El futbol como herramienta y plataforma política

COMPARTE

Créditos: Estuardo de Paz

(Parte II)

Por Alejandro Interiano*

Cuando se pide que no se hable de futbol, de religión y de política en la mesa, en el fondo, es porque se parecen mucho. Los tres reposan en la escancia de las personas y cultivan tantas alegrías como recelos. Guardan, explican y expanden amor, esperanza, rencor y desilusiones. En ese espacio comparten la capacidad de influir de forma real en el comportamiento y las percepciones de la sociedad en su conjunto. Este deporte afecta incluso a quienes no creen en él, porque hay políticos y figuras que provienen de estos espacios, elegidos democráticamente para gobernar. Al mismo tiempo, políticos y dictadores en el poder lo han utilizado como propaganda ideológica, herramienta de legitimación y de proyección internacional. En otras palabras, el futbol es la única religión que no tiene ateos, como diría Galeano.

En este sentido, conviene detenerse a analizar qué buscaba obtener Estados Unidos al albergar la Copa del Mundo de 2026. Diversos analistas sugieren que no es ninguna coincidencia, ya que este país se encuentra en un proceso activo de expansión y retención de su hegemonía global y está interesado en proyectar hacia el mundo, especialmente a América Latina, la imagen de un país capaz y superior en términos organizativos, logísticos, de liderazgo y de reconocimiento. Esto se explica, como veremos, porque el futbol tiene la capacidad especial de extrapolar sus cualidades y capacidades hacia otras dimensiones de la vida social y política. De esta forma, se sobreentiende que un megaevento de esta talla y complejidad solo puede ser organizado efectivamente, por un megaorganizador. Se pretende proyectar estas cualidades a los otros ámbitos mencionados, aunque no sean necesariamente extrapolables. No es lo mismo organizar un show de futbol en una región o un país, ¿o sí lo es? Pues como lo vimos en la primera parte de este artículo, depende más de cómo lo interpreten la sociedades, de si son reales esas habilidades o no.

Así llegamos al centro de la cuestión: ¿es posible que un juego, que también es show, consiga legitimar o cambiar la imagen de un gobierno, por ejemplo, de una dictadura? ¿puede un juego que opera como espectáculo legitimar o transformar la imagen de un gobierno, incluso la de una dictadura? Asimismo, ¿por qué existe la creencia popular de que saber dirigir un equipo de futbol capacita a alguien para gobernar un país, y viceversa? Finalmente, ¿a qué se debe el creciente interés de los Estados por albergar la Copa del Mundo, un incentivo tan poderoso que ha llegado a ramificarse en monumentales redes de corrupción y tráfico de influencias? 

Ofrecer herramientas y ejemplos para que el lector responda por sí mismo estas preguntas, es el primer objetivo de este artículo, que busca comprender la relación recíproca entre el futbol y la política, por medio de ejemplos reales. Segundo, se busca generar el fundamento que nos permita hacer una crítica a la FIFA como una organización de peso con poder que ignora, profundiza y se aprovecha de las desigualdades mundiales para generar ganancias.

El futbol como herramienta política

Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel (1981), nos propone pensar el poder desde el concepto de hegemonía. Que se refiere a la capacidad de un Estado, políticos y grupos en el poder, para convencer a la gente, a través de las ideas, que el orden establecido es el mejor. De esta forma, la población a través del consenso, acepta con voluntad, y hasta con gratitud, la imposición de ese orden. Para Gramsci, el poder se mantiene y se reproduce no sólo a través de la fuerza física o la coerción del Estado, sino mediante el consenso y la dirección ideológica. Pero, ¿qué ideas?, ¿y de qué forma?, ¿cómo se puede convencer a millones de personas, que una dictadura es algo bueno, por ejemplo? Pues por aquí va la cosa. 

