¿Ética en la política?

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

Hace días escribí lo que a continuación comparto. Hoy, golpeado por los recientes asesinatos de personas que se atrevieron a denunciar la corrupción me pregunté si tenía sentido publicar estas reflexiones porque pueden parecer idealistas e ingenuas frente a los poderosos -ambiciosos, corruptos y criminales- quienes no tienen ética para hacer política; si la tuvieran, no lo serían ni recurrirían a todos los medios para proteger sus privilegios, defender sus intereses y perpetuar la corrupción.

Estamos viviendo una campaña política anticipada marcada por la violencia y los asesinatos, y no podemos permitir que esto se normalice. Sin hacerme ilusiones, creo que no debemos renunciar a exigir decencia y coherencia, especialmente a quienes decimos luchar por transformar la sociedad. Por eso considero necesario expresar lo que pienso.

Recientemente leí Kilómetro 52, de Luiz Tuchán, y hubo una frase del libro que me impactó sobremanera: “las revoluciones fracasan pues terminan repitiendo tarde o temprano, solo con variaciones de forma, lo que intentaron cambiar”. La frase me llevó a pensar en las experiencias trágicas de distintas revoluciones que, después de grandes luchas, sacrificios y esperanzas, terminaron reproduciendo prácticas de poder, autoritarismo, corrupción o privilegios contra los cuales habían luchado.

También recordé una experiencia de la que fui testigo. En una oportunidad se propuso a la Comisión de Formación Política de un partido de “izquierda” trabajar con mayor profundidad la formación ética para el ejercicio de la política. La respuesta del responsable de esa comisión fue: “Entiendo la inquietud y es correcta, pero no es el momento”. Se impuso el pragmatismo de lo inmediato: no era el momento.

Siempre hay algo más urgente: conseguir recursos, ganar una elección, disputar espacios, resolver una crisis, defender una posición, responder al adversario y, al final, lo urgente termina desplazando a lo estratégico; y lo ético queda relegado a un segundo plano, como si fuera un asunto para tiempos tranquilos.

Pero la política nunca ocurre en tiempos tranquilos. La ética política no puede esperar.

Una organización puede tener un discurso radical, defender derechos, cuestionar al capitalismo, denunciar el racismo, luchar contra la corrupción y hablar permanentemente de democracia. Pero si en su interior reproduce el autoritarismo, el racismo, las componendas, el sectarismo, la manipulación, la concentración del poder, el nepotismo, la descalificación de quien piensa diferente, las discriminaciones o el incumplimiento de la palabra empeñada, termina construyendo con sus propias manos aquello que dice combatir.

Ese es el enemigo que llevamos dentro. Y mientras no lo enfrentemos, seguiremos fracasando.

El problema no está solamente en las estructuras económicas, sociales y políticas que queremos transformar. También está en nosotros mismos, en nuestras prácticas, en la manera como ejercemos el poder, en la relación que establecemos con quienes nos acompañan y en la forma como respondemos cuando tenemos una cuota de autoridad. El cambio debe comenzar desde nosotros, como individuos y desde donde estemos.

Desde la Cosmovisión Maya encuentro una referencia particularmente poderosa para pensar esta cuestión: el valor de la palabra. La palabra no es simplemente un mecanismo para transmitir ideas. Tiene relación con los compromisos que asumimos y con la responsabilidad de cumplir lo que hemos dicho. En la transmisión oral y en escritos que recogen principios y valores de la cultura Maya se señala precisamente que el valor de la palabra orienta a la persona al cumplimiento de los pactos y compromisos adquiridos.

Esto tiene enormes implicaciones para la política. En la política se habla demasiado y se cumple muy poco. Se firman acuerdos que después se desconocen, se hacen compromisos que se olvidan cuando cambian las circunstancias, se prometen cosas a las comunidades que nunca llegan y se utilizan palabras como democracia, participación, unidad, pueblo y transformación hasta vaciarlas de contenido.

Para la política convencional, muchas veces la palabra sirve para convencer. Para una política ética, la palabra compromete.

Por eso la coherencia es un desafío permanente. No podemos pedir transparencia a quienes gobiernan mientras ocultamos nuestras propias decisiones. No podemos denunciar el autoritarismo del Estado mientras dentro de nuestras organizaciones nadie puede cuestionar al dirigente. No podemos hablar de participación mientras las decisiones reales permanecen concentradas en pequeños grupos. No podemos combatir el patriarcado reproduciendo relaciones machistas en nuestras propias estructuras. No podemos combatir el racismo y la discriminación cuando lo replicamos. No podemos condenar la corrupción y al mismo tiempo tolerar pequeños abusos porque quien los comete pertenece a nuestro grupo.

