su lugar. El tradicional caldo de res, acompañado de tortillas recién salidas del comal, aportaba la energía necesaria para el resto de la jornada.

Poco después, las bombas comenzaron a hacer eco en el cielo. Era el momento de acompañar a la Virgen de Candelaria. El recorrido comenzó por las calles de la comunidad, encabezado por la mayordomía local, que asumió la responsabilidad de guiar la procesión dentro de su propio territorio. La banda de vientos y percusiones marcaba el ritmo mientras las personas avanzaban por la calle principal. Primero, la mayordomía de la Virgen de Candelaria se dirigió a la casa donde se había dado la bienvenida a las cofradías visitantes, luego, el recorrido continuó de regreso hasta el campo de la comunidad.

La Mayordomía de la Virgen de Candelaria hace su recorrido por las calles del caserío Las Cofradías. Foto de Maylin Hernández

En el centro del campo se erguía un palo alto del que colgaban flecos largos de colores morado, verde y blanco. Aunque se trataba del tradicional palo encebado, en ese momento cumplía otra función: servir de punto de encuentro para que las mayordomías, junto a sus santos patronos, realizarán las cortesías de bienvenida. Al ritmo de la banda, una a una las mayordomías, acompañadas por sus capitanas y mayordomos, tomaban sus banderas y comenzaban a bailar en un acto coordinado que implicaba moverlas al compás de la música, inclinar el cuerpo y abrir paso a la imagen del santo patrono. De lado a lado del campo, avanzaban hasta encontrarse. Entonces levantaban las banderas y dejaban el espacio para que los santos “se saludaran”. Cada santo visitante realizaba dos rondas de cortesías, que la mayordomía local debía repetir con cada imagen.

El campo, que antes era solo tierra suelta, se llenó de colores. Las banderas ondeaban y las personas aplaudían al finalizar cada ronda de cortesías. Concluido el ritual de bienvenida, los santos regresaron a la iglesia, donde permanecerían hasta el día del común y de la procesión principal. El campo, sin embargo, no quedó en silencio.

Vista aérea de las cortesías de bienvenida durante la fiesta patronal de la Virgen de Candelaria. Foto de Wellinton Osorio
Cortesías de la virgen de Candelaria. Foto de Maylin Hernández

Más personas comenzaron a llegar y los niños empezaron a correr. Era el momento de la tradicional carrera de encostalados. Durante días habían esperado esta actividad y algunos se habían preparado en las tardes previas, usando costales vacíos —de los que se emplean para empacar güisquiles— para correr por los patios de tierra. Por una bocina se anunció la competencia. Los niños hicieron fila, recibieron sus costales, se prepararon y, con la señal de salida, comenzaron a correr. Risas, gritos y aplausos acompañaron la escena. Algunos cayeron al suelo, se levantaron y siguieron. El premio era en efectivo. Al cruzar la meta, un niño saltó de alegría, aunque ganó, anunció que el premio sería para todos. Luego volvieron a correr juntos, esta vez rumbo a la tienda. “¡Yo invito las aguas, muchá!”, gritó mientras se alejaban del campo.

El turno del palo encebado

La tarde avanzaba hacia su final. El sol ya no se colaba entre las montañas y el frío empezaba a sentirse con más fuerza. Llegó entonces el turno del tradicional palo encebado. Un grupo de hombres rodeó el poste y se preparó para el desafío. El animador dio la señal y un joven fue el primero en intentar subir. Resbalaba, descendía y volvía a intentarlo con el apoyo del grupo. Pasaron varios minutos hasta que uno de ellos alcanzó el primer premio. En total eran cinco los premios en juego. La participación no fue individual: para alcanzarlos se formaron torres humanas, sosteniendo a una persona sobre los hombros. Los premios obtenidos no se guardaron, fueron compartidos con todas las personas presentes. El primer premio en efectivo fue entregado como ofrenda a la Virgen. El premio mayor desató aplausos y gritos, celebrados en común entre amigos y familiares.

Tradicional palo encebado durante la fiesta patronal en honor a la virgen de Candelaria. Foto de Wellinton Osorio

Con la caída de la noche, el campo quedó atrás. En la escuela de la comunidad comenzó a sonar una guitarra, luego el bajo y las percusiones. Las palmas acompañaron el ritmo. Para cerrar el primer día de la fiesta patronal, la mayordomía preparó un espacio para las juventudes de la comunidad: una fiesta con música que habla de las montañas, la tapisca, las historias de los abuelos y el común. La banda invitada para cerrar la jornada fue Los Espíritus del Cerro, un proyecto musical de la Montaña de Palencia integrado por jóvenes que, a través de la música, buscan rescatar y divulgar historias y conocimientos sobre la cultura e identidad del territorio.

El día terminó con palabras de agradecimiento. Don Nicolás Ramos reconoció la participación de la juventud que acompañó el primer día de celebración e invitó a la comunidad a sumarse a las actividades principales del 2 de febrero y a la despedida de las mayordomías, prevista para el martes 3. Así concluyó la primera jornada de celebraciones en uno de los reductos culturales del municipio de Palencia, una comunidad que, desde hace más de 100 años, celebra a la Virgen de Candelaria en armonía y en común.

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