Agricultores de San Martín Jilotepeque responden a la sequía con siembra de frijol

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Créditos: Joel Solano

Tras perder casi la totalidad de sus cosechas de maíz por una canícula prolongada en el corredor seco, agricultores como Santos Zet y Orlando Gabriel Zet, en La Plazuela de San Martín Jilotepeque, apuestan a la siembra de frijol nativo: una estrategia de subsistencia que representa la última esperanza para cientos de familias campesinas que luchan por asegurar su alimento y rescatar la economía local en San Martín.

Por: Joel Solano

Santos Zet Plato y Orlando Gabriel Zet, recorren su parcela entre las cañas secas, por la falta de agua. El abono químico se quedó apelmazado sobre la tierra árida. Los cultivos en La Plazuela, San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, este año no crecieron. 

Se observan las milpas pequeñas y los árboles frutales cómo sucumben por la falta de agua, obligando a los agricultores a alterar el calendario agrícola tradicional para remover los surcos e introducir la semilla criolla de frijol que han resguardado en la comunidad.

En la comunidad de La Plazuela, la milpa que solía sostener a la familia de Santos Zet Plato hoy muestra las huellas de una intensa canícula que secó por completo el maíz. Es un golpe duro para quien lleva cerca de tres décadas dedicado al trabajo de la tierra y a garantizar el alimento de su hogar.

Las alteradas dinámicas del clima han trastocado los ciclos agrícolas tradicionales en la zona, forzando a las familias a retrasar la siembra hasta las primeras semanas de junio. Santos Zet, explica que este desajuste corrió el calendario habitual, desplazando la segunda etapa de fertilización hacia los primeros días de agosto, justo en el momento en que la planta requería humedad para florar y sostener la cosecha: “Como ahorita han variado las épocas de lluvia, entonces hoy se sembró hasta en junio, más o menos del 8 al 10 de junio de este año”, indicó Zet con una mirada sobre la pérdida de cultivos que se observan en los campos y con la esperanza de producir un poco de frijol. 

El colapso de la milpa y los cultivos complementarios

El proceso tradicional de fertilización que requiere una primera aplicación entre los 35 o 40 días de la siembra y una segunda a los dos meses, cuando la planta entra en etapa de floración o “candeliar”, se vio dramáticamente interrumpido por la falta de agua. El abono químico depositado en el suelo no pudo activarse por la ausencia de humedad e incluso aceleró el deterioro del cultivo, dejando las plantas detenidas en su crecimiento.

“Ni sintió el abono, más bien le afectó porque como cualquier abono requiere de agua y ya no se mojó, por lo cual quedó sin funcionar, pero ya no se pudo lograr nada”, señala el agricultor al contemplar sus campos perdidos.

Afectó a los árboles frutales 

La sequía de este año no solo arrasó con la milpa, sino que golpeó duramente a los cultivos frutales de la comunidad, como el banano y el jocote, que normalmente sirven para el consumo familiar y para generar un pequeño ingreso con la venta del excedente. Santos relata cómo los tallos de los bananos se doblan por la falta de humedad, dejando frutos diminutos, mientras los árboles de jocote se van secando en el camino. “Esta sequía sí ha pasado, pero no de esta magnitud con la que vivimos este año; este año sí fue demasiado prolongado y por eso es que fracasamos nosotros en nuestro trabajo que es la agricultura”,

A esto se suma el drástico impacto en el café. En San Martín Jilotepeque, aproximadamente el 75% de los habitantes dedica su trabajo a este grano. Santos detalla que la producción familiar en un terreno de tres cuerdas caerá este año de los habituales 40 o 50 quintales a apenas entre 10 y 15. La reducción golpea de lleno la economía local, agravada por la inestabilidad de un mercado internacional que define los precios cada temporada: “Hoy no sabemos cómo va a estar el precio porque cada año varía, a veces se eleva, a veces baja”, añade Santos al ver como también los cultivos de café se afectaron. 

El frijol nativo: la apuesta de segunda cosecha

Sin fuentes, ni ríos cercanos que permitan implementar un sistema de riego en La Plazuela, las familias dependen del recurso hídrico únicamente para el consumo del hogar y quedan a la espera de la lluvia para sus siembras. Ante la pérdida total del maíz, las esperanzas se concentran ahora en el cultivo de frijol, sembrado con un mes de retraso.

“Gracias a la lluvia pues que Dios nos mandó, aunque tarde, pero ya es para el frijol, pero ¿qué vamos a hacer?, vamos a luchar para ver si en algo nos ayudamos”, expresa Santos al ver rejuvenecer los campos. La estrategia de los agricultores es busca de vender una parte del frijol cosechado para comprar maíz en el mercado, donde el quintal alcanza precios de entre 375 y 400 quetzales: “Si es que logramos el frijol, pensamos vender un poco de frijol y comprar maíz, eso sería, porque no hay otra fuente de cómo puede ayudarnos”, señala el agricultor observando los campos. 

