Por Dante Liano
“Sucede, pues, que la imperfección transita nuestras vidas, y que a duras penas vamos escalando los días y las noches, como el que sube una ardua y fragorosa montaña”, dijo el cura al barbero, mientras bebían el café de media mañana, al que llamaban, como todos, “refacción”. El barbero se asustó, no me querrá recitar el sermón de ayer, pensó en ese lunes nublado de nubes bajas, que planean sobre el pueblo cuando hay frío. Es que el barbero no iba a misa, primero por descreído y segundo por haragán, aunque nunca sabremos si era más haragán que descreído. El descreimiento es una haraganería de la mente. Creer en algo requiere un cierto esfuerzo, porque hay que convertir la fe en obras y eso ya es mucho pedir. Eran pensamientos que corrían en el subterráneo de la mente mientras el cura abundaba en sus disquisiciones. A veces, el barbero se sorprendía por el doble sendero de su cabeza: estaba atento a lo que el otro decía, pero, al mismo tiempo, pensaba y pensaba. Más en esos días grises que descendían sobre San Andrés y que subrayaban su naturaleza de pueblo de montaña. Así es: amanece nublado, cae llovizna molesta, hay frío y de repente se disipa todo, sale el sol y a mediodía la jornada se convierte en espléndida. “Digamos que nemo sine peccato est” como buen cura, insertó una frase nostálgica de seminario e incienso. “Aunque aquí no hablamos de pecado, bien podría ser”, insinuó, pecaminoso él mismo. El barbero se acordó de una cosa que decía, hacía muchos años, el maestrescuela: “Perfecto no es lo que parece perfecto; la perfección no existe. Existe solo el trabajo bien hecho”. ¿Qué habrá querido decir? A lo mejor eran puros juegos de palabras, ensamblados de manera que parecieran sabiduría y, en cambio, podían ser huera dicción. Podían ser. “Perfecto es lo acabado”, decía el maestro. “La última puntada del sastre, el clavo que sella una madera, el punto que corona una frase”. Por eso, pensó el barbero, no hay gente perfecta, porque Dios nos echó al mundo descosidos, desclavados, con puntos suspensivos. Siempre falta algo. Siempre hay que completar. Siempre algo por terminar.
La conversación venía a cuento porque acababa de pasar una pareja, por el corredor de madera al que se asomaban la botica, la farmacia, la alcaldía, la comisaría y, en fin, este café en donde empapaban con lentitud sus champurradas (el cura se reía recordando a la misionera franco-canadiense que llamaba, a esos soles redondos y crujientes, les gateaux, como si fueran pasteles). Habían saludado haciendo muchas reverencias y micadas a lo que el cura y el barbero habían respondido con gestos misurados, para no parecer que los imitaban. El se llamaba Horacio, ella Elisa. Y vaya si no valía la pena recordar su historia. Han de estar y estarán que, en tiempos no remotos, los casamientos del pueblo eran mitad enamoramiento y mitad conveniencia. A veces, la conveniencia venía primero. A veces, coincidían. A veces, nada: a lo hecho pecho y a seguir adelante.
Siempre había forma de casar a los muchachos, aun cuando estos no poseían los requisitos mínimos del matrimonio. Había un par de casamenteros en el pueblo y estos encontraban modo de colocar a sus protegidos. Arduo fue el caso de Horacio, pues desde niño los padres tuvieron que recurrir a la parroquia para que los ayudara con la educación del párvulo. En la escuela no había maestros para niños especiales, de modo que Horacio se fue quedando casi para la eternidad en el primer grado, sin saber leer ni escribir. Los padres decidieron retirarlo y el niño creció en su casa, con algunos amigos de su edad, pero sin ningún estudio. Cuando llegó a los veinte años, pensaron que era bueno que se casara, pero calcularon que ninguna muchacha estaría disponible. El casamentero les dijo: “No se desesperen, conozco una familia que estaría interesada”. Fue entonces que les propuso a Elisa. La muchacha estaba en las mismas condiciones que Horacio, y los padres de ella habían perdido las esperanzas. En cambio, he aquí que llegó la propuesta de matrimonio. Elisa poseía la belleza invencible de los inocentes. Tenía, además, otras cualidades: sabía manejar la casa, sabía tejer, sabía escuchar y poseía una inteligencia práctica, distinta a la que pedía la escuela. También podía cantar con una voz cristalina que emocionaba. Horacio se enamoró y ella, con el tiempo, le correspondió. La boda fue discreta, sin aspavientos, pero, de algún modo, feliz.
