Por Dante Liano
Las primeras horas de la mañana eran, en San Andrés, bulliciosas y alborotadas. Desde las cinco, los autobuses tocaban la bocina con insistencia de niño para anunciar la salida hacia la capital, con más o menos puntual cadencia de media hora. Los campesinos desataban su algarabía con canastos, gallinas y verduras, para subir al transporte. Los chuchos se desataban en desatinado concierto, necios a ladrar como desaforados, sin que se supiera exactamente el motivo. Los taxistas colocaban sus perezosos vehículos en línea, a la espera de clientes que nunca llegaban. Pasaba gente a caballo, por la Calle Real, y el rítmico goteo de los cascos rebotaba en la pared de la iglesia. Por allí por la seis, las campanas llamaban a misa, y algunas beatas bajaban, vestidas de negro, hacia el portón oscuro del templo. Hacia las siete, los niños llegaban a la escuela, y el bullicio llenaba la plaza. El ayudante del autobús gritaba el destino que todos conocían: Santa Ana, la capital. Luego anunciaba, siempre a gritos, la partida inminente y el mamotreto se perdía en el camino, arrastrando el humo del escape y el encadenado sonido del motor a diesel. De pronto, así como había comenzado, el ruido se apagaba poco a poco. Ya todo el mundo en su lugar, los pasajeros en el bus, los fieles en la iglesia, los campesinos en el campo y los niños en la escuela, el rumor se desvanecía. Como a las diez de la mañana, el silencio campeaba en el pueblo y uno podía escuchar el zumbido de las moscas eternas y el gorjeo de los pajaritos en el parque. Era la hora de la merienda, y el comisario Paniagua, el barbero, el boticario y el cura descendían a la cafetería a beber el espacioso café con champurradas de la mañana. No por nada se habían desayunado a las seis. Era hora de un tentempié.
Esa mañana el boticario les recordó el cuento de los dos compadres, uno rico y otro pobre. Estaban hablando de la lotería y de los diferentes modos de ganarla, uno de los cuales era la suerte, pero no siempre. El turco del almacén se había ganado dos veces la lotería porque se compraba miles de billetes. Lo consideraba una inversión y casi siempre recuperaba el capital. A veces, ganaba el premio mayor y aumentaba su cuenta en el banco. Todos sospechaban que era millonario, pero él conducía una vida modesta, siempre detrás de la caja registradora, el lugar canónico del patrón. Pues a propósito de lotería, el boticario no pudo evitar la letanía: han de estar y estarán, dijo. Han de estar y estarán que por aquí cerca vivían dos compadres, prosiguió. Un compadre era rico y el otro era pobre. A diferencia del turco, el compadre pobre se ganó la lotería por un golpe de suerte. Entonces, el compadre rico lo invitó a salir de cacería. Cuando iban en el campo, el compadre rico notó que su amigo llevaba consigo un conejito. “¿Para qué le sirve el conejito?”, le preguntó. “El conejito me sirve para los mandados”, contestó el compadre pobre. “¿Cómo así?”. “Pues mire, le digo que me haga un mandado y me lo hace”. Agarró al conejo por las orejas y le dijo que fuera a su casa y que le dijera a su mujer que preparara la cena, pues iban a invitar a su compadre. Luego lo soltó y el conejo se perdió en el monte.
A decir verdad, el compadre pobre había preparado todo con antelación. Había comprado dos conejos y le había dicho a su mujer que iba a invitar al compadre rico a cena. También le había explicado a ella que pretendía engañar al hombre. En efecto, cuando llegaron a casa, la cena estaba servida y el segundo conejo retozaba en la habitación. El compadre rico se quedó asombrado y le pidió al compadre pobre que el vendiera el conejo. El compadre pobre se hizo un poco el difícil, lo cual aumentó el precio del animal. Al final, se lo vendió por mil pesos. El compadre rico regresó muy contento a casa y, al día siguiente, salió otra vez de cacería con sus amigos. A mitad del camino, sacó el conejo de una alforja, y dijo a sus amigos que había comprado un conejo de la suerte, que tenía la gran virtud de hacer los mandados. Los amigos se rieron de la ocurrencia, pero, sin inmutarse, el compadre rico le dijo al conejo que fuera a su casa y le dijera a su mujer que preparara la cena para sus amigos. Luego lo soltó, y el conejo se perdió por el monte. Pasó el día, y cuando los amigos llegaron a la casa, no había nada preparado. “Aquí no vino ningún conejo mensajero”, le dijo su esposa. “Ah, ese compadre me engañó”, exclamó el compadre rico. “Lo voy a matar”. Y se fue a buscarlo a su casa.
