Trujillo

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

La lectura casual de dos libros coincidentes y diversos me ha llevado a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana. Hace no mucho tiempo, lo había visto, en un documental añejo, a su llegada a España, recibido en triunfo por su homólogo Francisco Franco. Se quejaba Trujillo de que Franco lo había copiado en todo, incluso en el título de Generalísimo, inventado por el sátrapa dominicano. En el documental, el dictador tropical sobrepasa en vestimenta al gallego. Luce un sombrero con una cresta inverosímil, un uniforme de barrocas condecoraciones, guantes blancos (los usaba para esconder lo moreno de su piel, porque el rostro se lo blanqueaba, miserable, con cremas y tratamientos médicos) y movimientos fastuosos, ese esfuerzo de los rastacueros por aparentar lo que habría querido ser. Franco se complace en verlo (quién sabe cuánto lo habrá despreciado) como el que se refleja en los espejos deformados que tanto gustaban a Valle-Inclán. Yo sabía dos o tres anécdotas del generalísimo caribeño, mejoradas por la lectura de La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, quien se complace en demoler al personaje. Quizá la más gustosa es la que relata el esfuerzo por canonizar a su madre. Cuando la señora murió, Trujillo comenzó una instancia para que el Vaticano iniciara el proceso de santificación. Los cardenales habrán pensado que, para cualquier hombre, su madre es una santa, pero de allí a oficializar ese noble sentimiento se necesita mucho dinero, mucha investigación y mucho tiempo. De todos modos, mandaron a un enviado papal, encargado de las pesquisas necesarias para comenzar la beatificación. Llegó el hombre a República Dominicana y recorrió el país, a la búsqueda de testimonios que refrendaran la presunta santidad de la señora. Después de algunos días y muchos calores, el obispo se rindió. El resultado de sus conversaciones y entrevistas era bastante claro. No solo la madre del dictador no había sido una santa, sino que los testimonios daban fe de lo contario. La señora correspondía en todo y para todo al más famoso insulto de la lengua española, exclamación que con frecuencia los opositores dirigían a Trujillo. Por tanto, el Vaticano negó a Su Excelencia la canonización de su mamá. Furioso, Trujillo rompió relaciones con la Santa Sede y, para compensar la afrenta, hizo erigir en Santo Domingo un faro gigantesco, dedicado a la memoria de la difunta. Se dice, pero no se puede comprobar, que cuando el faro se encendía, se iba la luz en toda la isla.

De Trujillo se ocupa la novela Al calor de tu nombre, de Selena Millares. Cuenta la vida de José Almoina, republicano español cuyo exilio terminó trágicamente en México. La primera parte del relato describe la tragedia de la guerra civil. Almoina, un maestro socialista, es perseguido por los fascistas, al punto que debe huir de su pueblo. Para extorsionarlo, meten presa a su esposa. Solo será liberada gracias a un intercambio con un militar del bando franquista. Exiliados en Francia, el notorio mal trato que los franceses brindan a los refugiados españoles los desespera. La muerte de su pequeño hijo, por difteria, sume a la pareja en la desesperación. Por ello, deciden irse a República Dominicana. Y aquí aparece la figura del dictador, que domina la vida de la isla. También, otorga a Almoina una ambigüedad inesperada, porque, hasta la mitad de la novela, había aparecido como un hombre de izquierdas duro y puro, firme en la defensa de sus ideales. En República Dominicana, Almoina se desempeña como maestro, hasta que una serie de casualidades lo llevan al Palacio Presidencial. Su aguda inteligencia y su vasta cultura lo proponen como el instructor ideal para Ramfis, el indolente hijo del sátrapa. No solo, sus cualidades seducen también a la rolliza primera dama. De ese modo, Trujillo contrata a Almoina, que se encuentra en una de esas situaciones en las que no se puede decir que no. Y hasta allí no podemos asignarle ninguna culpa, porque se está ganando la vida de modo honesto. La cuestión se vuelve ardua con lo que viene después. Admirado por los talentos de Almoina, Trujillo le propone ser su secretario. La alternativa, lo sabe bien el expatriado español, sería la persecución, la cárcel, la muerte, porque el dictador dominicano no admite ni la más leve oposición. Al final, Almoina acepta, y por mucho tiempo será la mano derecha del dictador. Por el relato, sabemos que hará un doble juego pues, simultáneamente, ayuda a los opositores del tirano. Sin embargo, la cuestión de la coherencia política y vital se plantea. Digamos que desde el punto de vista novelístico, ese personaje liminar resulta extremadamente interesante. Presenta, además, un cuestionamiento ético considerable. De todas formas, Almoina se las ingenia para escapar a México con su familia, en donde iniciará, por la enésima vez, una nueva vida. Quizá para recuperar la fama algo desteñida, Almoina comete un error. Publica un panfleto virulento contra Trujillo, con un seudónimo que muy pronto será desvelado. El autócrata posee una poderosa red internacional de sicarios, entre ellos el famigerado Johnny Abbes, y organiza varios atentados contra Almoina y la familia. El último, en 1960, acaba con la vida del político español, así como meses antes había sucedido con Jesús Galíndez, secuestrado en Nueva York y torturado hasta la muerte en Santo Domingo.

