Susana y el Gran Escritor

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Susana bajó de la camioneta número cinco, que llevaba hasta la colonia en donde habitaba el Gran Escritor. Le habían advertido: “Te van a asaltar”. Un amigo, que vivía por esos parajes, ya estaba acostumbrado. Durante la última fiesta organizada por un compañero, les había relatado que, en la bajada después del Campo de Marte, un tipo se había levantado de su asiento y había apuntado una pistola contra los pocos que quedaban en el bus. Mientras el vehículo subía la cuesta que desembocaba en las primeras casas de Vista Hermosa, el tipo iba recogiendo móviles y billeteras. Como el compañero estaba cerca de la puerta de atrás, unos momentos antes de que el asaltante llegara hasta él, se tiró a la banqueta, como había visto en las películas. Quedó lleno de moretes y raspones, pero no se quebró nada. “Y lo peor es que no llevaba dinero”, les dijo entre risas. “Me tiré por instinto”. Así que Susana había hecho todo el recorrido imaginando un atraco, y dudando si tendría el coraje de tirarse, ella también, del vehículo en marcha. No fue así. Cuando se iban acercando al desvío para la Universidad Landívar, jaló la cuerda del timbre y el chofer se detuvo, un instante, en la esquina siguiente. Susana bajó cuando el autobús se estaba poniendo en marcha, de nuevo. Pensó, no dijo, un grave insulto contra el chofer. 

Sus compañeros habían llegado al lugar del encuentro hacía unos minutos. Habían estacionado el Toyota a lo largo de la avenida, a unos quinientos metros de la casa del Gran Escritor. Se habían dado cita allí, para repasar las preguntas. Susana no se apresuró. Respiró profundo y caminó hacia el carro. Adentro, Carlos mordía lo que quedaba de un McDonalds. Menos mal, los cuatro vidrios de las cuatro puertas estaban abiertos. Los otros dos tenían sus cuadernos en las manos. Algo apuntaban. Susana los saludó. “¿Ya están listos?”, preguntó. Carlos terminó de engullir su hamburguesa. “Listos, lo que se dice listos, nunca”, respondió, con lo que quería ser una chanza. Susana abrió la portezuela trasera y se acomodó en el asiento libre. Hizo una seña con la barbilla a los otros dos. Respondieron, casi en coro: “Qué tal, Susana”. Eran chaparros y feos, en la Facultad casi no había compañeros guapos. Tampoco interesantes. Estos le habían tocado y con estos trabajaba. Como decía Lenin, pensó: la revolución no se hace con los mejores elementos, ni con las personas adecuadas; se hace con los que hay. Le habían tocado los bolcheviques y con ellos había dado caravuelta al zarismo. Susana temía que cuando el Gran Escritor viera a los muchachos, iba a tener la misma sensación que ella, con una cierta culpa, experimentaba. La horrible sensación de que esos tipos no estaban a su altura, que fueran lentos y obtusos, como si la masculinidad fuera un obstáculo para pensar bien. Susana venía de una familia de intelectuales, de una casa llena de libros y de arte. La gente que entraba, cuando veía los muebles escogidos con refinamiento, y los cuadros en las paredes, de los mejores pintores nacionales (y algún extranjero), decían, con simplicidad: “¡Parece un museo!”. Los chicos que estaban en el carro, junto a ella, venían de la clase media baja, casas mediocres de barrio popular, quién sabe de dónde habían sacado la vocación para las letras. Pensó: “Futuros fracasados y borrachos”.

“El Decano ya autorizó los fondos para la revista”, anunció Carlos mientras sorbía el fondo de un Coca Cola, con sonoridades de aire comprimido. “Ahora sí podemos entrevistar al Maestro”. Hacía unos meses, habían publicado el primer número de “El Petate”, singular nombre que le habían puesto a la revista de la Facultad. Fueron varias noches de discusión para decidir ese nombre. Se había impuesto porque alguno evocó el Popol Vuh y relacionó la estera con ese nombre nahua. Susana había combatido contra ese bautismo pero no tuvo éxito. De todos modos, había ido a la Rectoría para que Extensión Universitaria les diera un financiamiento, pero el Director la había despachado con las cajas destempladas. “Ay, mijita”, le había dicho el poeta, cuya alcurnia le permitía ese lenguaje familiar. “No tenemos un solo centavo. Ahí sí que ni petate en qué caernos muertos”, bromeó sobre el nombre de la revista que no iba a patrocinar. No tuvieron más remedio que humillarse con el Decano, al que nunca habrían querido deberle ese favor, porque era de derechas, conocido militante de la Liberación. Tenían razón, porque el hábil político se hizo mucha propaganda con ese apoyo a la juventud literaria. Hasta salieron en el periódico mientras recibían el cheque. Poco faltó para que en la Facultad no los llamaran vendidos. Y ya que estaban, también les financió este segundo número, en donde el artículo estrella iba a ser la entrevista al Gran Escritor Nacional.

