Por Dante Liano
La melancólica historia de Maricarmen Abascal, en Madrid, pone de relieve uno de los más inesperados problemas del mundo occidental: el de la vivienda. Si repasamos algunos elementos fundamentales, casi escolásticos, de la organización de la sociedad, veremos que el estado, así como lo conocemos, tiene el deber de garantizar a sus ciudadanos cuatro derechos básicos: la alimentación, la educación, la salud y, este es nuestro tema, la vivienda. Cuando observamos esta simple anotación, subrayamos, con un desconsuelo demasiado antiguo como para semejar anticuado, que la mayoría de los estados latinoamericanos están bien lejos de cumplir con su función. Uno podría ser acusado de ser un aburrido repetidor de lugares comunes cuando afirma que no debería existir un solo niño que padece desnutrición; que no debería existir el difuso analfabetismo de nuestros campos y ciudades; que no debería existir la aguda carencia de médicos y hospitales; que, por último, ninguna ciudad debería estar rodeada por villas miseria o favelas o áreas marginales o como se les quiera llamar. En cambio, basta salir a la calle para darse cuenta de que el estado, en América Latina, con frecuencia está ausente. Quizá en lo que más se fijan los ciudadanos, guiados por demagogos populistas, es en la seguridad, un abismo en el que florecen mafias y aparatos privados de protección policial, de igual manera.
La ausencia del estado en satisfacer el derecho a la vivienda se refleja en el crecimiento desordenado de las ciudades. Hablo ahora, de lo que conozco. En Guatemala nació y se desarrolló la gran cultura de los mayas. Una de las primeras manifestaciones urbanísticas de los mayas fue el emplazamiento llamado Kaminal Juyú, en donde se desarrolló el período Preclásico. Entre 1975 y 1983, un ejército de grúas, palas, niveladoras y otras máquinas pesadas de construcción, destruyó el área arqueológica, para construir, en ese sitio, miserables colonias para la clase media. Un crimen cultural perpetrado en contra de toda la nación, a favor del apetito de dinero de algunos pocos constructores. De los más de 200 montículos originales que abarcaban cerca de 5 km², la gran mayoría fueron arrasados. Igual cosa ocurrió con el sector que hoy se llama “Miraflores”. Como compensación, se construyó, en un pequeño rincón que nadie conoce y que nadie visita, un mísero museo, que recoge dos o tres piezas que sobrevivieron a la masacre cultural. Más aún, todo el asentamiento de la actual ciudad de Guatemala está construido sobre un sustrato del preclásico maya, que se extendía por muchos kilómetros. Al punto que, entre el sector llamado “El Canchón” y el pueblo de Fraijanes surgen numerosos montículos que atestiguan la presencia de pirámides mayas. Esos montículos están siendo arrasados, actualmente, para la construcción de nuevos residenciales. La avidez de los propietarios de empresas inmobiliarias no conoce límites. Con sospechosa prontitud, alcaldes somnolientos que tardan meses en firmar un comunicado, en diez segundos emiten autorizaciones para abatir bosques, usar pozos públicos, desviar ríos y allanar campos, reverentes ante los constructores que agotan los generosos recursos de la tierra y llenan de cemento gris lo que antes era verde. Si habían de encontrar oro y plata, hallaron concreto y varillas de hierro.
Desde hace muchos años vivo en la ciudad de Milán. Cuando llegué a ella, pude alquilar un apartamento sin mayores problemas. En esa época, existía una norma nacional llamada “equo canone”, es decir, un cálculo de la renta que estaba regulado por varios factores y que favorecía igualmente al propietario y al inquilino. Ahora, las cosas han cambiado. Desde el éxito de la Expo 2015, Milán se puso de moda en el mundo, y, a partir de ese momento, se ha vuelto un destino turístico más. El flujo de turistas extranjeros aumentó considerablemente los precios en todos los aspectos de la vida, en particular, la vivienda. Muchos propietarios descubrieron que ganaban más al convertir sus apartamentos de alquiler en B&B o similares. A esto, habría que añadir algunas normas nacionales bastante singulares. Por ejemplo, la exención de impuestos a acaudalados residentes extranjeros.
