Jude Nansini, parte de guatemala

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

Los amigos de mis padres también fueron nuestros amigos y es así como conocí primero a Julia González Alonso y luego a Jude Pansini.

Jude provenía de una familia católica italiana radicada en Nueva York. Antes de ingresar al seminario sirvió en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Alguna vez nos compartió que había participado en vuelos destinados a bombardear Corea durante los años 50 del siglo XX. Para él, siendo un joven, volar representaba una aventura. Sin embargo, luego tomó conciencia de lo que realmente significaban aquellas misiones. Esa experiencia le produjo un profundo sentimiento de culpa que marcó su vida y contribuyó a su decisión de hacerse sacerdote: el deseo de dedicar su existencia a reparar, desde la fe y el servicio, una parte del dolor que la guerra había provocado.

Ya para los años setenta, Jude era parte del grupo de sacerdotes de la Misión Católica de Oklahoma (Micatokla) en Santiago Atitlán, Sololá. En varias ocasiones viajamos a visitarlo a la parroquia y pudimos conocer varias de las obras que impulsaban: la radio La Voz de Atitlán, el hospital parroquial con su trabajo en nutrición, la escuela y el intenso esfuerzo comunitario que la misión desarrollaba junto al pueblo Tz’utujil.

Jude había llegado a Guatemala a finales de la década de 1960. Más que limitarse a las tareas propias del ministerio sacerdotal, fue descubriendo que el Evangelio también se vivía acompañando los esfuerzos cotidianos de las comunidades indígenas por alcanzar una vida más digna. Su trabajo se orientó hacia proyectos de agua potable y saneamiento y al estudio de las condiciones de salud de los trabajadores temporales en las fincas cafetaleras, particularmente en Chicacao, Suchitepéquez. Su vocación pastoral fue encontrando un cauce igualmente profundo en la antropología social y el desarrollo comunitario.

En Santiago Atitlán compartió una amistad entrañable con el padre Francisco —el hoy beato Stanley Rother, conocido cariñosamente por el pueblo como Padre A’Plas—, asesinado el 28 de julio de 1981 por las fuerzas represivas del Estado. Ambos vivieron los años más duros de la violencia política en Guatemala, acompañando a las comunidades en medio de la represión y del miedo. Jude relataría años después que los dos habían sido incluidos en listas de personas condenadas a muerte por el régimen militar, precisamente por permanecer junto a la población y defender su dignidad. Tras el asesinato de Stanley Rother recordó siempre a su compañero con profundo respeto, admirando la autenticidad de su fe y la coherencia con que vivió hasta entregar la vida.

Con el tiempo, Jude dejó el sacerdocio, pero no abandonó el compromiso que había marcado su paso por Guatemala. Formó una familia junto a Julia González Alonso, española de origen, quien también hizo de Guatemala su hogar. Ella había estado en la Cooperativa Manos Unidas en el río La Pasión, en Petén y después en Santiago Atitlán, manteniendo ese mismo espíritu de servicio desde diferentes espacios. Juntos criaron a su hija María.

Su nueva etapa estuvo dedicada a la investigación y a la docencia. Obtuvo el doctorado en Antropología Social en la Universidad de Rochester y desarrolló investigaciones sobre pobreza rural, vivienda popular y salud comunitaria. Junto con Julia, publicó diversos trabajos sobre Guatemala, entre ellos un importante estudio acerca de las prácticas de atención médica de los trabajadores de las fincas, combinando siempre el rigor académico con la experiencia acumulada durante años de convivencia con las comunidades.

Pero Jude no fue solamente sacerdote, antropólogo o investigador. Era también un artista. Uno de sus sueños, aun siendo cura, que se hizo realidad fue impulsar la colocación de vitrales en la iglesia de Santiago Atitlán. Tenía una sensibilidad que expresaba a través de la pintura.  Pintó numerosos cuadros y tengo la fortuna de conservar obras suyas, entre ellas una pintura de mujeres manifestándose en Marruecos, que revela cómo su mirada trascendía fronteras y se identificaba con las luchas por la dignidad de los pueblos.

Otra faceta de Jude era su gusto por la cocina y la buena mesa. Le encantaba cocinar y era un excelente gourmet. Cuando viajaba a la ciudad de Guatemala disfrutaba salir a comer.  En varias ocasiones nos invitó a mi hermana Margarita y a mí a cenar en El Encanto, un restaurante de comida china que estaba en la séptima avenida de la zona 9. Aquellas comidas eran además momentos de conversación, de aprendizaje y de amistad compartidos con una persona de enorme cultura, curiosidad y sencillez.

Otro de mis recuerdos de Jude y Julia es cuando vivían en Antigua Guatemala, cerca del parque San Sebastián. Debe haber sido en el año de 1977, recientemente habían asesinado a Robin García y su casa, incluso creo que sin que Jude y Julia se dieran cuenta, para nosotros fue un espacio seguro para llorar a nuestro compañero asesinado.

Después la vida lo llevó por El Salvador, Estados Unidos, Perú y España y de vuelta a Estados Unidos. Cambiaron los países y las circunstancias, pero nunca dejó atrás Guatemala. En cualquier lugar donde vivió siguió buscando que el conocimiento estuviera al servicio de los pueblos y que la solidaridad se expresara en hechos concretos. Recuerdo la visita que les hicimos en El Salvador, previo a la firma de la Paz en Guatemala, que nos permitió conocer la experiencia en el país vecino.

Jude fue una persona profundamente cariñosa, de gran sensibilidad humana, capacidad para escuchar, comprender y acompañar a los demás. Esa calidez impregnaba su vida. Guardo especial cariño y aprecio por Jude. Entendía la fe como compromiso con la justicia, la cultura y la dignidad de los pueblos. Su vida, y la de su familia, quedaron para siempre ancladas en Guatemala y por eso sus cenizas regresaron a Cerro de Oro, en Santiago Atitlán.

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