Por Dante Liano
Debo a Sergio della Sala, neurologo italiano, algunas ideas y anécdotas sobre la memoria y el olvido, contenidas en su volumen Perché dimentichiamo (Por qué olvidamos, Feltrinelli, Milano, 2025). Le debo, para comenzar, la historia de Salomón Shereshevsky, un prodigioso periodista cuya curiosa enfermedad se puede denominar “hipermnesia”, esto es, un exceso de memoria. En algunos estudios, Shereshevsky es conocido como “el señor S.”, o, para citar en ruso la inicial de su nombre, como “el señor Ш”, letra que corresponde al sonido de la “sh”. Salomón Shereshevsky era un periodista encargado de una sección de crónicas ligeramente satíricas en un periódico ruso de principios del siglo XX. Su historia comienza una mañana de febrero de 1905, cuando el director del diario le reclamó su escasa atención en las reuniones para planificar la edición de cada día. En efecto, mientras todos los redactores tomaban apuntes de las palabras del jefe, Shereshevsky no. Al regaño, el joven explicó que no tomaba apuntes porque se recordaba de todo. El director le pidió que repitiera el contenido de sus instrucciones. Lo asombroso del asunto es que el muchacho repitió, palabra por palabra, sin equivocarse una sola vez, lo que había dicho el otro. Todos quedaron tan impresionados que el director lo mandó con un neuropsicólogo, Alexander Luria, para que examinara el caso. En los siguientes treinta años, Luria se dedicó a estudiar el fenómeno. En la primera sesión, lo hizo repetir listas de palabras, primero breves y después largas; primero en orden progresivo y luego en orden inverso; le proporcionó fórmulas matemáticas complejas para que las recordara; grandes matrices de números y textos en lenguas extranjeras, desconocidas para el joven. Shereshevsky no falló una sola vez. Quince años después, el neuropsicólogo preguntó a su paciente si recordaba la primera cita, y este le describió cómo estaba vestido, qué preguntas le había hecho, y, en fin, le recitó las listas de palabras, las fórmulas matemáticas y los versos que habían trabajado ese lejano día.
Shereshevsky abandonó el periodismo para convertirse en hombre de espectáculo. Recorría los bares de Moscú y demostraba sus increíbles facultades a los atónitos espectadores. Su estrepitosa memoria no daba para más: no fue útil en otros campos del saber. Para alimentar sus facultades, Shereshevsky utilizó algunos trucos y desarrolló otros. Luria, el neuropsicólogo, diagnosticó que el memorista padecía de una rara afección: la sinestesia, que es también una figura retórica. Consiste en asociar uno de los sentidos con otro diferente. Es el recurso que utiliza Arthur Rimbaud en su famoso poema “Las vocales”:
A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes:
A, noir corset velu des mouches éclatantes
Qui bombinent autour des puanteurs cruelles…
(A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
algún día diré vuestro nacer latente:
A, negro corsé velludo de moscas deslumbrantes,
al zumbar en torno a atroces pestilencias…)
En dicha poesía, el sentido del oído se asocia al sentido de la vista, en una operación que, a veces, realizamos sin querer. En el caso del ruso, se configuraba casi como una enfermedad. Él mismo lo cuenta. Una vez, quiso comprar un helado y se acercó a la carretilla de venta. “¿Qué helados tiene?”, preguntó a la vendedora. “Helados de fruta”, le contestó la mujer. La voz ronca de la señora se convirtió, en la mente de Shereshevsky, en una montaña de carbón que se le venía encima y amenazaba con sepultarlo. Salió huyendo. No era este el único problema. A veces, cuando comía, los alimentos le sugerían imágenes fantásticas que podían turbarlo y hacerlo abandonar la mesa, aterrorizado. Y le sucedía también al leer: las palabras salían de las páginas de los libros convertidas en imágenes amenazadoras, y eso no le permitía continuar con la lectura. De ese modo, se produjo una paradoja: Shereshevsky, el hombre de la memoria infinita, era un individuo poco culto. En efecto, sometido a otros tests, demostraba una inteligencia mediocre y una cultura limitada. En otros campos, poseía facultades prodigiosas. Lograba aumentar la temperatura de la mano derecha y, simultáneamente, bajar la temperatura de la mano izquierda con solo imaginar que ponía la primera en una estufa y la segunda sobre el hielo. También lograba aumentar sus palpitaciones si se imaginaba que iba corriendo; o, al contrario, las disminuía si se imaginaba que estaba durmiendo. Este método de cambiar la realidad a través de la imaginación fue bautizado “técnica de los loci”.
Cuando sus habilidades de memoria se convirtieron en una profesión, también la vida de Shereshevsky cambió. Se dio cuenta de que, en realidad, no recordaba todo, y que había zonas de la experiencia que no lograba memorizar. Eso lo obligó a ejercitarse continuamente, sobre todo en las horas precedentes a sus espectáculos públicos. Puesto que vivía obsesionado con relacionar palabras e imágenes, con frecuencia se confundía o se distraía. Leer un periódico se volvía una verdadera gesta heroica, porque una palabra lo remitía a figuras de su mente, y no podía regresar a lo que había comenzado a leer. También, durante sus actuaciones, bastaba que un espectador tosiera para que perdiera el hilo y no pudiera recordar las secuencias que había imaginado. A un cierto punto, la vida de Shereshevsky se volvió un infierno. Buscó entonces métodos para olvidar, pero no lo logró. Al final, se retiró a una vida anónima y no se supo más de él.
La vida de Salomón Shereshevsky recuerda un relato de Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”, contenido en Ficciones. Narra la historia de Ireneo Funes, un joven uruguayo que, tras sufrir un accidente que lo deja paralizado, adquiere una memoria prodigiosa y absoluta. El narrador, Borges, lo conoce en su juventud y describe cómo Funes es capaz de recordar cada detalle de todo lo que percibe: sonidos, formas, colores, sensaciones. Su memoria es tan perfecta que puede reconstruir cualquier momento con total precisión. Sin embargo, esta capacidad extraordinaria se convierte en una carga. Funes no puede abstraer ni generalizar, porque cada objeto y cada instante son únicos para él. Por ejemplo, no puede usar conceptos como “perro” porque cada perro que ha visto es distinto en su mente. Esta imposibilidad de olvidar lo condena a una vida solitaria y obsesiva, donde el exceso de detalles le impide pensar de manera práctica. El cuento reflexiona sobre los límites del conocimiento, la memoria y la identidad, mostrando que la perfección absoluta puede ser una forma de infierno. Curiosamente, la crítica excluye que Borges se haya inspirado en el memorista ruso para su cuento, porque el autor argentino dijo que la inspiración le había venido durante un largo período de insomnio. Esa afección, que puede ser una pequeña tortura, lo hizo imaginar otra más grande: la de una memoria total, tan absoluta que no deja paso a las categorías abstractas. En efecto, el libro de della Sala sostiene que, para tener buena memoria, es preciso ejercitar el olvido. Esto es, saber seleccionar aquello que es importante de aquello que no lo es, y descartar, en una suerte de basurero del cerebro, los detalles insignificantes. El olvido es importante, porque deja espacio en la mente para el razonamiento y la especulación. Una de las características de la inteligencia es, entonces, la capacidad de borrar los recuerdos inútiles. De modo que, a la vez que admiramos la memoria, elogiamos también el olvido.