En el caso del mencionado Gramsci, y que expandirá más adelante Foucault, estas ideas son insertadas en las mentes de los sujetos a través de las instituciones cotidianas, como la escuela, la universidad, la iglesia y los medios de comunicación, que en la actualidad son las redes sociales. El autor sostiene que el poder no solo se reproduce en las instituciones, el sistema educativo y el trabajo, sino también desde el ocio y el deporte. Las formas de recreación y de deporte consiguen canalizar las pasiones y el descontento social, hacia entretenimientos y distracciones que no cuestionan el orden establecido; además, consiguen promover los valores de este orden, como la competencia individual, el nacionalismo y el respeto ciego por las reglas establecidas, en el caso de sistemas autoritarios como el fascismo.

Sin embargo, más que profundizar en un análisis crítico sobre la función social del deporte, nos interesa especialmente el concepto de legitimidad. Entendiéndola como un sistema político, según este autor, que se consigue cuando la dirección política y cultural de la clase dominante es aceptada por las clases subalternas, siendo necesario para ello, como vimos, tanto la fuerza (coerción) como el consenso de los gobernados. Precisamente en este espacio entra el futbol. Cuando hablamos de herramienta política, nos referimos a estos mecanismos por los cuales los actores institucionales y sujetos políticos, desde el poder ,utilizan el deporte con consciencia y estrategia, de arriba hacia abajo, para conseguir legitimidad, control social, proyección interna o internacional.

Futbol y fascismo

El primer mundial de futbol fue organizado en 1930, en Uruguay; y el siguiente, en 1934, en la Italia fascista de Mussolini. Este es el primer ejemplo que se utiliza para hablar de futbol como herramienta política. Mediante una serie de presiones psicológicas y estratagemas, consiguió que su país fuera campeón mundial. Este hecho, la gestión del mundial y su victoria, aumentó exponencialmente su popularidad y la del régimen, incluso, algunos consideran que fue la primera vez que este deporte se concibió como un instrumento de propaganda nacionalista, herramienta de cohesión nacional y de legitimación de los líderes, como del sistema político vigente.

El fascismo surgió como respuesta autoritaria a la Gran Depresión de 1929, que las democracias liberales fallaron en gestionar. Este sistema estaba construido alrededor de valores como la fuerza, la acción y la violencia, tanto en el corporativismo autoritario como en la exaltación nacionalista. Además, su nacimiento fue una reacción directa de la burguesía europea en respuesta a los movimientos obreros, socialistas, anarquistas y de izquierda, que tomaban cada vez más fuerza durante el siglo XX, que veían con gran admiración la Revolución Rusa de 1917, un sistema socialista que queda consolidado en Rusia entre 1922 y 1926, a pesar de los constantes asedios militares europeos. El capitalismo occidental temía grandemente a este despertar colectivo y mundial. Y su respuesta fue acorde a ese miedo: violenta.

El futbol puede jugarse y entenderse de esta forma, desde la dominación y la violencia. Y así fue dándole pertinencia e identificación con el fascismo. Para 1934, el futbol era un show tan importante e impresionante como el cine o los desfiles de moda masivos, y era utilizado activamente como una distracción para las masas oprimidas. El dictador italiano vio en el mundial una gran oportunidad, disputando y ganando la sede a Suecia, después de una serie de presiones y artimañas que resultaron exitosas, Italia se convierte en sede y Benito Mussolini se dirige a Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Futbol:

— Italia debe conquistar el campeonato, dijo Mussolini.

— Por supuesto Duce, haremos todo lo posible, replicó el general Vaccaro.

— No me ha entendido, Vaccaro. Italia debe ganar. Es una orden. (Villalobos, 2013)

Vaccaro corrió a nacionalizar jugadores argentinos y brasileños, y les puso la camiseta italiana. Las calles se inundaron de carteles promocionando el torneo, con jóvenes haciendo el saludo fascista. La emoción pobló la nación y presenció en cada partido al dictador atento al juego que, desde lo alto junto con los directivos, políticos y miembros del ejército, generaban una presión de muerte a los jugadores de la selección italiana, que se hacían paso con gran agresividad hacia la cima.

El Duce, que era organizador, planificador, controlador y autoritario, nada dejó a la suerte. De esta forma, este mundial es recordado como uno de los más intensos y duros de la historia, donde en cuartos de final España se retiró con muchos jugadores lesionados. El arbitraje cedía además constantes beneficios dirigidos a la victoria itálica.

