Risas, magia y música llenaron el ambiente mientras decenas de niñas y niños corrían libres, persiguiendo burbujas y girando aros de hula-hula en comunidad. La escena ocurrió en el Festijuego, un festival artístico comunitario en El Salvador donde, por un día, la infancia tomó el centro del escenario para jugar sin miedo.
Por Glenda Alvarez
El pasado 10 de noviembre, el Cubo de la Colonia Zacamil, en Mejicanos, se convirtió en el escenario de una jornada llena de color, risas y reivindicación de derechos. FESTIJUEGO transformó este espacio público en un territorio libre para que la niñez jugara, creara y soñara, recuperando el sentido político del juego como un acto de libertad y comunidad.
Un festival que convirtió la ciudad en un parque para jugar
Festijuego es un festival artístico comunitario impulsado por el programa IMPULSAT, una iniciativa ejecutada en consorcio por FAD Juventud, FUNDASIL y Plataforma Global El Salvador, con el financiamiento de la Generalitat Valenciana. Este año, el festival transformó un espacio público de San Salvador en un colorido parque donde juegos, arte y sonrisas convivieron desde el amanecer.
Desde la apertura, las organizaciones socias recibieron con entusiasmo a las familias asistentes y presentaron una agenda llena de actividades pensadas para la niñez, la adolescencia y también para las personas adultas. Entre el bullicio festivo se desarrollaron espectáculos de payasos, funciones de títeres, ballet folclórico y actos de hula-hula, además de múltiples espacios donde las niñas y niños podían pintarse la cara, moldear arcilla, participar en talleres de títeres o de siembra de plantas y revivir juegos tradicionales salvadoreños.

Uno de los momentos más esperados de la mañana fue el espectáculo de títeres “El derecho a jugar”. A través de personajes divertidos y cercanos, se recordó que el juego es un derecho fundamental de toda la niñez, invitando también a madres, padres y cuidadores a sumarse y evocar los pasatiempos de su propia infancia. Entre risas, los títeres trajeron de vuelta juegos casi olvidados como el escondelero, la mica, el ladrón librado o el tentarro, provocando la emoción visible de muchos adultos que se reencontraron con memorias de su niñez.
Después de la función, una artista experta en hula-hula tomó el escenario y, con aros de todos los tamaños, realizó acrobacias que arrancaron aplausos continuos. Para alegría del público infantil, invitó a varios chicos y chicas a subir a la tarima para intentar algunos trucos. El ambiente se llenó de risas y gritos de emoción mientras los aros giraban torpemente en cinturas pequeñas, acompañados de los ánimos de madres y padres desde el público.
Más tarde, el sonido suave de un xilófono marcó el inicio de la narración de cuentos cortos, dramatizados con gestos y canciones que retrataban vivencias de la niñez salvadoreña. Cada historia, construida para ser comprensible y amena, provocó carcajadas tanto en los más pequeños como en los adultos presentes.
Para cerrar la jornada matutina llegó la magia. Un mago tomó el escenario y presentó trucos clásicos: hizo aparecer una paloma blanca desde un dibujo, produjo fuego entre sus manos, extrajo ramos de flores de un bastón vacío y creó nubecitas de espuma sobre la tarima. Las niñas y niños observaban fascinados, con los ojos muy abiertos, hasta que varios fueron llamados a participar en los actos finales.
En pocos minutos, la tarima se llenó de pequeños voluntarios jugando con burbujas y espuma, desbordando una alegría colectiva que se extendió entre familias enteras. Tras los últimos aplausos, las organizaciones anunciaron un receso para compartir un refrigerio y permitir que todos recargaran energías antes de continuar con las actividades programadas para la tarde.

Tradición, arte y comunidad en la tarde de juegos
Repuestas las fuerzas, la segunda parte del Festijuego inició con un acto vibrante de tambores. Sobre el escenario se dispusieron varios instrumentos de percusión y los facilitadores invitaron a la niñez a subir y tocar al ritmo de su corazón. La invitación también alcanzó a jóvenes y personas adultas, transformando la tarima en un gran círculo musical donde distintas generaciones compartieron un mismo pulso.
El estruendo de los tambores marcó el ambiente del festival, con ritmos rápidos y lentos, golpes fuertes y suaves, y cada participante encontrando su propia forma de expresarse, recuerda Cristina Grande, artista participante. Con la guía de los instructores, niñas y niños tomaron turnos para descubrir un sonido propio y luego unieron esas voces en una batucada alegre. El público celebró cada intento con aplausos que llenaron de orgullo a los pequeños músicos.
Al finalizar el acto de tambores, un conteo regresivo anunció uno de los momentos más simbólicos de la tarde: el lanzamiento de globos que ascendieron mientras niños y niñas saltaban y aplaudían emocionados. La atmósfera festiva acompañó cada color que subía al cielo.
Como cierre de la jornada vespertina, un ballet folclórico ocupó el escenario. Un grupo de jóvenes interpretó danzas tradicionales salvadoreñas con trajes coloridos y movimientos enérgicos que despertaron el orgullo cultural del público. Al finalizar, las organizaciones agradecieron la participación de las familias y recordaron el mensaje que guio toda la celebración: jugar es un derecho que toda persona debe poder disfrutar.

