Por Andrea Ixchíu
Es hijo de Silvia, una mujer alzada, guerrillera y revolucionaria; y descendiente de Alaíde, la poeta, feminista e intelectual desaparecida por el Estado de Guatemala en 1980. Venía de una familia que el terror intentó exterminar, pero que nunca se ha dejado borrar.
Fue bombero, abogado e investigador. Su labor como investigador fue clave para que el expresidente Otto Pérez Molina terminara en el banquillo de los acusados. Desde la SAT, obligó a los oligarcas a pagar lo que le debían al país.
Era padre y le apasionaba el futbol. Estaba construyendo un camino político; algunas ya lo imaginábamos en la alcaldía y, más adelante, en la presidencia.Lo mataron no solo por lo que hizo, sino por lo que aún podía llegar a ser.
La forma y el fondo de su asesinato siguen la fórmula antigua del terror anticomunista y la impunidad; la misma que los grupos que quieren controlarlo todo —y que ponen el dinero y el poder por encima de la vida de millones— han usado desde la invasión de estas tierras hace más de 500 años.
Cuatro décadas después, la misma familia vuelve a poner cuerpo y sangre sobre la tierra: el Estado contrainsurgente no ha terminado.
Nunca lo olvidaremos.
Que Junlajuj Batz siga tejiendo su existencia en el gran hilo del cosmos, y que su siembra en la tierra nos convoque a unir fuerzas por la vida, la justicia y la dignidad.