Mientras tanto, el compadre pobre se había comprado un par de vejigas llenas de sangre. Llegó a su casa y le dijo a su mujer: “Voy a fingir que te he matado”. La esposa se acostó en el suelo y el compadre le regó la sangre en el cuerpo. Cuando el compadre rico llegó a la casa, encontró al compadre pobre con un cuchillo en la mano y a la mujer ensangrentada en el suelo. “¡Ay, compadre, qué ha hecho!”, le dijo. “Ha matado a su mujer. ¿Y ahora, qué hacemos?”. Entonces, el compadre pobre le dijo: “No se preocupe, la voy a revivir”. Sacó una guitarra de su armario y comenzó a tocarla. Mientras lo hacía, su mujer, que estaba de acuerdo, hizo como que revivía. “¡Milagro, milagro!”, dijo el compadre rico. “¿Cómo ha hecho, compadre?”. “Tengo esta guitarra milagrosa que revive a los muertos”, le contestó. “¡Se la compro, se la compro!”, dijo el compadre rico. “¿En cuanto me la vende?”. El compadre pobre no quería exagerar: “Se la doy en solo veinticinco mil pesos”, le dijo. El compadre rico desembolsó la cantidad y regresó a su casa, guitarra en mano.
Al llegar a su casa, tomó un cuchillo y mató a su mujer. Luego de lo cual, sacó la guitarra de su envoltorio y se puso a tocar una sentida canción de amor. Al cabo de un rato, la mujer no resucitó. Furioso, el compadre rico fue a buscar al compadre pobre. Lo encontró en el campo, cuidando de su siembra. Lo acusó de todos los delitos posibles y le dijo que lo iba a matar. Luego de un breve forcejeo, el compadre rico metió al compadre pobre en un costal, y se lo llevó al despeñadero para lanzarlo al vacío. Mientras arrastraba el saco, el compadre pobre gritó: “¡Compadre, compadre, pare un momento!”. El compadre rico se paró, cerca del abismo. “¿Qué le pasa, compadre?”, dijo. “Compadre, tengo que hacer mis necesidades, por favor, déjeme salir!”. En vista de esa emergencia, el compadre rico dejó salir al compadre pobre. “Tengo que apartarme detrás de esos árboles”, dijo, muy recatado, el compadre pobre. El compadre rico se quedó esperando al amigo. Detrás de los árboles, había un pastor con su rebaño de cabritas. El compadre pobre se le acercó. “Amigo, muy buenos días”, lo saludó. “Buenos días tenga su merced”, contestó el pastor. “Le quería pedir un favor”, le comentó el compadre pobre. “Diga, buen hombre”. “Mire usted, si se mete en el costal, le doy treinta pesos”. Al pastor le pareció un buen negocio, y se metió en el costal. El compadre pobre amarró la extremidad del costal y llamó al compadre rico. “Ya estoy listo”, le dijo. “Ya me metí en el costal”. Y se escondió. Vino el compadre rico, agarró el costal y lo tiró por el desfiladero. Con eso, quedó muy contento de su venganza. Detrás de los árboles apareció el compadre pobre, con el rebaño de cabritas. “¡Jesús!”, dijo el compadre rico. “Revivió, compadre”. Entonces, el otro le explicó. “Es que abajo del abismo hay un premio para los que se tiran y yo me gané este rebaño de cabritas”, le dijo. El compadre rico exclamó: “¡Entonces me tiro yo también!”. Y sin mediar palabra, corrió hasta el borde del abismo y se tiró al vacío. Nunca más se ha sabido nada del compadre rico. El boticario concluyó con la fórmula



