Juan José Hurtado Paz y Paz
Se acerca el Día de los Difuntos, una de las grandes celebraciones de los pueblos mesoamericanos. Esta es una fecha para recordar a quienes nos precedieron, a nuestras ancestras y ancestros, reencontrarnos con su memoria y reconocer que nuestras vidas no habrían sido posibles sin quienes ya partieron. Es un día de fiesta en el que las y los difuntos nos visitan.
Desde la cosmovisión maya, la vida se entiende a través de su aparente opuesto: la muerte. Se comprende que todo está interconectado y que somos parte de una totalidad. Somos parte del universo, de la madre naturaleza, de la historiay de la comunidad que comenzó antes de nuestro nacimiento y continuará después de nuestra muerte. La existencia transcurre en ciclos de transformación en los que nada está completamente separado de lo demás.
La muerte es inevitable pero no por ello deja de doler. No es necesario negar la tristeza ni ocultar el vacío que deja la partida de quienes amamos. Nos hacen falta sus palabras, sus abrazos, sus consejos, su compañía. Nos duele no poder compartir con ellas y ellos los momentos cotidianos ni contarles lo que vivimos.
Sin embargo, desde esa manera de comprender el mundo, la muerte también nos invita a reconocer que somos parte de algo que nos trasciende. Antes de nacer en esta dimensión, ya estábamos en la materia y energía que nos dio vida y regresamos al mismo lugar de donde venimos. Morir es regresar a nuestros orígenes, reintegrarnos a los ciclos de la madre tierra y del universo. Es reconocer que nuestra existencia individual tiene límites pero que los vínculos que construimos, los conocimientos que compartimos y las huellas que dejamos pueden perdurar mucho más allá de nuestra presencia física.
Celebremos la vida y demos la bienvenida a la muerte en el momento justo. Por eso, hoy no celebramos su partida; celebramos sus vidas.
Recuerdo especialmente a mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos (a quienes no conocí pero de quienes tengo referencias), a mi hermana, a mi amigo de infancia y a tantos seres queridos que ya no están en esta dimensión pero que nos acompañan. Celebramos a todas y todos los que nos han antecedido que hayan existido y que, gracias a ellas y ellos, hoy estemos aquí. Celebramos lo que nos enseñaron, sus conocimientos, su sabiduría, sus esfuerzos, sus alegrías y también sus errores, porque todo ello forma parte de la historia que compartimos. Celebramos las semillas que sembraron y que siguen germinando en nuestras vidas.
Están con nosotros aquí y ahora: en las palabras que aprendimos de ellas y ellos, en la cultura que conservamos, en los valores que orientan nuestras decisiones, en las historias que contamos a las nuevas generaciones y en las maneras de relacionarnos con las demás personas y con la madre tierra. Su presencia permanece en nuestra memoria y en aquello que hacemos con lo que nos legaron.
Desde esta comprensión, recordar a nuestros muertos no significa quedarnos anclados en el pasado. Significa reconocer que somos parte de una historia colectiva y asumir la responsabilidad de darle continuidad. La memoria no es solamente un acto de amor hacia quienes se fueron; también es una manera de comprender quiénes somos y qué futuro queremos construir.
Celebramos especialmente a quienes dedicaron sus vidas a luchar por vida digna y plena para todas y todos. A quienes defendieron la vida, la libertad, la justicia y la dignidad de los pueblos; a quienes se enfrentaron a la injusticia, la discriminación, el racismo, la explotación y las distintas formas de opresión y dominación; a quienes, aun en circunstancias difíciles, mantuvieron la esperanza y el compromiso con una sociedad en la que nadie tenga que vivir con hambre, miedo o humillación.
Recordamos a quienes lucharon desde sus familias, organizaciones y comunidades, muchas veces sin reconocimiento público. A quienes defendieron el territorio, la madre tierra, los derechos de las mujeres, la niñez, las juventudes y los pueblos indígenas. A quienes compartieron sus conocimientos, acompañaron a otras personas y contribuyeron, con sus esfuerzos cotidianos, a la construcción de una vida digna para todo cuanto existe.
Algunas de estas personas murieron por causas naturales; otras fueron asesinadas por defender sus convicciones, denunciar injusticias o desafiar intereses de poderosos. No podemos equiparar las circunstancias de sus muertes ni olvidar las responsabilidades de quienes les arrebataron la vida. Se nos vienen a la mente los recientes asesinatos políticos de Evelio López y Juan Francisco Solórzano Foppa. La muerte debe llegar en el momento justo, de manera natural y nadie tiene derecho a quitar la vida. Honrar su memoria también significa exigir verdad y justicia, rechazar la impunidad y defender el derecho de todas las personas a vivir sin violencia.
Su ejemplo nos compromete. No basta con recordar sus nombres, colocar flores en sus tumbas o expresar admiración por lo que hicieron. Si reconocemos el valor de sus luchas, nos corresponde darles continuidad desde donde estemos y en lo que podamos, con nuestras capacidades y limitaciones, junto con otras personas y colectivos que comparten el propósito de construir una vida digna para todas y todos.
La cosmovisión maya nos recuerda la importancia de la dualidad y la complementariedad, el equilibrio y la armonía, la diversidad y la interdependencia. No puede haber verdadero equilibrio cuando unas personas viven a costa del sufrimiento de otras, ni armonía cuando se destruye la madre tierra o se niega a los pueblos el derecho a decidir sobre su presente y su futuro. La vida plena es una aspiración que solo adquiere sentido cuando puede ser compartida.
En estos días, cuando nos reunimos alrededor de la memoria de quienes partieron, recordemos también que la vida continúa y que nuestra responsabilidad está en el presente y el futuro. Las generaciones que nos precedieron hicieron su parte, con sus aciertos, sus contradicciones y sus sacrificios. Ahora nos corresponde a nosotros y nosotras hacer la nuestra, y preparar el camino para quienes vienen después.
Que el recuerdo de nuestros muertos nos ayude a valorar la vida y celebrarla, a fortalecer nuestros vínculos y a renovar nuestro compromiso con la justicia. Que su memoria no sea solamente motivo de nostalgia, sino también fuente de inspiración, dignidad y esperanza.
Celebramos sus vidas. Honramos sus luchas. Recogemos sus semillas y seguimos sembrando. Exigimos justicia.
¡Feliz Día de Difuntos!



