En torno al desastre social de la pandemia

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Créditos: Un plato de comida

Por Oscar A. López Rivera

FLACSO unidad académica Quetzaltenango

Quetzaltenango 06 de mayo de 2020

Los graves estragos que en materia de salud, está provocando de manera generalizada la pandemia del CV-2, ha lacerado lo más profundo de nuestras entrañas y está desnudando el estado de vulnerabilidad de la mayoría de la población guatemalteca en nuestra dulce multiétnica y amada patria.

El dolor que a diario lo han vivido las familias y las personas sin familia, en situación de pobreza y extrema pobreza, ha hecho enarbolar banderas blancas, como símbolos de tregua para alcanzar el cese al fuego en las guerras, y así poder entrar a disfrutar de una posible paz. Es indudable que vivir la crisis de la pandemia por parte de los desamparados ante el desempleo y la inseguridad político social, es como convivir en el ambiente de guerra para luchar en contra de la insalubridad y desesperanza. El virus no se está llevando solamente la enorme cantidad de vidas, sino también nos coloca, a los sobrevivientes de la actual época de holocausto de la civilización global, en una situación que consolida el fin de las certidumbres.

La tregua que están pidiendo los desamparados es un basta de continuar generando depauperación y desigualdad, a costa de la especulación y de la voraz acumulación de parte de los segmentos minoritarios del sistema mundo. De parte de la élite mundial y de las élites regionales y nacionales, que siguen espoleando con creces la concentración de la riqueza y del poder político. Pero las banderas blancas de las multitudes, que desesperadamente piden alimentos por las calles del olvido, y que, también van creciendo poco a poco como bolas de nieve, es también un reflejo, un espejo que retrata los rostros desfallecientes de la subsistencia.

En medio de esa guerra por la subsistencia, ha emergido un entrañable sentimiento de cooperación, ayuda fraterna y solidaria aportando esfuerzos y víveres para los miles de damnificados, demostrando la gran vocación de los guatemaltecos por la unidad en tiempos de desastre.

Las muestras por restaurar las heridas de los familiares que perdieron a sus seres queridos por el coronavirus, y de aquellos otros que deambulan buscando el socorro de una mano solidaria que les brinde un pan para subsistir el día; esas manifestaciones por no desamparar a quienes hoy se encuentran completamente desposeídos y están abriendo espacios de socorro y ayuda alimentaria, son dignas de todo reconocimiento tal como lo está haciendo el proyecto Olla Comunitaria del organismo social Rayuela.

Con el debido respeto y admiración que merece esa abnegación del pueblo solidario y los diversos sectores y organizaciones de la sociedad civil, el gobierno y la cooperación internacional, no debe hacer que cerremos los ojos ante la situación de precariedad en que se encontraba la mayoría de la población guatemalteca antes de este desastre, y en las consecuencias que en el futuro inmediato y de mediano plazo traerá para el país.

Esta catástrofe humana ha evidenciado con crudeza, la magnitud de la vulnerabilidad física y socio económica en que nos encontrábamos la mayoría de los guatemaltecos, pero principalmente los sempiternos hermanos y conciudadanos de los pueblos indígenas, habitantes de las áreas rurales en situación de riesgo.

La pandemia ha puesto de manifiesto que la exclusión de los pueblos indígenas de las áreas rurales y de las poblaciones urbanas, no es una simple metáfora en la narrativa de quienes han cuestionado las erráticas y deficitarias políticas públicas, de quienes han adversado el papel rector que debe jugar el estado para lograr el bien común. Al contrario, el mercado ha devenido en institución de soporte de la sociedad en detrimento de lo público, y por otro lado, los organismos internacionales de crédito imponen directrices de política económica y social, que no han favorecido a los intereses de la nación guatemalteca.

Hoy nos preguntamos en que situación quedará el país, con las sustanciales pérdidas de algunos sectores en cuanto a la actividad económica, principalmente para las pequeñas y medianas empresas, sectores de la economía informal, de los cuenta propietarios precarios, la economía familiar campesina, desposeídos de sus anteriormente precarios medios de subsistencia. En qué situación quedará la población rural campesina, ante las pérdidas de cosechas, de agravamiento de la pobreza, ante el colapso del sistema hospitalario, ante el ineludible crecimiento que experimentará la inflación, el incremento del flagelo des estructurante de la delincuencia.

¿Será que aún debe tener vigencia el tratado de libre comercio en estas condiciones?, ¿Será que la millonaria ampliación presupuestaria para la protección y seguridad ante la pandemia, se convertirá en oportunidad para dotar de una infraestructura para establecer un sistema hospitalario funcional y de calidad?, ¿Se podrá garantizar que no se traslade el costo de la inversión social a la ya miserable economía familiar de la mayoría de los hogares guatemaltecos.

Esta Guatemala unida, es un ejemplo de la capacidad de resiliencia de nuestro pueblo. Podemos vencer las adversidades, y ojala nos alcance para salir fortalecidos para construir un nuevo proyecto de nación, en donde sea el pueblo, un real protagonista del nuevo rumbo que necesita el país para un futuro que evite la exclusión, disminuya la desigualdad y con ello se contribuya efectivamente a erradicar la pobreza, la marginación y la justicia social.

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