Al final, se enfrentó Italia contra Checoslovaquia. La noche anterior, Mussolini cenó con el árbitro de la final para discutir la estrategia. Sin embargo, la República Checa dominó el partido hasta el medio tiempo. Es ahí donde el dictador se dirigió al técnico italiano, diciendo:

— Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar.

— Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal; comunicó el entrenador a sus jugadores inmediatamente.

Italia ganó 2-1 ese mundial, con grandes críticas al arbitraje. La victoria de la selección fue la victoria del fascismo y del dictador, cuya popularidad se exaltó hacia los adentros de la nación y ante el mundo. Solo cuatro años más tarde, Italia ganaría de nuevo el Mundial de Francia de 1938, donde los jugadores serían despedidos por el mismo dictador bajo las palabras de vencer o morir y saldrían al campo con camisetas negras, representando la fuerza militar fascista.

De esta forma, el régimen consiguió proyectar su imagen de fuerza, fiereza y superioridad hacia el mundo entero, así como de efectividad, resultados y de mejor organización social. Se había transformado el deporte como práctica competitiva internacional, en una herramienta política de proyección y de legitimación, ya que se recuerda que después de estas victorias, Italia no sería jamás la misma, pues el líder fascista y su sistema político quedarían más fortificados que nunca.

Aquí un duro detalle final: fue la dictadura de Mussolini la que detuvo a Gramsci, el 8 de noviembre de 1926, violando su inmunidad parlamentaria y condenándole a 20 años de prisión. Al condenarlo, el fiscal del tribunal fascista exclamó: “Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione”. El régimen fascista conseguiría su objetivo a medias, destruyendo su cuerpo con el encierro, pero sin poder apagar su pensamiento. Por ello, ahora disfrutamos de la cultura, del ocio y del futbol, con pensamiento crítico. Pues comprendemos que todo lo que puede ser utilizado para la dominación del hombre, puede ser utilizado para su liberación.

Proyección y Poder blando

Para Joseph Nye, geopolitólogo estadounidense, el futbol ha sido un mecanismo efectivo para ejercer el poder blando, entendido como aquel utilizado por Estados para ejercer presión, construir y consolidar su imagen e influir, por medio de elementos culturales e ideológicos, sin necesidad alguna de violencia. A continuación, se traen a la luz ocasiones en que ha sido utilizado efectivamente.

En Brasil, el dictador Getulio Vargas, llegaría al poder mediante un golpe de estado en 1930; arquitecto del Estado novo, establecería durante décadas un sistema político autoritario, con inspiración fascista. Para el mundial de Francia 1938, Vargas había comprendido el poder milagroso del futbol e intervino desde el Estado, inyectando grandes cantidades de recursos en la preparación mundialista, siendo muy recordado el momento de despedida de la delegación brasileña, construido como un enorme acto patriótico masivo.

La selección de Brasil consiguió un histórico tercer puesto gracias a Leônidas da Silva, futbolista afrodescendiente y máximo goleador del torneo. Vargas explotó masivamente la imagen de Leônidas, promoviéndolo como el hombre más popular del país al lado del propio dictador para legitimarse ante las clases populares, utilizando su éxito y el de los jugadores negros para vender la narrativa oficial de una “democracia racial”. Este dictador fue el gran pionero en América Latina en comprender que el futbol masivo era perfecto para los fines del Estado populista y corporativista, ya que mediante los éxitos de la selección nacional consiguió además exportar la imagen de un Brasil moderno y competitivo, una nación que se presentaba como una potencia emergente, joven y culturalmente armónica e integrada.

En Argentina, 30.000 personas fueron ejecutadas bajo el yugo del régimen militar gobernado por Jorge Videla, Eduardo Viola y Leopoldo Galtieri. En 1976, la Junta Militar realiza un golpe de Estado e interviniendo los medios de comunicación. Comienza un reinado de terror y represión. Solo dos años después, comienza el Mundial de Futbol en ese país. En otras palabras, una de sus mayores y más rápidas comprensiones fue que para controlar al pueblo argentino, debían controlar al futbol (Anduro, 2014, pág. 15).