La siembra de frijol entre agosto y los primeros días de septiembre representa una práctica tradicional de segunda cosecha, pero este año se ha transformado en una apuesta llena de incertidumbre. Santos reflexiona sobre este riesgo: ¨Aquí es un riesgo, no es que aseguremos que así va a ser, pero más o menos esa es una alternativa para nosotros de lograr hacer ese mecanismo¨.

Más allá de ser un insumo para afrontar la emergencia, la semilla de frijol que la comunidad siembra representa una herencia viva. No se trata de variedades traídas del exterior ni de insumos comerciales, sino de una semilla criolla y ancestral. “Es una semilla antigua, no la traemos del exterior o algo fuera de acá, sino que es una semilla original, digamos la han trabajado nuestros padres y nosotros la seguimos conservando”, enfatizó Santos, al ver como crecen los cultivos de frijol que sigue siendo una esperanza para su comunidad. 

MILPA, CAFÉ Y JOCOTES 

La mirada de las nuevas generaciones y el reto del agua

Para la familia de Gabriel Orlando Zet González, de 32 años, la agricultura es una forma de vida transmitida desde el nacimiento. A pesar de que muchas personas no le dan el valor que merece, Gabriel enfatiza que el trabajo del campo “es uno de los más importantes, pues de ahí se producen los alimentos que llegan a la capital y a todos los lugares”.

A sus 32 años, Gabriel reconoce no haber presenciado nunca una temporada de sequía de tal magnitud, cuyos estragos son evidentes en milpas que quedaron pequeñas y lotes que ni siquiera dieron elote, sumado a la disminución en los nacimientos de agua del lugar.

Gabriel destaca que la tierra donde vive, en un radio de dos a tres kilómetros a la redonda, cuenta con las condiciones idóneas para cosechar frijol, a diferencia de las zonas más bajas cercanas al río Motagua, donde este cultivo ya no se da. Por ello, con dos cuerdas de cultivo a su cargo, los vecinos están aprovechando este suelo fértil para intentar rescatar algo del ciclo.

Sin embargo, el retraso en el calendario mantiene a todos en angustia. Gabriel explica que enfrentan «la incertidumbre de que nos vaya a afectar la lluvia porque puede que en el momento en que esté floreando se vaya el agua y ahí se pierde nuevamente la cosecha». Ante la falta de precipitaciones, algunos vecinos intentaron instalar sistemas de riego, pero la escasez generalizada de agua terminó por frenar esas iniciativas.

Además, la emergencia tomó por sorpresa a la comunidad sin un esquema de trabajo organizativo previo. “Hasta el momento no hay una organización, así como tal porque nunca se había visto esto”, señala Gabriel, al explicar que la costumbre siempre fue confiar en la llegada regular del invierno mientras, “cada quien cuida su cultivo a como mejor lo sabe hacer. No tenemos fechas específicas por ese descontrol que ha habido”, agrega Orlando Gabriel sobre la pérdida de los calendarios agrícolas tradicionales.

Adaptación, migración y la defensa de la tierra

Frente a las constantes sequías que golpean la zona, los agricultores se han visto obligados a diversificar sus labores o tomar decisiones drásticas. Gabriel recuerda que, tras las severas pérdidas sufridas desde 2015, entendió que “en la agricultura sí cuesta un poquito trabajar” y que debía buscar “otra opción porque no se sobrevive”. Esto lo llevó a aprender soldadura para mantener a su familia sin abandonar por completo el campo. Otros vecinos han optado por emplearse en la construcción o emprender el camino de la migración hacia los Estados Unidos.

Ante este escenario, la comunidad apela a la responsabilidad del Estado. Santos Zet recuerda que el trabajo campesino abastece a los centros urbanos y pide el respaldo de las autoridades gubernamentales: “Le pediríamos a las autoridades encargadas de gobierno a que nos traten de apoyarnos de alguna manera, quizás no en todo, pero en alguito pues nosotros nos sentimos agradecidos, si así es”, enfatizó Orlando a ver como su comunidad depende de lo que la tierra produce, con las precipitaciones. 

A pesar de las adversidades climáticas y la falta de apoyo, el compromiso con la tierra permanece. Orlando Gabriel Zet motiva a sus vecinos a resguardar las semillas nativas frente a las variedades transgénicas y a mantener viva la producción local. 

Gabriel también dirige un mensaje de aliento hacia la comunidad: “Se siente bonito comer un elote, se siente sabroso comer algo que nosotros mismos cosechamos”, recordando que la calidad de los granos y las tortillas locales supera a cualquier producto traído de fuera.

Entre la incerteza del clima y la urgencia del alimento diario, La Plazuela no se rinde. La pérdida de la milpa dejó un golpe profundo en la economía de San Martín Jilotepeque, pero también encendió la memoria colectiva de un pueblo que se niega a soltar la tierra. En cada surco donde hoy despunta el frijol criollo no solo hay una apuesta contra el hambre y la sequía, sino un acto de dignidad comunitaria: el compromiso de proteger las semillas heredadas y sostener la vida campesina que, silenciosa pero incansable, sigue alimentando a todo el país.

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