“Yo siempre me recuerdo de mis muertos, mientras yo esté viva no les va a faltar una flor”, Gloria García.
Por Jorge Fernández
Bajo la neblina del cerro Mitute
Son las cinco de la mañana del 1 de noviembre y la gente de la comunidad de Saltán, en Granados, Baja Verapaz, camina bajo el velo de la neblina y el sereno rumbo al Mitute, el ancestral cementerio que aparece tímido entre la tierra y la hierba alta, sobre las faldas del cerro que lleva su mismo nombre. Ese que, según la población, es morada de gallinas que aparecen y desaparecen, de luceros que se dejan ver en las noches como anunciando oro y de voces que surgen desde el fondo reclamando por los animales que son cazados sobre él.
El Mitute no es el cementerio donde moran los muertos íntimos de quienes llegan poco a poco, goteando entre pendientes y colinas humedecidas por la llovizna. Los muertos que ahí descansan quizá sean algún familiar lejano o los padres de los ancianos del pueblo, pero a la mayoría de los visitantes los separan varias vidas de sus tiempos.
Aun así, la devoción persiste en algunos, junto al respeto y el aprecio por la difunta tía abuela, el bisabuelo, el hijo de la tatarabuela o el hermanito muerto de la abuela. También están los muchos muertos enterrados sin nombre, en pequeños montículos de tierra devorados por el tiempo y la memoria, pero que siguen siendo parte de su historia.

Las tumbas y las lápidas que aún quedan muestran fechas tempranas del siglo pasado, tanto de nacimiento como de muerte. La arquitectura de los panteones es distinta, con una elaboración más colonial, barroca. Algunas tumbas yacen abiertas, vacías, despojadas por animales saqueadores de huesos. Dos ceibas enormes, un amate gigantesco y muchos palos de jiote rodean el camposanto perdido entre maizales y bosque tropical. Es una escena surreal: el cementerio de un mundo perdido, detenido en el tiempo.


El origen del cementerio y una pandemia mundial
La historia del Mitute oscila entre el mito y la realidad. Los registros reales son escasos, casi inexistentes; la oralidad toma el poder. Para Gerardo Canahuí, poblador de la comunidad que asiste cada año al antiguo cementerio a visitar a su abuela, a quién nunca conoció pues ella murió hace años, este lugar fue fundado entre 1918 y 1919, durante la pandemia de la gripe española que azotó Guatemala, dejando entre 75 y 150 mil muertos en todo el país, incluyendo a la comunidad de Saltán, Baja Verapaz.
Según el antropólogo estadounidense Richard Adams, cerca del 10% de la población guatemalteca murió durante esta pandemia.

El antiguo cementerio, que estaba dentro de la propiedad de la finca La Unión, fue insuficiente ante la cantidad de personas que sucumbían a aquella enfermedad invasora. Entonces, el dueño de la finca, el licenciado Carbonel, quien también aparece como figura mítica en el relato, vendió el predio para levantar el nuevo camposanto. Así nació el Mitute, bajo su propio cerro, bautizado con un nombre que ya nadie recuerda qué significa, pero que simboliza lo desconocido, el otro lado de la vida, el espíritu de esa tierra.
El cementerio Mitute funcionó durante casi 60 años, hasta que en 1975 se inauguró un nuevo lugar para que los muertos de la comunidad descansaran: un sitio más cercano, más plano, más iluminado y más grande. Así, el cementerio que por décadas arropó bajo sus sábanas de tierra a los cadáveres de la comunidad fue abandonado, para que disfrutara de su muerte como cementerio. A los camposantos también hay que dejarlos descansar.

Celebraciones y encuentros
En la comunidad de Saltán, que consta de unos 4 mil habitantes, la mayoría de la población se autodenomina mestiza o ladina, hecho que muchas veces conlleva un desarraigo del territorio y de las tradiciones. Pero en este caso no es así: la comunidad ha logrado, a través del tiempo, crear algunos símbolos propios de acuerdo con su cosmovisión y espiritualidad, y el Mitute es uno de esos símbolos que sobreviven con cierta dificultad, contando de forma física la historia de su pueblo, de su gente y de sus ancestros.

Cada año, la población saltanence celebra el primero de noviembre en el mítico Mitute, su cementerio antiguo, saludando a sus ancestros no tan lejanos y a los espíritus niños que, según la tradición, llegan primero. La celebración es sencilla, casi litúrgica: se encienden velas, se dejan flores, se quita la hierba de las tumbas, se barre y se platica de los viejos tiempos. Algunos ancianos se saludan, toman café o atol de elote y a veces hasta guaro. Las mujeres rezan en silencio, tocan las lápidas viejas que aún quedan y recuerdan a sus finados. Los niños se mantienen quietos, sentados, observando todo, como si también supieran que es momento del silencio.

Otros pobladores, que ya no realizan la caminata de dos kilómetros y la visita al Mitute, aprovechan ese día para adornar o hacer mejoras en sus panteones familiares del nuevo cementerio, el “de arriba”.
Es el 2 de noviembre cuando la fiesta de muertos se enciende en Saltán, en su cementerio joven: llegan los espíritus adultos, la marimba, las velas nocturnas y los bocadillos que abarrotan el ambiente. Ese día, el Mitute vuelve a dormir bajo la cera de las candelas mañaneras, los pétalos amarillos, las toallas de nailon y el papel de china.
La dualidad existe en la celebración a sus muertos: madrugada y ocaso, día y noche, juventud y vejez. El 1 de noviembre es el día de venerar en silencio a los muertos más viejos, a la hora del alba; la noche del 2 de noviembre es tiempo de saludar a los que se acaban de ir, reír, reencontrarse en familia y agradecer porque ese año no faltó nadie, o si lo hizo, reunirse para saludarlo en su nueva morada.

Considerar a los muertos viejos
Gloria García, que mantiene la tradición de visitar el Mitute durante las primeras horas del 1 de noviembre, lleva adornos y flores para varios muertos: para su hermana, que murió siendo una niña; para su bisabuela; su tío abuelo; la madre de su suegro; la madre de uno de los ancianos del pueblo que ya no puede asistir por el escabroso camino entre cerros y monte alto, y para muertos olvidados que ella no quiere olvidar, pues sabe que eso es peor que la muerte.

“Yo siempre me recuerdo de mis muertos; mientras yo esté viva no les va a faltar una flor. Cuando yo falte no sé si alguno de mis hijos o mis nietos vendrá. Ya mucha juventud no está viniendo al Mitute, ya no les interesa”, dice con un tono melancólico que refleja su preocupación, no solo por el fin de una tradición importante para su cultura, sino porque los muertos sean olvidados, devorados por el tiempo.

Y bajo el frío y la neblina, rodeados por la verde Sierra de Chuacús y las ceibas frondosas, la gente bebe atol, come tostadas, platican en silencio, reza a los muertos viejos, observa las lápidas y venera la vida entre tumbas centenarias y cuerpos convertidos en polvo. Sus abuelos, abuelas, padres y uno que otro hermano los sienten desde abajo y los saluda, agradeciendo su visita, como cada año.