Uno se pregunta cómo es posible que un ínfimo dictador de una pequeña isla haya podido cometer un crimen en México. Parece ser que el gran poder de Trujillo procedía de su militancia anticomunista, en años en que esa ideología se había vuelto una obsesión mundial. El déspota habría querido ser el jefe de los anticomunistas de América Latina, y para ello recibió el infaltable apoyo de Washington, fiel a aquella máxima que Roosevelt acuñó para Somoza: “Es un hijo de puta… pero es de los nuestros”. Trujillo respondía perfectamente a la definición. Y sus ambiciones de liderazgo latinoamericano eran muy grandes. Por eso, intrigó contra el gobierno de Juan José Arévalo, en Guatemala (quien lo retribuyó apoyando una invasión de la oposición en Santo Domingo). Y fue un factor importante en la invasión de Guatemala en 1954. Desde hacía mucho tiempo, Trujillo apoyaba la idea de entrar en ese país centroamericano a través de Honduras. Todo ello aparece en la investigación de Tony Raful, La rapsodia de un crimen, que de alguna manera se enlaza con la novela de Millares. Raful no cuenta la invasión de Guatemala. Cuenta lo que pasó después. El tirano de la República Dominicana había apoyado al mediocre militar que traicionó a su país y prestó su nombre para amparar la invasión. Y aquí entra, en las grandes páginas de la historia, una de esas nimiedades que cambian el curso de las cosas. Cuando Castillo Armas asumió el poder, luego de derrocar a Árbenz, Trujillo le presentó la cuenta. Visto desde hoy, el reclamo de Trujillo parece una tontería. Deseaba, el vanidoso, que el gobierno de Guatemala le diera la mayor condecoración del país, la Orden del Quetzal, y deseaba también un recibimiento apoteósico, de salvador de la patria. En cambio, a Castillo Armas se le había subido el poder a la cabeza. Un pequeño detalle lo revela. Los detalles pequeños son los marcadores de la historia. Castillo Armas, con la fascinación que otorga el poder, se había echado una amante. Pero no cualquier amante: una ex Miss Guatemala, también ella furiosamente anticomunista. Pues bien, con la soberbia del triunfador, Castillo Armas le negó a Trujillo las condecoraciones y las prebendas que exigía. Como era su costumbre, Trujillo lo mandó a matar. Mandó a Guatemala a su sicario príncipe, Johnny Abbes, y organizó el magnicidio. Poco tiempo después, en los corredores del Palacio Presidencial, un soldadito mató a Castillo Armas. Luego se suicidó o lo suicidaron.

A veces, cuando se habla de los dictadores latinoamericanos, se usan esas figuras para alimentar lo pintoresco, lo folclórico, lo singular de América Latina. Eso que se ha llamado, sin una definición clara, el realismo mágico. Lo que se olvida es que tales personajes formaban parte de un entramado de poder, sostenido por las clases dirigentes de sus países y también por el imperio norteamericano, del cual no eran siervos, sino parte operativa fundamental. Tal el caso de Rafael Leónidas Trujillo, cuyo inmenso poder no habría durado un segundo en un mundo democrático. Piezas importantes de la armazón capitalista, protagonistas criollos del imperialismo, su poder era transnacional, y su impunidad en los crímenes que cometían solo pudo ser vencida por las revueltas populares, que adquieren una connotación mayor gracias al inmenso poder que combatían.

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