Juan Bobo

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Créditos: Prensa Comunitaria


Por Dante Liano

Don Aurelio Espinosa peinaba los países de América Latina en busca de relatos por contar. Al principio, uno creía que don Aurelio era mexicano, pero al rato se daba cuenta de que parecía español, aunque, en realidad, había nacido en Nuevo México, por lo que se le certificaba norteamericano. Cuando llegó a San Andrés, se entretuvo con mucha gente para que le contaran cuentos, y, cuando se relajaba delante de una taza de café humeante, él también tenía los suyos. Como pasa con estas cosas, las narraciones se mezclaron, y, al final, los paisanos contaban como suyos los relatos de don Aurelio. Uno de los más repetidos era el de Juan Bobo. No se desarrollaba en San Andrés, considerada ciudad grande en comparación con las vecinas, de poca gente y poca tierra. Por eso, algunas historias sucedían en el vecino El Pedregal y de allí se cuenta que venía Juan Bobo. Era este un campesino como todos los demás, solo que, a veces, la gente se pone necia y les otorga a otros una fama que no corresponde con la verdad. Juan se llamaba Juan, sin más, y vivía con su mujer en una parcela cerca de su pueblo. Allí cuidaba unas ovejas, mientras la esposa cultivaba un huerto generoso, con lechugas, calabazas, zanahorias, papas, tomates y frijoles. No era mucho, alcanzaba para comer. También tenían un corralito, con algunos cerdos y abundantes gallina. En dos jaulas, dos conejos parecían juguetes de peluche blanco, con sus inquietas orejas y los ojos grandes, grandes, como de niño preguntón. Pues a este Juan, que era de lo más normal, los del pueblo le pusieron, de apodo, “Juan Bobo”, solo por la gana de tener alguien del cual reírse. Cuando Juan supo de su fama, se molestó mucho, pero pensó que si hacía un regalo a sus paisanos estos dejarían de atribuirle ese defecto. Entonces, mató un buey, fue a la iglesia, tocó las campanas y distribuyó la carne. Los del pueblo, en lugar de agradecer, dijeron: “Mira que Juan tan bobo” y de allí en adelante le dijeron “Juan Bobazo”. Mientras tanto, Juan se quedó solo con la piel del buey y decidió ir a Santa Ana a venderla, porque San Andrés le parecía muy pequeño. 

Cuando llegó a Santa Ana, se puso en el parque con la piel extendida, y, después de algunos tratos, un comprador le dio setenta pesos. Atraído por el fuerte olor, un cuervo se posó en el brazo de Juan. A mediodía, le vino hambre y fue a comer a una posada. Había unos escalones para entrar. Juan depositó veinte pesos en el primero, veinte pesos en el siguiente y treinta al final. Luego entró y pidió lugar para dos. Se sentó y puso al cuervo enfrente. Al rato, no le habían servido. Llamó a la posadera y le dijo: “¿Por qué no me han servido?”. La mujer le respondió: “Porque has pedido puesto para dos y estamos esperando que llegue el otro comensal”. “Pues el otro es este cuervo”, dijo Juan, señalando al ave que tenía enfrente. “¿Y por qué es tan importante que lo sacas a comer afuera?”, preguntó la curiosa. “Porque es un cuervo adivino”, respondió Juan. En eso, el cuervo graznó, y Juan anunció. “Ha adivinado”. “¿Y qué adivinó?”, inquirió la señora. “Dice que en la parte alta de los escalones hay treinta pesos”, comentó Juan. La señora mandó a ver y su ayudante regresó con los treinta pesos. “¡De veras adivina!”, exclamó la posadera. “¡Te lo compro por mil pesos!”. “No quiero venderlo”, respondió Juan. El cuervo graznó otra vez. “¿Qué dijo?”. “Que en la grada de abajo hay veinte pesos”, aclaró Juan. Fue el ayudante a comprobar y regresó con los veinte pesos. “¡Una maravilla! ¡Te lo compro por tres mil pesos!”. “No, no lo vendo, es precioso para mí”. El cuervo graznó por tercera vez: “¿Y ahora?” “Ahora ha dicho que en el primer escalón hay otros veinte pesos”. El ayudante regresó, otra vez, con los veinte pesos en la mano. “¡Te doy cinco mil pesos!”, exclamó la posadera, y entonces Juan le vendió el animal. Regresó a El Pedregal y anunció a sus paisanos que había vendido la piel del buey a cinco mil pesos. Estos pensaron que era un buen negocio, así que mataron a sus bueyes y se fueron a Santa Ana a vender las pieles. Solo que la piel de los bueyes no es muy apreciada, por lo que no vendieron nada y regresaron furiosos al pueblo y buscaron a Juan Bobo para matarlo. Solo que tuvieron compasión de él, y en lugar de eso, se entraron a su casa e hicieron sus necesidades en ella, dejándola apestosa y sucia. Con gran paciencia, Juan recogió la suciedad de sus paisanos y se fue a Santa Ana para venderla.

