Un viaje en tren

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Créditos: Prensa Comunitaria

Max pasó temprano, precavido como siempre, pues tenía miedo de que el tráfico de Los Ángeles los hiciera llegar tarde. Ambos detestaban esa ciudad porque no se podía caminar a pie, excepto en algunas calles del centro. En las reuniones familiares, evocaban la lejana Frankfurt, en donde paseaban en la Palmengarten y, paseando, discutían con énfasis sobre las investigaciones del Instituto. Ahora, exiliados en los Estados Unidos, viajaban con su Alemania a cuestas, y podían decir, con Thomas Mann: “Allí donde yo estoy, allí está Alemania”. Declaración algo vanidosa, a decir verdad. Pero con un brillo de verdad: ellos sentían que la verdadera nación, la de Beethoven o Kant, no se había quedado en el Tercer Reich, sino que había viajado con todos los desterrados por el nazismo. Max se había comprado un automóvil raro, que desafiaba a las grandes casas productoras de automóviles, la General Motors o la Ford. No lo sabían, pero iba a durar poco, no obstante su diseño futurista y su excelente rendimiento. El modelo se llamaba Studebaker Champion, y se podía sospechar que la preferencia de Max se debía a los orígenes alemanes de los fabricantes. El vehículo se deslizaba por la autopista y los mullidos amortiguadores, de carro de lujo, hacían pensar en un viaje por mar, como el que habían podido hacer un momento antes que las SS los capturaran y los mandaran a algún campo de concentración. La idea de Teo era llegar a Nueva York, y, desde allí, dar el salto hacia París y, ¿por qué no?, extenderse hasta su país en ruinas. Sabían que los escombros no eran solo de edificios o palacios: eran, sobre todo, morales. Hasta Los Ángeles habían llegado las noticias de los suicidios de masa entre sus compatriotas, cuando supieron que el Führer se había disparado y que el Ejército Rojo avanzaba sin piedad. 

En la estación, varios amigos habían llegado a despedirlo. Gretel estaba aparte, como si todo ese acto fuera una representación absurda. A veces, tenía esa actitud extraña. Como ver los peces en un acuario, como observar la calle desde lo más alto de un edificio, como ver bailar a los demás sin participar en la fiesta. De ese modo, los abrazos y las palmadas en la espalda, parte del ritual de la despedida, se quedaban colgando delante de sus ojos, ese ritual una película muda sin ni siquiera el acompañamiento musical del piano. Teo habría querido una actitud participativa pero ya estaba acostumbrado. También en Alemania, antes de la guerra, cuando iban a alguna obra teatral de vanguardia, y los actores se mezclaban entre el público para implicarlo en la escena, Gretel se rehusaba y hubo una vez que ganó la salida con tal de no participar. Había sido cuando los actores habían querido hacer una parodia algo blasfema de la comunión: una artista medio desnuda había pelado un banano, con parsimonia y misticismo, y luego había descendido al escenario para repartir los pedacitos de la fruta entre los espectadores, distribuyéndola con la misma unción con que el cura repartía las hostias en la misa. Gretel había dicho que no, con la cabeza, con movimientos tan fuertes que sus negros cabellos lacios imitaban el ondeo de una bandera al viento. La actriz había insistido, por lo que Gretel había pronunciado un “no” tan seco y decidido que el ambiente fue invadido por una sensación muy fuerte de desazón y molestia. La actriz no se desanimó, y, a ese punto, Gretel se había levantado de su asiento y se había largado. Una buena parte del público aplaudió. Otros se rieron, con esa risa molesta del quien se turba y no sabe qué hacer. 