De ese modo, Milán se convirtió en el lugar favorito de muchos millonarios. Estos compraron casa a precios exorbitantes, en edificios residenciales construidos por los más famosos arquitectos del mundo. Un ejemplo de ello es el “bosque vertical”, una audaz innovación en materia de construcción. Sin embargo, la medida estatal que más contribuyó al aumento de los precios fue el llamado “Superbonus”. Cada vez que lo describo, en el extranjero, mis interlocutores tienen mucha dificultad en creerme. Se trata de una medida pensada para impulsar la economía, a partir del sector de la construcción, después de la crisis provocada por el Covid. Consiste en lo siguiente: si yo quiero remodelar mi apartamento, o, también un edificio entero, lo declaro al estado. Este se hace cargo de los gastos y, además, me paga el 110% de lo que invierto. Es un gran negocio para cualquiera. En efecto, apenas salió el decreto, las principales empresas de construcción se vieron copadas por solicitudes de trabajo. Así, un buen número de ingeniosos ciudadanos fundaron empresas de construcción, generalmente improvisadas y sin ninguna experiencia y aceptaron emprender trabajos de remodelación a cambio del Superbonus. Barberos, fontaneros, negociantes, zapateros o simples badulaques se propusieron para las innumerables remodelaciones que surgieron por todas partes. ¿En qué lugar del mundo no solo me restituyen lo que gasté sino que me dan el diez por ciento extra? El resultado fue una subida impresionante de los precios en todos los sectores de la economía. En la vida cotidiana, la imposibilidad de encontrar un albañil, hasta para los trabajos mínimos. Para dar un ejemplo, frente a mi casa, desde hace tres años campean unos andamios abandonados por la fallida empresa, con los vecinos desesperados por los trabajos interrumpidos a la mitad. Por si fuera poco, la Municipalidad de Milán emitió un decreto por el cual las formalidades para reformar un edificio serían sustituidas por una simple autodeclaración. De ese modo, arquitectos e ingenieros se saltaban todas las vallas y comenzaron a construir en todas partes, aun en donde estaba prohibido. El resultado de todo ello es uno solo: vivir en la ciudad se ha vuelto imposible. Los precios de los apartamentos son altísimos: de siete mil a diez mil dólares por metro cuadrado. Un apartamento de cien metros cuadrados puede costar de setecientos mil a un millón de dólares. Un salario medio, en Italia, es de más o menos dos mil euros al mes (unos dos mil doscientos dólares). Se quiere decir con esto que Milán se está volviendo una ciudad para ricos. Una ciudad que expulsa a la clase media. Una ciudad que no admite estudiantes de fuera, porque no les alcanza para vivir.
Por lo que sé, la situación de Madrid es muy semejante. Allí, la inmigración de ricos exiliados provocó el alza de los precios de los alquileres y de las casas. Por otro lado, el predominio, en el mercado de poderosas empresas inmobiliarias, que adquieren apartamentos, los remodelan y los revenden a precios muy altos. Todos los periódicos han relatado el caso de Maricarmen, que llegó a vivir hace setenta años al barrio de Recoletos y que pagaba alrededor de 500 euros de alquiler. La empresa inmobiliaria le aumentó la renta al equivalente de toda su pensión. Obviamente, Maricarmen no pudo pagar. A sus 87 años, buscar otra vivienda u otros ingresos era imposible. De esa forma, se decretó el desahucio en su contra. Las empresas inmobiliarias no tienen rostro, no tienen cuerpo, no tienen nombre. Son maquinarias impersonales que actúan como aplanadoras. Desahuciar a Maricarmen Abascal era un acto de pura crueldad. De nada valieron las súplicas y las protestas de los vecinos. El 7 de septiembre de 2026, la policía echó a Maricarmen de su casa. Miles de madrileños salieron a la calle. Fue inútil. Maricarmen murió en el hospital Gregorio Marañón, pocos días después del desahucio. Su historia es una alegoría demasiado obvia de lo que ocurre en el mundo: los poderosos que aplastan a los débiles, sin ninguna piedad ni compasión. Piedad o compasión que están fuera del razonamiento económico. Son sentimientos demasiado humanos como para que formen parte de los mecanismos del libre mercado. El predominio del más fuerte, la ley de la crueldad, la burocracia gris del mal son las reglas que se aplican a todos nosotros. Hasta que llegue el momento de la rebelión.



