
El Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos reúnen en Guatemala las creencias católicas y las tradiciones ancestrales de los pueblos. En Saltán, Baja Verapaz, las visitas al cementerio, las ofrendas y la comida compartida mantienen vivos los vínculos familiares, incluso cuando algunas costumbres comienzan a desaparecer”.
Por Jorge Fernández
En Guatemala estas fechas se conocen oficialmente como Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos, y el nombre de ‘Día de Muertos’ se usa más en el lenguaje popular. Según el calendario católico, el uno de noviembre se recuerda a Todos los Santos, es decir, a todos los mártires y santos bautizados que no tienen una fecha específica en el calendario litúrgico. El dos de noviembre el calendario católico recuerda a los Fieles Difuntos, es decir, a quienes se encontraban en el purgatorio purificando sus pecados antes de entrar al cielo. La liturgia separa las dos fechas, en la práctica la gente no lo tiene propiamente presente, sino lo vive para no perder la memoria familiar.
Una de las tantas raíces de estas fiestas radica en la historia de la Iglesia Católica romana. Una investigación de la Universidad de Vanderbilt de los Estados Unidos, ubica el origen de la fecha cristiana en el siglo IX, cuando el papa Gregorio IV trasladó oficialmente la festividad de Todos los Santos al 1 de noviembre para coincidir con la época posterior a las cosechas en Europa occidental. La misma investigación señala que a finales del siglo X o a comienzos del XI, San Odilón de Cluny, en Francia, pidió a todos los monasterios cluniacenses que celebraran al día siguiente a todos los fieles difuntos esperando que lograran recibir la gracia divina. Difundida por la red de Cluny, esta práctica se extiende poco a poco a toda la iglesia latina y es el origen del dos de noviembre, día en que la iglesia reza por todos los difuntos.
La costumbre llegó a Guatemala con la colonización y se impuso sobre las creencias que ya existían. Deyvid Molina, investigador de Religiosidad Popular del Centro de Estudios de las Culturas de la Universidad de San Carlos (USAC), explica que la celebración actual llega con la invasión española y que en la Europa del siglo XVI ya se honraba a los muertos. Para él, estas fechas son producto del sincretismo que se configuró en una sociedad prehispánica que no dejó morir sus creencias originarias.
Molina señala que el uno de noviembre es el día de mayor movimiento en Guatemala porque la gente visita los cementerios, mientras que en México la fiesta más grande es el dos. En todo caso, el sentido de estas celebraciones muestra contrastes entre el enfoque cristiano y la herencia ancestral maya prehispánica.

Antes de los españoles
Los trabajos arqueológicos sobre los mayas describen una relación con los muertos que se vivía en la casa, todos los días. La investigadora Susan Gillespie de la Universidad de Florida explica que los mayas prehispánicos solían enterrar a sus muertos bajo los pisos o dentro de las plataformas de sus viviendas, una costumbre que se interpreta como parte de rituales y creencias de veneración de los ancestros. La arqueóloga estadounidense Patricia McAnany, en su estudio sobre el parentesco y el reinado en la sociedad maya antigua, relaciona esa veneración de los ancestros con el trabajo agrícola y con la herencia de las tierras, desde la época precolombina hasta la colonia.
Los cementerios aparecieron más tarde, hecho registrado en el estudio de entierros del Clásico Terminal y del Posclásico en la zona de Freshwater Creek, en Belice, donde la arqueóloga McAnany encontró que sus habitantes ya no vivían con los ancestros bajo los pisos de las casas, porque por primera vez se establecieron cementerios formales.
Entre los pueblos mayas de Guatemala sigue vigente el calendario sagrado, que lleva su propio conteo. No hay un día para los muertos y no hay una única celebación que recaiga en el uno de noviembre. El contador del tiempo, Nelson Tuyuc, explica que el día Ajmaq es el día de los abuelos que ya no están y el momento de pedir perdón por las faltas. Cada día Ajmaq se piensa y se habla con los abuelos que ya no están.
Entre los nahuas, los mexicas recordaban a sus muertos en dos veintenas del calendario civil. Miccailhuitontli, la “pequeña fiesta de los muertos,” se dedicaba a los niños, y Huey Miccailhuitl, la “gran fiesta de los muertos,” a los adultos. Las fechas dependen de quién haga la cuenta. Según el misionero español Bernardino de Sahagún, la primera caía del 12 al 31 de julio y la segunda del 1 al 20 de agosto, y según Diego Durán en El Códice Durán o Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, las celebraciones eran del 8 al 27 de agosto y del 28 de agosto al 16 de septiembre.
La revista Arqueología Mexicana, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), publicó otra correlación que ubica la primera fiesta del 5 al 24 de agosto y la segunda del 25 de agosto al 13 de septiembre. La misma revista agrega que en veintenas de fines de septiembre a noviembre también se recordaba y festejaba a los muertos en las tumbas. Con tanta variación, no conviene hablar de una coincidencia exacta con el uno y dos de noviembre dentro de las celebraciones de los pueblos prehispánicos, pero sí hay una correlación con los rituales, símbolos y espiritualidades de los pueblos americanos descendientes.