Videla y el presidente de la FIFA, Joao Havelange, eran grandes amigos, fue así cómo consiguió que Argentina fuera sede. Amistades, matrimonios, familias, seres humanos eran separados y torturados a solo unos metros del estadio Monumental, en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada. Los militares argentinos despilfarraron gigantescos fondos públicos en el evento y enfocaron todos los medios de comunicación en él. En una estrategia propagandística, conscientemente se pretendía distraer a la población de las esferas políticas, económicas y sociales, que sabían de mayor importancia. Estaba en marcha la manipulación ideológica, desde las alturas del Estado. Así, lo que para los argentinos era alegría y unión, para los militares era una herramienta efectiva de silencio y distracción, y de esta forma, Argentina consigue su primera estrella y con ello, proyectar una imagen favorable del régimen al exterior, utilizando la victoria y su euforia colectiva para vender al mundo una fachada de paz, orden y consenso. De esta forma, la dictadura militar instrumentalizó el futbol como parte de una operación masiva de propaganda interna y de lavado de imagen internacional, mientras en territorio argentino ocurrían violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

El futbol como plataforma política

Comprendemos con estos ejemplos, mediante la estrategia nacionalista integradora de Vargas y el crudo blanqueamiento político de la criminal Junta Militar Argentina, cómo las estructuras de poder institucionalizadas y los regímenes autoritarios han utilizado históricamente al futbol como un mecanismo sofisticado de hegemonía, control social, legitimidad geopolítica, proyección y poder blando, a menudo disfrazando descaradamente la realidad, incluso sus horrores. Así también, al ser un deporte tan masivo, donde se cruzan tanto emociones y lealtades, así como grandes cantidades atención, esto lo vuelve un espacio sumamente atractivo para las empresas y para los políticos, que utilizan el deporte como una forma efectiva de generar deseo, admiración, respeto, consumo y elección. Aquí entrará su uso como plataforma política, que ha sido en realidad de dos vías. Se ha usado como trampolín político desde el futbol hacia la política, y como plataforma de visibilización y resistencia, un espacio de disputa que ha permitido a los grupos oprimidos mostrar las injusticias y desigualdades a las que son sometidos.

Añoramos profundamente, ser parte de algo más grande, de una alegría más amplia de la que cabe en nuestro propio corazón. El futbol, al compartir la misma emoción, nos permite compartir el mismo corazón, con miles de desconocidos que uno sabe sus hermanos. Unidad, simbiosis, dirección y sentido temporal. Nos otorga una identidad compartida y raíces, fundamental en un mundo posmoderno y amplio. Sin embargo, como cualquier actividad masificada, es imperante sostener el pensamiento crítico y la reflexión, comprender cómo afecta nuestra sociedad y nuestra propia forma de actuar y de convivir con las reglas, con la autoridad, con los otros iguales o distintos a mí.

En este sentido, debemos recordar uno de los pilares fundamentales de la sociología que señala que hasta el individuo más íntegro puede verse disuelto por la multitud, sea este causado por un partido de futbol o por fiebre nacionalista, lo que de forma científica nos permite explicar fenómenos de gran unión positiva, como la celebración del futbol, pero también hechos terribles, como actos de violencia en grupo o la propensión a la manipulación. 

El mercado, los Estados y los grupos en el poder comprenden este mecanismo. Es así como las empresas utilizan la plataforma del futbol, de los clubes y a los equipos y para vender, de la misma forma en que los políticos utilizan al futbol como plataforma política, para venderse: construir y proyectar una imagen de sí mismos.

Recapitulemos. Hasta acá, hemos separado didácticamente los usos del futbol en dos tipos. Primero, herramienta política, vista en los ejemplos de los dictadores, donde se utiliza desde regímenes consolidados, como aparato de legitimación, propaganda y validación internacional. Segundo, como plataforma política, donde se utiliza el deporte como plataforma de lanzamiento, acumulación de capital social y trampolín político, que es posible debido a su gran popularidad y capacidad de influencia. Ampliemos este último.