Era este una especie de prócer de larga y nutrida bibliografía, repartida entre poderosas novelas y perspicaces ensayos literarios de lectura y estudio obligatorio en las aulas universitarias. Se había distinguido en la Revolución del 44, tirando piedras contra la dictadura de Ubico. Derrocado el tirano, había sido el más joven rector de la Universidad, en donde había protagonizado épicos debates contra los intelectuales de la derecha, cuando la derecha todavía tenía intelectuales. Una leyenda relataba que, cuando se discutió la oficialización de las lenguas indígenas, un anciano erudito había defendido los orígenes de la lengua española y había dicho su discurso en latín. Entonces, el Gran Escritor le había respondido en griego. “Malhaya”, pensó Susana, “cuando los enfrentamientos eran estos”. Susana, en los meses precedentes, se había leído y subrayado toda la obra del Gran Escritor y se había dado cuenta del peso e importancia que tenía para la cultura nacional. “Peor si nuestras preguntas le van a parecer idiotas”, temía. Estaba muy nerviosa, mientras sus compañeros fumaban y repasaban el cuestionario. “Tenemos que estar a la altura del Maestro”, dijo Carlos. Encendió el motor y se dirigió a la dirección que tenían apuntada.

Les abrió un mayordomo. El Gran Escritor era de familia ilustre y, aunque de izquierdas, no perdía las antiguas costumbres de su abolengo. No les ofrecieron café, sino té, más unos pastelitos de quién sabe qué exquisita panadería. También la casa del Gran Escritor parecía un museo. “Sí”, ilustraba los cuadros en las paredes. “Este me lo regaló Carlos Mérida cuando estuve en México. Este otro es de Cabrera, cuando escribía sobre semiótica. Aquél es de Magdita, se lo compré en su casa de la Carretera a El Salvador”. Al fin, procedieron a la entrevista. Fue un desastre. No por las elaboradas y refinadas preguntas de los muchachos. Fue un desastre por las respuestas del Gran Escritor. Una ensarta de lugares comunes que no tenían nada que ver con la solidez de su obra. Que el pueblo, que el compromiso con la realidad nacional, que la tortura del artista, que la autobiografía. Sobre todo, un ego monstruoso, una especie de obstáculo que no permitía atravesar ese bosque de alusiones a sí mismo, a su carrera, a los reconocimientos, diplomas y premios recibidos. A los personajes del jet set que había conocido. A un cierto punto, Susana tuvo unas ganas inmensas de salir corriendo, de escapar de esa casa llena de arte y de libros. 

En el camino de regreso, mientras sus compañeros guardaban como a una reliquia la grabación de la entrevista, que les había parecido genial, Susana casi les gritó: “¡Pero si todo fue mediocre! Todo insulso, descontado, trivial”. Ellos la acusaron de esnob. La discusión se enredó. Hacia las siete de la noche, la dejaron delante de la casa de Helena, una compañera que los había invitado a una fiesta. Carlos y los otros se fueron a una cantina. Susana entró y de inmediato se sintió molesta. Era una fiesta gay, llena de parejas. Ella iba sola, por lo que casi nadie le hablaba. Helena apareció por allí, toda anfitriona y mundanidad, y la invitó a servirse un trago. Al segundo vaso de ron con coca cola, Susana comenzó a ambientarse. En el centro de la sala, la gente bailaba, siguiendo el ritmo de un tocadiscos de la abuela. Susana bailó también, se dejó llevar, y bailaba con quien fuera, total, ni caso le hacían. A una cierta hora, pasaron comida típica. Mucho más tarde, Susana sintió que estaba borracha. A las dos de la mañana, Helena la besó en la boca. 

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