¿Y ahora? ¿Qué hacer para llevar adelante la familia? Los padres de ambos los ayudaron a poner una tienda, pero pronto fracasaron porque no sabían hacer cuentas y las finanzas se volvieron un desastre. Entonces, un vecino compasivo encargó a Horacio que le vendiera unas ropas que había mercado en la capital. Tampoco allí resultó, porque los ingratos embaucaban al joven y, al final, no le pagaban. Entonces, Horacio mismo propuso un remedio. “Tengo que aprender a leer y escribir”, dijo. “En este mundo, no se puede salir adelante de otro modo”. La familia había averiguado que, en la capital, había un instituto especializado, a donde iban jóvenes como Horacio y Elisa. Además, era una fundación caritativa, por lo que la educación era gratuita. No obstante estar recién casado, Horacio decidió partir para la gran ciudad, a la casa de unos parientes. Quedaron con Elisa en que se iban a oír todas las noches, por teléfono. Y así fue. Horacio se fue, comenzó a estudiar con buenos resultados y llamaba a su joven esposa todas las noches. Al cabo de un mes, ella le dijo, con sencillez: “Me haces falta”. Entonces Horacio sintió, en el lugar en donde todos decían que estaba el corazón, una especie de estremecimiento. Para decir verdad, también se le estrujó el estómago y abajo del estómago, pero eran partes poco prestigiosas del cuerpo, por lo que privilegió el pecho y la respiración que le faltaba. No conocía esa emoción y no sabía qué nombre darle. Saber que le hacía falta a Elisa lo volvió consciente de que también él sentía nostalgia por su esposa. Sin embargo, ambos prometieron hacer un esfuerzo y esperar a que Horacio terminara el año. Al pasar otro mes, Horacio sintió que le faltaba el apetito y también observó que los pantalones le comenzaban a bailar en la cintura. “Su hijo ha enflaquecido mucho”, escribió un pariente a los padres. “Parece enfermo de mal de amores”. Los padres de Elisa fueron a visitar a sus consuegros. “Nuestra hija se está poniendo mala”, confesaron. “Le hace mucha falta Horacio”. Parecía imposible que dos personas que hacía un año ni se conocían, ahora estuvieran sufriendo con atrocidad por la ausencia. A los dos meses, él le confesó al teléfono: “Elisa, me estoy muriendo”. Ella le respondió: “Yo también”. Diez días después, Horacio decidió regresar a casa. No dijo nada a nadie, solo tomó sus cosas, se despidió de los parientes y apareció en la Calle Real de San Andrés. Cuando abrazó a Elisa, le dijo: “No me importa ser ignorante, no me importa no saber leer, no me importa nada”. No hicieron aspavientos. Se fueron a la casita que habían alquilado y pusieron una pequeña fábrica de tejidos típicos. Daban las telas llenas de colores y de imaginación a sus padres, que las revendían en el mercado. Los compradores apreciaban mucho su arte, porque de esas telas emanaba una especie de perfume de ebriedad y desvanecimiento, una aureola de encendido reposo, un conjuro de devota hechicería, un arrebato inexplicable que iba más allá de la pericia y del arte. Cuando Elisa y Horacio pasaban frente al portal de los comercios, saludaban con alegría a los vecinos, que les devolvían el saludo con afecto. Eran ellos los que habían pasado, con miquerías y reverencias, delante del cura y el barbero, quienes no tuvieron más remedio que recordar su historia y ponerse a reflexionar sobre lo que se entiende y lo que no se entiende. “Cuando hablamos de perfección”, dijo el cura, “no sabemos que nuestras limitaciones sobrepasan a la vanidad”. El barbero observó la taza de café, vacía. Antes de levantarse y pagar, observó: “Quizá la sabiduría consiste en reconocer que nos abruman diferentes grados de imperfección, quién más, quién menos, y que solo la mirada ajena, ese pozo en el que se refleja nuestro rostro, puede devolvernos la temperatura exacta de nuestra humanidad”.