Volvamos a Italia. En 1986, Silvio Berlusconi, magnate de los medios de comunicación, adquiere el AC Milan. El club atravesaba una profunda crisis deportiva y financiera, vinculado incluso a un escándalo de apuestas llamada Totonero. Berlusconi invirtió el capital necesario y cambió la gestión del club. Bajo su dirección, el Milan se convirtió en uno de los mejores equipos de la historia del futbol, haciéndole victorioso en muchas Copas de Europa y títulos de serie A.

De esta forma, consiguió proyectar una imagen de modernidad, éxito y superioridad administrativa, utilizando su éxito en el club para argumentar su idoneidad pública. “Si fui capaz de sacar al Milan de la quiebra y convertirlo en el mejor equipo del mundo, puedo hacer lo mismo con Italia”, argumentaba al electorado, considerando que el futbol había sido el auditor de su capacidad de gestión. Cuando fundó su partido, lo hizo bajo el nombre de Forza Italia, que era literalmente el cántico de apoyo a la selección nacional. Toda su campaña estuvo basada en el lenguaje y simbología del futbol, otorgándole una ventaja de conexión emocional y de alcance que ningún otro partido tradicional tenía en ese momento. En 1994, alcanzó la presidencia del Consejo de Ministros de Italia, puesto que ocuparía en tres ocasiones, debido al reconocimiento y notoriedad alcanzado desde el futbol, a nivel nacional e internacional.

Plataforma de visibilidad y resistencia

El futbol opera como un mecanismo de control social o legitimación por parte de los regímenes de turno; también constituye una plataforma institucional ideal donde el poder es disputado y contestado por los sectores subalternos. Cuando los canales tradicionales de participación y expresión política son cerrados por el autoritarismo, la cancha y el entorno deportivo pueden transformarse en un escenario clave de resistencia, movilización y visibilidad democrática.

Volvamos a Brasil. A principios de los años 80, en un contexto de una dictadura militar que se había instaurado desde 1964, desde el futbol surgió un hermoso experimento democrático y de resistencia: la Democracia Corinthiana. El club Corinthians Paulista, fundado por trabajadores del sector ferroviario construyó, promovió y protegió un sistema democrático interno, que rompió con las lógicas verticales de poder y autoritarias de la gestión deportiva.

Ello fue posible por medio de dos pilares. El primero, el voto igualitario y universal, ya que las decisiones estratégicas e institucionales del club dejaron de ser prerrogativa exclusiva de las cúpulas dirigentes. Se estableció un mecanismo donde todos los miembros de la entidad —jugadores, directivos, cuerpo técnico y empleados— tenían el mismo peso del voto (un voto por persona) en la toma de decisiones. Segundo, la horizontalidad organizativa, donde a través de este consenso democrático directo, el plantel y los trabajadores definían colectivamente los aspectos cotidianos del equipo, tales como los horarios de entrenamiento, las políticas de fichajes y la obligatoriedad o eliminación de las concentraciones antes de los partidos de fútbol. Este experimento autogestionado, además de cuestionar el statu quo político e ideológico del país, consiguió demostrar una enorme viabilidad práctica y efectividad, pues alcanzó gran éxito deportivo y económico para el club.

La Democracia Corinthiana, como bastión de protesta y resistencia, se basaba en la profunda conciencia política de sus futbolistas, que ejercieron un papel activo de denuncia de la dictadura. Su máximo referente ideológico, Sócrates, era un jugador bien posicionado a la izquierda, y junto con figuras como Wladimir y Casagrande, utilizaron su espacio privilegiado de visibilidad como estrellas internacionales del deporte, para romper con la supuesta neutralidad del futbolista, siendo un potente altavoz y plataforma desde la cual florecían las demandas civiles y eran comunicadas al mundo. Bajo la capitanía y dirección conceptual y política de Sócrates, los futbolistas del Corinthians demostraron que el deporte no existía en una burbuja aislada de la sociedad, sino que reflejaba sus contradicciones y transformaciones, y que podía ser empleado como un espacio político para movilizar al pueblo en sus deseos de reformas democráticas, dándole voz y visibilidad a la opresión de su tierra.