Al llegar a la ciudad, metió su mercancía en un establo. Era tanta, que la llevaba en una carreta. Al lado de ella, había un chiquero en donde los marranos se solazaban en el barro. Juan pagó un modesto alquiler a los dueños del establo y se fue para el centro de la ciudad, en donde se celebraba la fiesta de la Santa Patrona. Jugó al tiro al blanco, se subió a la rueda de Chicago, se comió unas chucherías y volvió a Santa Ana. Cuando llegó a donde estaba su carreta, encontró que los cerdos se habían comido toda su mercadería. Juan armó un escándalo. Llamó a los dueños y les mostró el espectáculo. Los señores alegaban que no era su responsabilidad, mientras que Juan proclamaba que su mercancía era muy valiosa y que los puercos lo habían arruinado. Armaron tal ruido que llegó la policía. Ante la autoridad, Juan se lamentó con tanta fuerza que los gendarmes le dieron la razón. Para obtener su perdón, los dueños del lugar le dieron cinco mil pesos. Regresó Juan a su pueblo, tocó las campanas de la parroquia y dijo a los estupefactos vecinos que había vendido lo que ellos le habían dejado y que se los agradecía. Impresionados, los vecinos quisieron emular la empresa. Llenaron de su propia suciedad cuanto recipiente tenían y se fueron también ellos a Santa Ana a venderla. Poco faltó para que los metieran presos, pero mayor fue la humillación: los de Santa Ana se reían de ellos y les daban infames sobrenombres. Sobra decir que, cuando regresaron al pueblo, fueron en masa a buscar a Juan, para matarlo. Solo que provocó su lástima, y, entonces, en lugar de quitarle la vida, le incendiaron la casa. Con gran paciencia, Juan recogió las cenizas, las metió en un saco y se fue a Santa Ana a venderlas.

Ya en la gran ciudad, compró un collar de perlas de fantasía. Las puso encima del saco y se sentó en el centro del parque. Al fin, un hombre se detuvo y le preguntó: “¿Qué vendes, buen hombre?”. “Vendo un saco lleno de joyas”, anunció Juan. “Pero yo veo solo un collar”, objetó el señor. “En efecto, las demás son tan valiosas que las he metido en ceniza para que no se arruinen. Las conservo en este saco”. El hombre reflexionó un rato, mientras observaba la mercancía. Al final, preguntó: “¿A cuánto las vendes?”. “A cinco mil pesos”. Al comprador le pareció muy buen precio y le pagó a Juan los cinco mil pesos. Juan regresó a su pueblo, hizo tocar las campanas de la parroquia y dijo a sus vecinos: “Quería agradecerles haber incendiado mi casa. He vendido las cenizas en cinco mil pesos”. Ávidos, sus paisanos corrieron a pegarle fuego a sus casas, recogieron las cenizas y se fueron a Santa Ana a venderlas. Cuando los vecinos de la ciudad vieron a la multitud de vendedores de ceniza, se burlaron de ellos y les dieron una paliza. Furiosos, regresaron a su pueblo, dispuestos, esta vez sí, a acabar con Juan Bobo.  Lo capturaron, lo metieron en un saco y se lo llevaron al río para ahogarlo. Solo que Juan se escapó. Cuando se dieron cuenta, los del pueblo sacaron sus escopetas y sus perros, e iniciaron la cacería. En el monte, Juan se encontró con un pastor de ovejas, al que le pagó para que se metiera en el saco. Cuando sus paisanos lo hallaron, sin más miramientos cogieron el costal, se lo llevaron al río y lo tiraron en la poza más profunda. Detrás de ellos apareció Juan, con un rebaño de ovejas. “¿Qué hiciste, Juan, para revivir y tener ovejas?”. “No he hecho nada”, dijo Juan. Cuando uno cae en alguna poza profunda, le dan como recompensa un rebaño de ovejas. Más profunda es la poza, más ovejas le dan a uno. Sin oír razones, los aldeanos corrieron  al río, buscaron las partes más profundas y se lanzaron en masa en sus aguas. Juan regresó donde su mujer, reconstruyó su casa, tuvo muchos hijos y vivieron muchos años, como se dice: muy felices y comiendo perdices.

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