El valor de jugar, emociones y legado
Para Cristina Grande, actriz y promotora cultural, experiencias como Festijuego representan algo más que entretenimiento. Ella destaca la emoción que surge cuando varias generaciones se reúnen para jugar, desde abuelas y padres hasta jóvenes y niños. La energía de esas rondas y los juegos tradicionales crea una conexión afectiva que une a toda la comunidad.
En una época donde predominan las pantallas y el entretenimiento digital, Grande señala la importancia de crear espacios donde las personas puedan correr, reír e imaginar de manera presencial. No se trata de rechazar lo moderno, sino de acompañar a las nuevas infancias y ofrecer opciones que permitan experimentar el juego colectivo, que fomenta valores, fortalece el cuerpo y deja recuerdos duraderos.
Especialistas en desarrollo infantil explican que el juego en comunidad fortalece la autoestima, los lazos familiares y contribuye a sanar el tejido social en lugares afectados por el estrés y la desconfianza. UNICEF ha señalado que los cambios urbanos y la violencia han reducido los espacios seguros para el ocio. Ante este escenario, iniciativas como Festijuego buscan recuperar los espacios públicos y demostrar que aún es posible devolver la risa y la creatividad a las calles.

Jugar también es un derecho fundamental
“Festijuego nos permitió poner a la niñez en el centro, recordándonos que su bienestar también pasa por poder jugar en espacios seguros”, explica Aitana Martos, coordinadora de proyectos de Fad Juventud en El Salvador. El encuentro evidenció cómo, en muchas comunidades, el miedo, la violencia y la falta de espacios adecuados han reducido las posibilidades de juego cotidiano.
Décadas de violencia comunitaria, junto a una visión adultocéntrica que privilegia la disciplina o el trabajo, han restringido la libertad con que niñas y niños juegan. La pobreza y la ausencia de parques o centros comunitarios seguros agravan la situación: en muchos barrios, la niñez no tiene dónde simplemente ser niñez.
Ante este panorama, es importante recordar que jugar no es un pasatiempo, sino un derecho. La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce en su artículo 31 el derecho al descanso, al juego y al esparcimiento, subrayando que estas actividades son parte integral de la infancia.
Organismos como UNICEF y UNESCO insisten en que el juego estimula la creatividad, la resiliencia y el aprendizaje. UNICEF destaca que el tiempo de juego permite adquirir competencias esenciales, mientras que UNESCO señala que favorece la innovación y la convivencia pacífica. Sin embargo, este derecho sigue quedando relegado frente a otras urgencias, lo que se refleja en poca inversión y normativas débiles para garantizarlo.

Hacia una cultura del juego y la paz
Festijuego no terminó con la despedida del sol: sus organizadores también llevaron la reivindicación del juego al mundo digital. En paralelo al evento, se desarrolló una campaña en redes sociales para sensibilizar sobre la importancia de jugar, compartiendo videos animados y mensajes educativos bajo la consigna “#JugarEsUnDerecho”. Esta campaña, liderada por Plataforma Global El Salvador, buscó llegar a quienes no pudieron asistir físicamente, multiplicando el impacto del festival.

Fortalecer políticas públicas, redes comunitarias y acciones institucionales que garanticen el juego como derecho humano no es una tarea sencilla, pero sí indispensable. Como recoge la Convención de los Derechos del Niño, el juego es parte del desarrollo integral en condiciones de igualdad.
Cumplir con ese mandato requiere compromiso de todos los sectores. Festijuego, con su colorido y su magia, recuerda que el sonido de niños jugando libremente debería ser tan habitual como el canto de los pájaros al amanecer: una señal de que hay vida, esperanza y futuro en la comunidad.