La coherencia tiene un costo. Obliga a aplicar los mismos principios y valores tanto cuando nos favorecen, como cuando nos afectan. Obliga a reconocer los errores de los nuestros y no solamente los errores de los otros. Obliga a aceptar críticas. Obliga a renunciar a privilegios cuando estos contradicen aquello que defendemos públicamente. Ahí comienza la ética.

También por eso es importante recuperar otra dimensión presente en la Cosmovisión Maya: el ejercicio de la autoridad como servicio y responsabilidad. Los principios y valores Mayas destacan el servicio a la comunidad, el diálogo, el consenso, la corresponsabilidad, la reciprocidad y el equilibrio como elementos vinculados a la vida colectiva. La autoridad no debería servir para engrandecer a quien la ejerce. Debería significar cargar sobre sus hombros una mayor responsabilidad. Quien tiene un cargo debe saber que tiene más obligaciones, no más derechos que los demás. Esta idea debería estar en el centro de cualquier proyecto político verdaderamente transformador.

Cuando la lucha por transformar la sociedad se convierte en una lucha por ocupar puestos, controlar organizaciones, acumular influencia o construir pequeñas parcelas de poder, se pierde el sentido de la política. El instrumento termina convirtiéndose en un fin en sí mismo y, repetidas veces, hemos visto las consecuencias.

Por eso necesitamos asumir seriamente la formación ética, no como una charla sobre valores. Necesitamos procesos permanentes de formación política en los que se discuta abiertamente el poder, sus riesgos, sus tentaciones y las responsabilidades que implica. Además, la formación no es sólo teórica, sino que se logra a través de la práctica. Y el ejemplo es lo que más enseña.

Necesitamos aprender a identificar las prácticas que destruyen las organizaciones desde dentro.

Y necesitamos vigilancia.

Toda organización política que aspire a transformar la sociedad debe tener mecanismos efectivos para examinar su propia conducta. Los Tribunales de Honor, comisiones de ética u otras instancias equivalentes no pueden existir solamente en los estatutos para aparentar institucionalidad. Deben funcionar de verdad, con independencia, reglas claras y capacidad para actuar incluso cuando la persona cuestionada ocupa un cargo importante.

Debe existir cero tolerancia frente a la corrupción, el abuso de poder, el racismo, el acoso, el uso indebido de recursos, la manipulación de las bases, el tráfico de influencias, el enriquecimiento derivado del cargo y cualquier otra práctica que destruya la confianza colectiva. Y esto debe aplicarse a todos: a los dirigentes históricos y a los recién llegados, a quienes tienen cargos y a quienes aspiran a tenerlos, a quienes son nuestros aliados y a quienes no lo son, a los amigos y a los adversarios. De lo contrario, la ética se convierte en discurso.

También necesitamos recuperar el derecho a decirnos las cosas de frente. Una organización en la que todos tienen miedo de cuestionar al dirigente puede parecer unida, pero esa unidad es frágil. El silencio acumulado termina explotando. La discrepancia no destruye necesariamente una organización; muchas veces lo que la destruye es impedir que la discrepancia exista.

Necesitamos una cultura política diferente. No una cultura de obediencia ciega, ni de caudillos, ni de propietarios de la verdad. Una cultura en la que el poder sea temporal, fiscalizable y responsable. Una cultura en la que la palabra tenga valor. Una cultura en la que poder disculparse por un error no sea una señal de debilidad. Una cultura en la que reconocer una equivocación fortalezca la autoridad en lugar de destruirla.

No es una tarea sencilla. La política está atravesada por intereses, conflictos y relaciones de poder. No vamos a construir organizaciones humanas libres de contradicciones. Pero una cosa es reconocer nuestras contradicciones y otra muy diferente justificarlas.

Tenemos que dejar de justificar lo injustificable porque “estamos luchando por algo más grande”. Precisamente porque luchamos por algo más grande debemos ser más exigentes con nosotros mismos. La transformación de nosotros mismos no puede quedar para después de que alcancemos algunas cuotas de poder.

Necesitamos personas y organizaciones capaces de sostener su palabra, ser autoridad como servicio, aceptar la crítica, rendir cuentas y actuar con coherencia. De lo contrario, llegará un momento en que aquellos contra quienes luchamos habrán cambiado de rostro, de discurso o de uniforme, pero muchas de sus prácticas seguirán entre nosotros. Y entonces habremos cambiado las formas, pero no el fondo.

La ética no puede esperar a que llegue el momento oportuno; debe orientar nuestra práctica política ahora y siempre.

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