La lengua desgarrada

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Se dice que la Inteligencia Artificial representa, para nuestra época, el mismo gesto revolucionario que constituyó la invención de los tipos móviles en la imprenta por Gutenberg, hacia 1440. Con toda probabilidad, habrá que esperar algún tiempo para verificar esa afirmación. Cierto es que la segunda mitad del siglo XV acumuló una serie de acontecimientos que estremecieron a la cultura europea. Todos coinciden en constatar que Cristóbal Colón, al emprender su aventuroso viaje, estaba ya seguro de que la Tierra era redonda, como estaban seguros todos los hombres cultos de la época. Más determinantes, aunque menos espectaculares, algunas novedades tecnológicas contribuyeron a la buena realización de su empresa. Los holandeses habían estudiado el régimen de los vientos, y, como consecuencia, construyeron los famosos molinos de las tarjetas postales y, también, de la desventura de don Quijote. De esa técnica nacieron nuevas formas de elaborar las velas de los barcos, y, consecuentemente, el armado de nuevos navíos, más ligeros y veloces, llamados “carabelas”. También se había avanzado en la fabricación de las brújulas (con el maravilloso nombre de ”agujas de marear”) y, fruto de las exploraciones, la ciencia de la cartografía. En menos de un siglo, había emergido, de la nada, un nuevo continente, un nuevo imperio, una nueva manera de comunicación, y esas novedades iban a cambiar la historia. Al menos, la historia del Occidente. 

Habrá que esperar a mediados del siglo XVIII para que se realice otra revolución que cambie el rostro de la civilización occidental. Hacia 1769, James Watt perfecciona la máquina de vapor, inventada en 1710. Esa máquina dará origen a la producción industrial que culminará, en el siglo XX, con la aparición de la fábrica de producción en serie, perfectamente ilustrada por Chaplin en “Tiempos modernos”.  El terror popular a perder el empleo, porque las máquinas sustituirían al ser humano, está representado en Frankenstein, de Mary Shelley, y en la aparición de la palabra “robot”, derivada del checo “robota” (trabajos forzados) introducida en 1920 por el escritor Karel Čapek en su obra de teatro R.U.R. (Rossum’s Universal Robots). El arte se llenó de fantasías, en las que miles de robots realizaban tareas propias del obrero en la fábrica. No sucedió: no del todo. No hubo máquinas que sustituyeran a los seres humanos, pero sí ocurrieron un par de revoluciones más, en muy poco tiempo. 

Alrededor de los años 60 del siglo XX, un aparato invadió la intimidad de los hogares: se trataba de la televisión y constituyó un cambio radical en la cultura, introduciendo la comunicación y la imagen como actividad esencial. Marshall Macluhan acuñó su célebre y verdadera frase: “Medium is the message”. No eran tantos los contenidos transmitidos, sino el mismo aparato, que, en muchas casas, se mantenía encendido todo el día. Humberto Eco, en un conocido ensayo, teorizaba el triunfo de la mediocridad a través de la televisión. No terminaban allí los cambios radicales. Podemos situar en el año 2000, si no antes, la irrupción de Internet y sus correlatos: el teléfono móvil y la computadora. Es la revolución digital, que ha llegado a superar y sustituir a la revolución de la comunicación. A tal punto, que no podemos concebir una vida sin tales dispositivos. Estamos en plena época digital y hasta en los poblados más lejanos y pobres se puede escuchar el inconfundible sonido de las llamadas telefónicas o de los mensajes que ingresan por alguna de las aplicaciones de mensajería. 

La aparición de la Inteligencia Artificial, llamada, de otro modo, LLM (Large Language Models), ¿está incluida dentro de la revolución digital o es, en sí misma, una nueva revolución? Debo a la excelente newsletter de “Con Criterio”, un medio periodístico guatemalteco, la noticia de que, según Microsoft, algunos trabajos tradicionales corren el peligro de ser sustituidos por la Inteligencia Artificial. El cálculo ha sido lógico y sencillo. Al usar, como medida de cálculo, las veces que se ha usado Copilot, el LLM de Microsoft, para desarrollar determinadas tareas, se ha elaborado una lista de tales tareas, en correspondencia con determinados trabajos. Se trata de oficios intelectuales, porque la Inteligencia Artificial no realiza labores de plomería o albañilería. La lista es ligeramente inquietante, porque toca algunos de los empleos más difundidos entre los humanistas. Microsoft nos dice que el primer trabajo amenazado de extinción, porque la Inteligencia Artificial lo sustituye con eficiencia, es el de Traductor e Intérprete. No necesitábamos esta noticia, porque en la vida cotidiana recurrimos con harta frecuencia a los diferentes chatbot para traducir textos. Un colega me decía: “Nunca he escrito en un inglés tan perfecto”. Existen aplicaciones gratuitas especializadas, como ”DeepL”, cuyas traducciones técnicas son muy eficientes. Por ahora, la traducción literaria no es automática, porque requiere una sensibilidad y un talento que las máquinas no poseen.  

La lista prosigue con otros oficios que tocan diferentes ramas del saber. En orden, siguen los historiadores, los agentes de servicio de pasajeros, los representantes de ventas y, en el quinto lugar, los escritores y autores de textos. Con toda franqueza, no entiendo cómo un chatbot puede sustituir el acucioso trabajo de los historiadores. En efecto, vivir sumergido en los archivos, transcribir o paleografiar textos antiguos, interpretar esos textos y darles un orden para sugerir una interpretación, me parece una labor demasiado compleja como para depositarla en el automatismo de una máquina. Más verosímil la sustitución del personal de tierra de los aeropuertos: ya hay muchas compañías que usan el check in electrónico, a través de máquinas que erogan tickets y etiquetas para las maletas. Y claro, los representantes de ventas decaen ante la posibilidad de comprar productos en línea. Hay dos categorías inquietantes: los escritores y autores de textos, y, un punto más abajo, los elaboradores de programas de computación. Sobre esto último, en efecto, se puede pedir a un chatbot la elaboración de una aplicación sin saber un comino de lenguaje computacional. Lo que antes requería un complejo trabajo ahora se hace en un minuto. Sobre la sustitución de escritores y autores, depende de qué tipo de texto se requiere. Muchos de los autores de best-sellers parecen, en el momento actual, cocineros de recetas para la lectura fácil y entretenida. Probablemente, podrán ser sustituidos por sus equivalentes: máquinas de elaboración de textos. Más difícil parece el caso de la escritura artística, que proviene de experiencias humanas que están muy lejos de los LLM. ChatGPT, Claude, Gemini, Copilot y otros son extensos depósitos de información, con una memoria imposible de emular. Pero no han experimentado el amor, el dolor, la angustia y la duda. Son esos sentimientos que forman la profundidad del ser humano. Son, contemporáneamente, grandes defectos y grandes debilidades. Por ellos se sufre, se cometen errores, se cae en tristezas y se llega al delito. Los administradores de la Inteligencia Artificial se jactan de la perfección de sus máquinas: carecen de defectos. Los seres humanos no podemos exhibir esa soberbia: somos falibles y débiles. La conversión de esos sentimientos en una estética, esto es, en terrible belleza que no se puede decir, que no se puede hablar, que no se puede comunicar, si no a través de una lengua desgarrada, misteriosa y mágica, es patrimonio humano, defectuoso, inútil, anómalo e imperfecto, el espacio intermedio entre el ángel y el demonio, la profunda soledad de estar en el mundo. 

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