Las cabeceras fúnebres o altares de muerto
Lo que se conserva es la idea de que los muertos están allí, presentes, cerca, siempre. Esa idea alimenta ahora la tradición del uno de noviembre cuando se van a dejar las ofrendas y se colocan cabeceras en las tumbas en los cementerios. La palabra cabecera hace referencia al lugar donde se deja la ofrenda, que es el extremo de la tumba donde reposa la cabeza del difunto. Se cree que hay que llevarle al difunto lo que más amaba en vida, y que todo se coloca de ese lado para que, cuando regrese del más allá, pueda ver la ofrenda. Lo central de la práctica es comer en el cementerio y compartir con quienes ya no están físicamente.
Detrás de ese gesto hay una idea de cuidado, de fraternidad y de deber que trasciende el velo de la vida y la muerte y mantiene los vínculos familiares y ancestrales. Deyvid Molina señala que en las culturas existe, en general, la creencia en una vida después de la muerte, y que por eso hay que honrar a los difuntos y no olvidarlos. También explica por qué se repiten ciertos platillos. Se cocinan conservas, como chilacayote, jocotes en miel y fiambre, porque antes eran días de guardar en los que no se cocinaba.
La idea de alimentar a los difuntos se encuentra en otros lugares de Mesoamérica, aunque con variantes. El antropólogo Alessandro Lupo, en un estudio sobre los nahuas de la Sierra Norte de Puebla publicado por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), analiza las ofrendas de comida de Todos los Santos y encuentra que se guían por un principio de reciprocidad orientado a satisfacer los apetitos de los difuntos. Ese caso ayuda a entender que dar de comer a los muertos forma parte de una lógica de intercambio entre vivos y difuntos.

La relación de los vivos con los muertos
En la comunidad de Saltán, en Baja Verapaz, el uno de noviembre se espera la llegada de los niños, de todos esos espíritus que murieron muy jóvenes y que regresan a sus casas riendo y corriendo entre las milpas. El dos de noviembre se espera la llegada de los adultos: con velas, música de marimba y mariachi, atol de elote y una que otra cabecera en alguna de las tumbas.
Don Federico Amperes asiste todos los años al cementerio de Saltán, incluso a visitar a los muertos que ya no conoció, como a sus bisabuelos o a sus tíos que murieron muy jóvenes. Dice que olvidar a los muertos es pecado y que ellos se sienten mal cuando nadie llega.
Doña Margarita Elías vive lejos del pueblo desde hace mucho tiempo, pero allá, en la Ciudad de Guatemala siempre los recuerda y, aun así, regresa cada noviembre a ver a su mamá y a uno de sus hermanos. Para ella, el día de Todos los Santos es una fiesta y espera que sus hijos le cumplan el deseo de algún día poder enterrarla en su tierra, porque no quiere quedarse lejos de su madre.
Don Lico Chavarría recuerda que antes casi todos le ponían cabecera a sus muertos en las tumbas y que la gente rezaba junto a los peatones. Cuenta que ahora muy poca gente lo hace y que en muchos lugares la tradición ya se acabó. Antes se dejaba pan, cigarros y un octavo de guaro.
A doña Mariana Rosales le encanta el día de Todos los Santos. Disfruta adornar y visitar a sus muertos, pero también le gusta mucho porque se siente como si fuera la feria del pueblo, una segunda feria donde todos entran en un momento de tiempo santo, de felicidad y de un acercamiento a los difuntos.
La obligación de no olvidar que menciona don Federico se parece a la necesidad de honrar a los difuntos de la que habla el académico Deyvid Molina. El pan, los cigarros y el guaro de la cabecera de don Lico responden a la idea de llevarle al muerto lo que le gustaba en vida. Y la fiesta de doña Mariana y doña Margarita coincide con el carácter comunitario que se le atribuye a los cementerios en estas fechas.

Una costumbre que cambia
Lo que describe don Lico, una cabecera cada vez menos visible en las tumbas de Saltán, habla de una práctica que se transforma sin desaparecer del todo. Lo que permanece son las visitas, las flores y la comida compartida. Quienes llegan cada año lo hacen por los parientes que conocieron y también por los que no, y durante un par de días el cementerio sigue siendo el lugar donde se reúne el pueblo.