Críticas a la FIFA

Para este momento hemos intentado explicar y fundamentar, mediante ejemplos y conceptos un hecho: el futbol puede influir en la política y la política influye en las cualidades y las formas en que se expresa. Sin embargo, no solo influye en sus expresiones, sino también en cómo se ha organizado. Los espacios, las reglas, los territorios, las poblaciones y las dinámicas de poder que han determinado al futbol a lo largo de la historia, han sido planeadas y ejecutadas desde un organismo concreto: la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). 

Los usos que ha tenido el futbol, para bien o para mal, han sido permitidos desde la FIFA, o en su defecto para la resistencia, a pesar de ella. Este organismo es el mecanismo de legitimidad internacional del futbol, y aunque su origen institucional era reglamentario y organizativo, en la actualidad es un organismo internacional con gran peso político e influencia, que a menudo se aprovecha de las desigualdades estructurales de los países en vías de desarrollo, ignorando e inclusive profundizando problemáticas locales, motivado internamente por las ganancias económicas.

Un poco de historia. La FIFA nació en 1904, en Francia, con representantes de Bélgica, Dinamarca, España, Países Bajos, Suecia y Suiza. Como institución, nació para reglamentar y para controlar la expansión del cada vez más popular deporte. Sin embargo, diversos autores nos advierten (Tamir Bar-On y Escobedo, 2019) que su creación debe contextualizarse, ya que el colonialismo europeo seguía vigente y el deporte era pensado desde el poder británico con un discurso expansionista. Lo que ahora denominamos poder blando, en su momento era entendido como una forma de poder informal, donde durante todo el siglo XIX, el futbol conquistaría el mundo, con la notable excepción de la India.

Esta antigüedad no es un detalle menor, ya que la vuelve más antigua incluso que países como República Checa, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia, Ucrania, Bielorrusia y la lista sigue. En Latinoamérica, el país soberano más joven es Panamá, que se independiza de Colombia en 1903, apenas unos meses antes de la creación de la FIFA. La FIFA sobrevivió y hasta influyó (como vimos con los regímenes fascistas) en las dos guerras mundiales, siendo más antigua inclusive que la propia Naciones Unidas, fundada en 1945. La intención de esta explicación histórica es notar que la FIFA ha sobrevivido a lo largo del tiempo, justamente porque sabe leer las dinámicas del poder global y siempre se posiciona del lado de los más poderosos, siendo su principal incentivo económico.

Aunque la FIFA aduce ser apolítica y neutral, su neutralidad es más una estrategia discursiva que una base ética, que resulta en la inacción o en la selectividad de narrativas, atravesadas por las dinámicas de poder globales, utilizadas a conveniencia y despreciando el dolor, la desigualdad y la pobreza de la que se aprovechan como organización política de peso que ignora, profundiza y se aprovecha de estas desigualdades mundiales. Además, la institución ha sido constantemente señalada por escándalos de sobornos y prácticas corruptas que privilegian intereses privados por sobre el bien público, con investigaciones y reportes que señalan falta de transparencia en licitaciones y adjudicaciones, por ejemplo, sobre sedes y contratos comerciales (Human Rights Watch, 2023; BBC, 2022).

La FIFA ha otorgado mundiales y otros torneos a países con historiales cuestionables en derechos humanos y democracia, lo que ha generado críticas por legitimar regímenes autoritarios a cambio de ventajas políticas y económicas. De esta forma, la organización ha reducido e ignorado sus propias salvaguardas de derechos humanos para acordar con anfitriones poderosos, apoyando prácticas regresivas en nombre del futbol. Así también, guarda para sí ganancias multimillonarias, por medio de derechos de TV, patrocinios y hospitalidad, mientras transfiere gran parte de los costos a los gobiernos locales, que les favorecen con infraestructura, seguridad y exenciones fiscales. La inmensa y radical mercantilización de este mundial, excluye (¿conscientemente?) a las hinchadas y aficionados populares, que ya no pueden acceder a los partidos por los altísimos costos de las entradas, pues se priorizó ante todo los consumidores de alto poder adquisitivo, generando una brecha real de accesibilidad entre élites y masas.