Max le dio un libro para leer. Eran Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Curioso, Teo no había leído ese libro del cual hablaban todos en los Estados Unidos. No lo había leído porque la fama de realismo que lo acompañaba no lo convencía. Prefería a Faulkner e incluso a Hemingway, que de alguna manera jugaban con la realidad al punto de rozar lo fantástico. Ya en el tren, comenzó la lectura, pero pronto se distrajo con sus propias reflexiones. Desde hacía algunos meses discutía con Max acerca del iluminismo. Es decir, discutía con Max sobre el fracaso del iluminismo. ¿Como era posible que ese movimiento, ese gran árbol cuyas raíces se afincaban en Descartes y Kant, hubiera desembocado en el nazismo y el fascismo? Para ambos, esas aberraciones de la cultura europea no eran fruto de un movimiento en contra del iluminismo. Al contrario, pensó Teo mientras miraba desfilar, por la ventana del tren, gasolineras, casas rurales, campos de trigo, de centeno, de maíz, al contrario. Nazismo y fascismo eran como desembocaduras naturales del pensamiento que Voltaire, Montesquieu y Diderot habían cultivado como terreno abonado para la revolución de los burgueses europeos. Con esas idean habían derrocado a la monarquia y sentado las bases de la democracia. ¿En que momento había ocurrido la desviación?

Algún tiempo después, Teo iba a explorar una respuesta. A decir verdad, ya en ese viaje, en las largas horas de paisaje que corría veloz por la ventanilla, un esbozo se había comenzado a formar en su mente. En efecto, pensó, la cuestión central, esto es, el iluminismo que se destruye a sí mismo, como si la autoinmolación fuera un destino, planteaba una cuestión política, por decirlo de algún modo. Detrás de lo político, en el fondo de lo político, se proponía un dilema filosófico. Era el punto de partida: el racionalismo. Teo pensó que la semilla de la paradoja estaba ya en Descartes, que había llegado al famoso “pienso, luego existo” a partir de la constatación de la imposibilidad del conocimiento. Sin darse cuenta, golpeó la mesilla en donde reposaba la novela de Steinbeck. Otro pasajero levantó la vista, como si le preocupara la salud mental de su compañero de viaje. Teo hizo un gesto, como espantando la posible locura. Quizá la cuestión central fuera la separación entre el ser que existe y la palabra que lo nombra. Teo no podía ocultar su disgusto por Heidegger y por el acomodamiento del filósofo dentro de la universidad del Tercer Reich. Pero, de alguna manera, estaban coincidiendo. 

El arte, pensó, el arte. Quizá la única manera de llegar a la esencia de las cosas era a través del lenguaje del arte, que no siempre coincidía con la lengua de comunicación. Se corrigió: nunca coincidía. Recordó las clases de piano recibidas en la infancia y la aceptable maestría que había adquirido con los años. Pensó que, para él, el paraíso coincidía con un buen libro y la buena música. Porque la música era el único arte que se saltaba las barreras de la significación. Comunicaba sin necesidad de querer decir nada. Uno oye las primeras notas de la Pastoral de Beethoven, se le ocurrió esa pieza, y ya está en el prado, con las flores, los pájaros, las nubes y la tormenta que amenaza. Pero prado, flores, pájaros, nubes y tormenta no significan nada, son las notas que danzan y que vienen del alma y van al alma. ¡La comunicación directa, sin intermediación de las significaciones! Le faltaba poco tiempo para desarrollar esa idea. Meses, quizá. La paradoja era que no iba a necesitar un tratado de filosofía, sino unos aforismos afortunados.

El tren entró lentamente en la estación. Pensó que tenía que visitar a algunos amigos del Instituto. Pero lo primero que hizo fue encontrarse con Julia, con sus grandes ojos negros y su boca ligeramente prominente, en un rasgo que podía ser un defecto y que, en cambio, provocaba una fuerte sensualidad. Admiraba, en esa amiga, la solidez intelectual, la aguda inteligencia, la capacidad de razonamiento. Durante el almuerzo, Teo le contó sus preocupaciones sobre el iluminismo y ella contribuyó con otras ideas originales. También hablaron de sus vidas, que para eso estaban. El restaurante era alemán, el vino francés. Establecieron un plan para ese encuentro, y lo cumplieron. Después de la relajada comida, fueron a un apartamento que Julia había prestado a una amiga, y deslizaron esas horas en atrevidos experimentos eróticos. Probaron un poco de todo, con el desenfado de su edad, ya no joven pero tampoco madura. Era la plenitud el cuerpo. Hacia las seis, se despidieron. Ella regresaba a su casa de mujer felizmente casada; él, a reuniones académicas con los corresponsales del Instituto.  

(El texto está libremente inspirado en el primer capítulo de I fantasmi del presente, de Wolfgang Eisenberg)

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