Conclusión e invitación

Al principio, el futbol era para las élites. Y al final, también. Ahora más que nunca, vemos cómo la dictadura del mercado, por medio de la FIFA, condiciona a los países del mundo a obedecer sus reglas, exprimiendo al mundo del futbol, a los futbolistas y a sus fanáticos, hasta el último centavo. Se ha pasado de promover la diversidad mundial y la excelencia por medio del futbol, a comprender y expandir el deporte desde una perspectiva exclusivamente económica, que para sobrevivir y prosperar invisibiliza o posiciona problemáticas a conveniencia.

“La pelota no se mancha”, nos dijo el Diego. Pero el Diego ya nos había vengado con los ingleses. La pelota no se mancha, pero se piensa, se cuestiona y se protege, porque si no, se pierde. Se la apropia el mercado, la publicidad y el poder, y la usan para distraernos de nuestras realidades, sus conflictos y sus contradicciones. Si es político, debe ser problematizado, lo mismo que, si es parte de nuestra identidad, debe ser respetado y disfrutado. Es importante hacerlo, porque incluso un juego como el futbol se vuelve peligroso cuando la lealtad se vuelve fanatismo, la influencia se vuelve manipulación y la distracción se vuelve indiferencia. Lo que nos une con la tercera parte de este artículo.

Una de las preguntas que más me ha interesado durante toda mi vida es en realidad una muy sencilla: sabemos que hay guerra y genocidio, ¿por qué no se para el mundo? ¿cómo puede continuar la normalidad, frente a la masacre y tortura de miles de personas, como en Gaza? ¿cómo puede ser sede del mundial, un país como México, que tiene un gravísimo problema de desaparecidos, mayoritariamente en el Estado donde sucedieron varios partidos, Jalisco?

La FIFA, como garante del espectáculo del futbol, no sólo contribuye a consolidar una visión del mundo donde la rentabilidad y la estabilidad del negocio deben priorizarse sobre cualquier consideración ética; sino que también tiene un poder pedagógico: quieren mostrarnos que la crueldad, el conflicto y la violencia pueden coexistir con nosotros y en nuestra normalidad, y solo les pedimos migajas de alegría. De esta indiferencia, de las contradicciones del futbol, y del caso de los desaparecidos en México, les contaremos en nuestro siguiente artículo especial, donde un reportero de Identidad nos cuenta su experiencia de primera mano, en Guadalajara. Quedan ustedes cordialmente invitados.

Referencias

Anduro, J. (2014). El fútbol como herramienta política: Análisis del mundial de Argentina 1978.

Bar-On, T., & Escobedo, L. (2019). FIFA vista desde una perspectiva poscolonial.

BBC News Mundo. (2022, 26 de noviembre). El controvertido historial de la FIFA con gobiernos autoritarios.

Brito Alvarado, X., & Vayas Castro, S. (2022). Geopolítica del fútbol: Sobre la globalización del balón.

Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra.

Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la cárcel (V. Gerratana, ed.; A. M. Palos, trad.; Vols. 1–6). Ediciones Era.

Human Rights Watch. (2023, 31 de octubre). La FIFA violó sus propias normas de derechos humanos para los anfitriones de la Copa Mundial.

Nye, J. S. (2004). Soft power: The means to success in world politics.

Padilla, D. (2019). Fútbol como herramienta de comunicación política para la construcción de la imagen política.

Villalobos, C. (2013). Fútbol y fascismo: Los mundiales de Mussolini y Hitler.

Sobre el autor: Alejandro Interiano es un poeta, escritor y estudiante de Ciencia Política guatemalteco, comprometido con la transformación de su país, a través de las artes, el pensamiento y la comunicación. Contacto: Alejointeriano8@gmail.com

COMPARTE

Ahorita